Imagenes Sensuales de la Pasion de Cristo
Estábamos en mi depa en la Condesa, mi carnal Roberto y yo, recargados en el sofá con unas chelas frías sudando en la mesita. Era una noche de esas tranquilas en la Ciudad de México, con el ruido de los coches allá abajo y el olor a elotes asados colándose por la ventana. Decidí poner la tele en Netflix y busqué imagenes de la pelicula pasion de cristo, porque a veces me late ver algo intenso, que te revuelva las tripas. Roberto, ese pendejo tan guapo con su barba de tres días y ojos que te desnudan, se recargó más cerca, su muslo rozando el mío. "Órale, güey, ¿por qué esta película tan pesada?", me dijo riendo, pero yo ya sentía un cosquilleo en la panza.
La pantalla se llenó de esas imagenes de la pelicula pasion de cristo, el sudor brillando en la piel de Jim Caviezel bajo el sol del desierto, los músculos tensos, el aliento agitado. Cada latigazo sonaba como un trueno en mis oídos, y olía a algo primal, como tierra mojada y sal de cuerpos exhaustos. Mi piel se erizó, no de miedo, sino de algo más hondo. Roberto me miró de reojo, su mano cayendo casual en mi rodilla.
"Mira nomás cómo suda el vato, parece que está en éxtasis", murmuró él, y su voz grave me vibró en el pecho.Yo asentí, mordiéndome el labio, sintiendo cómo mi blusa se pegaba a mis tetas por el calor que subía de adentro.
El conflicto empezó chiquito, como siempre entre nosotros. Yo quería ver la película hasta el final, pero cada escena me ponía más inquieta. Los clavos en las manos, la sangre resbalando lenta, no me daban asco; me despertaban un hambre que no esperaba. Mi respiración se aceleró con la de Cristo en pantalla, y entre mis piernas sentí esa humedad traicionera. Roberto lo notó, el muy chingón, porque su mano subió despacito por mi muslo, rozando la piel suave bajo la falda corta. "Estás temblando, mi reina", susurró, su aliento caliente en mi oreja oliendo a cerveza y hombre. Yo giré la cara, nuestros labios casi tocándose, y el beso fue como un rayo: lenguas enredadas, saladas, con gusto a deseo urgente.
Apagué la tele sin pensarlo dos veces. Las imagenes seguían quemándome en la retina, pero ahora eran mías, transformadas en algo nuestro. Lo jalé del pelo suave de su nuca, y él gruñó bajito, ese sonido que me deshace. Nos paramos, tropezando con el sofá, riendo como pendejos mientras nos quitábamos la ropa. Su camisa voló, revelando ese pecho moreno y firme que tanto me gusta lamer. Olía a jabón y a sudor fresco del día, un aroma que me marea de ganas. Mis manos bajaron a su pantalón, sintiendo lo duro que ya estaba, latiendo contra la tela. "Pinche Roberto, mírate, ya estás listo pa' mí", le dije juguetona, y él me cargó como si no pesara, sus brazos fuertes apretándome las nalgas.
Me aventó suave en la cama king size, con sábanas de algodón egipcio que olían a lavanda y a nosotros de noches pasadas. Se hincó entre mis piernas abiertas, besando mi vientre, bajando lento. Cada roce de sus labios era fuego: el sonido húmedo de su lengua en mi piel, el calor de su boca abriéndose camino. Yo arqueé la espalda, gimiendo, mis uñas clavándose en las sábanas. Qué rico se siente su aliento ahí abajo, pensé, mientras él separaba mis labios con los dedos, oliendo mi excitación dulce y almizclada. "Estás empapada, preciosa", dijo, y metió la lengua despacio, saboreándome como si fuera el mejor mole del mundo. Lamía en círculos, chupando mi clítoris hinchado, y yo me retorcía, el placer subiendo como olas en el malecón de Mazatlán.
Pero no era solo físico; en mi cabeza bullían las imagenes de la pelicula pasion de cristo, esa entrega total, ese sufrimiento convertido en éxtasis. Lo quería todo de él, como Cristo dio todo. Lo jalé arriba, volteándolo para montarme. Su verga gruesa y venosa palpitaba contra mi entrada, caliente como hierro forjado. Me deslicé despacio, sintiendo cada centímetro estirándome, llenándome hasta el fondo. "¡Ay, cabrón!", grité, y él rio, agarrando mis caderas. Empecé a moverme, arriba y abajo, el sonido de piel contra piel retumbando en la habitación, sudor goteando entre nosotros, mezclándose con el olor a sexo puro.
La tensión creció, mis tetas rebotando con cada embestida, sus manos amasándome como masa de tamales. Me inclinó hacia atrás, besando mis pezones duros, mordisqueando suave hasta que dolía rico. En mi mente, flashes de la película: el cuerpo tenso, el jadeo, la pasión cruda.
"Dame más, rómpeme como en esas imagenes", le susurré al oído, y él aceleró, clavándose profundo, su pubis rozando mi clítoris con cada golpe.Sentía su pulso acelerado contra mi pecho, oía sus gemidos roncos mezclados con los míos, el aire cargado de nuestro aroma, salado y dulce. Mis paredes lo apretaban, ordeñándolo, y el orgasmo empezó a construirse, un nudo apretado en el estómago que se soltaba en espasmos.
Él luchaba por aguantar, sudando como en el desierto de la película, sus músculos brillando bajo la luz tenue de la lámpara. "No pares, mi amor, ya casi", jadeé, cabalgándolo más fuerte, mis muslos temblando. El clímax me golpeó como un latigazo de placer: ondas calientes explotando desde mi centro, gritando su nombre mientras me convulsionaba encima. Él no tardó, gruñendo como animal, llenándome con chorros calientes que sentía resbalar dentro. Nos quedamos pegados, respiraciones entrecortadas, pieles resbalosas unidas.
En el afterglow, nos recargamos uno en el otro, el cuarto oliendo a sexo y paz. Roberto me acariciaba el pelo húmedo, besándome la frente. "Nunca pensé que unas imagenes de la pelicula pasion de cristo nos pusieran así de locos", dijo riendo bajito. Yo sonreí, sintiendo su semen goteando lento por mis muslos, un recordatorio cálido. Aquella noche, la pasión no fue de sufrimiento, sino de entrega mutua, de cuerpos que se funden en éxtasis consensuado. Nos dormimos enredados, con el eco de esos latidos compartidos latiendo en mi alma, sabiendo que al día siguiente buscaríamos más fuego así.