Edad de Pasión Vega
El sol del mediodía caía a plomo sobre la vega, ese prado verde y fértil al pie de las sierras de Puebla, donde el aire olía a tierra húmeda y flores silvestres. Yo, Carla, de veintiocho pirulos, sentía el calor trepándome por las piernas desnudas bajo mi falda ligera. Habían pasado semanas desde la última vez que vi a Marco, mi carnal secreto, ese pendejo guapo de treinta y dos que me hacía vibrar con solo una mirada. Neta, en esta edad de pasión vega, todo en mí ardía como si el mundo entero conspirara para juntarnos aquí, en este rincón chido del campo mexicano.
Estacioné el coche viejo pero confiable al borde del camino de terracería, y bajé con el corazón latiéndome como tambor de banda. El viento jugaba con mi blusa suelta, rozándome los pezones que ya se endurecían de pura anticipación. Olía a hierba fresca, a ese dulzor terroso que me recordaba las tardes de niña correteando por vallas como esta, pero ahora era diferente. Ahora era mujer, llena de antojos que solo Marco sabía calmar. ¿Y si no viene? ¿Y si se arrepintió el güey? pensé, mordiéndome el labio mientras escaneaba el horizonte.
Entonces lo vi. Saliendo de entre los magueyes altos, con su camisa blanca arremangada mostrando esos brazos fuertes de quien trabaja la tierra con las manos. Sus ojos cafés me clavaron en el sitio, y su sonrisa pícara me derritió las rodillas. —¡Órale, Carla, qué chula traes hoy, mi reina! —gritó, acercándose con paso firme. Su voz grave retumbó en mi pecho, y antes de que pudiera responder, me envolvió en un abrazo que olía a sudor limpio y loción barata pero sexy.
Sus manos grandes me apretaron la cintura, bajando un poquito hasta rozar mi nalga. Sentí su verga semi-dura contra mi vientre, y un escalofrío me recorrió la espina. —Te extrañé un chorro, pendejo —le susurré al oído, mordisqueándole el lóbulo—. No mames, me tienes loca de ganas. Nos besamos ahí mismo, con hambre, lenguas enredándose como serpientes en celo. Sabía a menta y a cerveza del camino, y su barba incipiente me raspaba delicioso la piel.
Esta es nuestra edad de pasión vega, pensé, mientras sus dedos se colaban bajo mi falda, rozando el encaje de mis calzones húmedos ya.Caminamos tomados de la mano hacia el centro de la vega, donde un riachuelo canturreaba bajito entre piedras lisas. El sol calentaba nuestra piel, haciendo que el sudor perlase su cuello moreno. Nos sentamos en una manta que él había traído, con una hielera de chelas frías y unos elotes asados que olían a carbón y limón. Comimos despacio, coqueteando con las miradas. —Mírate, Carla, con ese cuerpo de diosa mexicana. Tus chichis perfectas, tus caderas que me vuelven loco —dijo, pasándome un elote con chile. Lo mordí, el jugo dulce explotando en mi boca, y lamí mis labios provocándolo.
La tensión crecía como tormenta de verano. Sus manos empezaron inocentes, masajeándome los hombros, pero pronto bajaron por mi espalda, desabrochando mi blusa con maestría. El aire fresco de la vega me erizó la piel cuando quedé en bra topless, mis tetas al sol, pezones duros como piedras. Marco jadeaba, ojos fijos en mí. Neta, este cabrón me hace sentir la mujer más deseada del pinche mundo. Me recostó en la manta, besándome el cuello, lamiendo el sudor salado que corría por mi clavícula. Sus labios bajaron a mis pechos, chupando un pezón mientras pellizcaba el otro. Gemí bajito, arqueando la espalda, sintiendo el pasto pincharme la piel a través de la tela.
—Quítate todo, mi amor —murmuró ronco, y obedecí, quitándome la falda y los calzones empapados. Él se desnudó rápido, su verga saltando libre, gruesa y venosa, apuntándome como arma lista. Olía a hombre puro, a deseo crudo. Me abrió las piernas con gentileza, besando mis muslos internos, donde la piel es tan sensible. Su aliento caliente me hacía temblar. —Estás chingona mojada, Carla. Todo por mí, ¿verdad? —Sí, güey, neta sí —jadeé, enredando mis dedos en su pelo negro revuelto.
Empezó a lamerme despacio, lengua plana recorriendo mi raja, saboreando mis jugos que sabían a sal y miel. El sonido húmedo de su boca en mi concha era obsceno, mezclado con mi respiración agitada y el chapoteo del riachuelo cercano. Introdujo un dedo, luego dos, curvándolos justo ahí, en mi punto G, mientras succionaba mi clítoris hinchado. El mundo se redujo a esa vega de placer infinito. Mis caderas se movían solas, follándole la cara, persiguiendo el orgasmo que se acercaba como ola gigante. —¡No pares, Marco, chingado! —grité, y exploté, venas palpitando, chorros calientes salpicándole la barbilla. Mi cuerpo convulsionó, visión borrosa, gusto metálico en la boca.
Pero no paró ahí. Me volteó boca abajo, besándome la espalda, mordisqueando mis nalgas firmes. Sentí su verga rozándome el culo, lubricada con mi propia humedad. —Te voy a coger rico, mi reina —dijo, y empujó lento, centímetro a centímetro, llenándome hasta el fondo. El estiramiento ardía placentero, su grosor pulsando dentro de mí. Empezó a bombear, primero suave, luego más duro, piel contra piel chapoteando, sudor goteando de su pecho a mi espalda. Yo empujaba hacia atrás, clavándole las uñas en los muslos. —¡Más fuerte, pendejo, rómpeme! —supliqué, perdida en la frenesí.
El olor a sexo impregnaba el aire, mezclado con el de la tierra y las flores aplastadas bajo nosotros. Sus bolas golpeaban mi clítoris con cada embestida, enviando chispas de placer. Me volteó de nuevo, cara a cara, para mirarnos a los ojos mientras me penetraba profundo. Nuestros alientos se mezclaban, besos salados y desesperados. Sentía su corazón galopando contra mi pecho, igual que el mío. En esta edad de pasión vega, somos uno solo, eternos. Aceleró, gruñendo como animal, y yo apreté mis paredes alrededor de su verga, ordeñándolo.
—Me vengo, Carla, ¡me vengo! —rugió, y sentí su leche caliente inundándome, chorro tras chorro, mientras yo llegaba otra vez, gritando su nombre al cielo azul. Colapsamos juntos, jadeantes, cuerpos enredados en la manta sudada. El sol nos calentaba aún, pero el viento fresco secaba nuestro sudor. Me acurruqué en su pecho velludo, escuchando su pulso calmarse poco a poco.
—Eres lo mejor que me ha pasado, mi carnala —murmuró, acariciándome el pelo. Sonreí, besándole el hombro salado. —Y tú el mío, Marco. En esta vega, en nuestra edad de pasión, todo vale la pena. Nos quedamos así un rato, bebiendo chelas tibias, riéndonos de tonterías, planeando la próxima escapada. El sol bajaba, tiñendo la vega de oro, y supe que este fuego no se apagaría pronto. Éramos adultos cabrones, dueños de nuestro deseo, en un México lleno de rincones como este para amarnos sin freno.