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La Pasión de Juana de Arco Película que Enciende

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La Pasión de Juana de Arco Película que Enciende

Estaba sola en mi departamentito en la Roma, con el aire acondicionado zumbando bajito como un susurro travieso, y el olor a café recién hecho flotando en el aire. Era viernes por la noche, y neta, no tenía ni madres que hacer. Agarré el control remoto y empecé a scrollear en la tele, hasta que di con La Pasión de Juana de Arco pelicula, esa clásica en blanco y negro que tanto había oído hablar. La sinopsis prometía drama puro, una chava francesa del medioevo enfrentando su fe con una intensidad que te eriza la piel. Pensé: "¿Por qué no? Algo diferente pa' variar". Me recargué en el sofá, con las piernas cruzadas, sintiendo el roce suave del short de algodón contra mis muslos, y le di play.

Desde los primeros minutos, la cara de esa actriz, Renée Falconetti, me atrapó. Sus ojos enormes, llenos de fuego y lágrimas, como si estuviera viendo directo al alma de uno. Juana de Arco, acusada de herejía, pero con una convicción que ardía más que cualquier hoguera. El silencio de la peli, solo roto por gemidos ahogados y voces lejanas, me ponía la piel de gallina. Sentí un calorcillo subiendo por mi panza, un cosquilleo que no era solo del drama.

¿Qué chingados me pasa? Es una historia de santos y jueces, pero neta, esa pasión reprimida me está poniendo caliente.
Me acomodé, rozando sin querer mi mano contra el pecho, y el pezón se me paró al instante bajo la blusa floja.

De repente, timbró el intercom. Era él, mi Alex, el wey que me traía loca desde hace meses. "Órale, carnala, ¿abro la puerta?", gritó desde abajo. Simón, le dije, y en dos minutos ya estaba adentro, con su sonrisa pícara y una botella de mezcal en la mano. Traía el pelo revuelto por el viento de la calle, y olía a colonia barata mezclada con sudor fresco, ese aroma que me hace agua la boca. "¡Ey, qué onda! ¿Viendo cine de arte?", se burló, echándose a mi lado en el sofá. Le conté de La Pasión de Juana de Arco película, cómo esa tipa me había pegado fuerte. Él se rio: "Suena intenso, como tú cuando te pones brava". Le di un codazo juguetón, sintiendo su músculo duro bajo la camisa.

Le serví un trago, el mezcal quemándonos la garganta con su sabor ahumado, terroso, como la tierra de un campo después de la lluvia. Volvimos a la peli, ahora juntos. Juana en el juicio, su voz temblorosa pero firme, negándose a renunciar a su visión divina. Alex se acercó más, su pierna rozando la mía, un contacto eléctrico que me aceleró el pulso.

Neta, esta película está armando el ambiente perfecto. Su mano tan cerca, el calor de su cuerpo invadiendo el mío.
Yo disimulaba, pero mi respiración se volvía pesada, sincronizándose con los close-ups de los ojos de Juana, esos pozos de deseo contenido.

La tensión crecía con cada escena. Juana atada, su rostro extasiado en la oración, como si estuviera al borde del éxtasis. Alex murmuró: "Mira cómo brilla, wey. Es como si sintiera a Dios tocándola por todos lados". Sus palabras me prendieron más. Su mano se posó en mi rodilla, subiendo despacito por el interior del muslo, un roce ligero como pluma que me hizo jadear bajito. El sonido de la peli, esos juicios en francés antiguo subtitulado, se mezclaba con mi corazón latiendo como tamborazo zacatecano. Olía a su excitación, ese musk varonil que me empapa las bragas. "Estás mojada, ¿verdad?", me susurró al oído, su aliento caliente rozándome la oreja. "Cállate, pendejo", le contesté riendo, pero le agarré la mano y la guie más arriba.

Apagamos la tele justo cuando Juana enfrentaba la hoguera. El cuarto se oscureció, solo la luz de la luna colándose por la ventana, pintando sombras suaves en su piel morena. Nos besamos con hambre, lenguas enredándose como serpientes en celo, saboreando el mezcal y el salado de la piel. Sus manos expertas me quitaron la blusa, exponiendo mis tetas al aire fresco; los pezones duros como piedras esperando su boca. ¡Ay, cabrón! Chupó uno, suave al principio, luego mordisqueando con dientes juguetones, enviando chispas directas a mi clítoris. Yo le bajé el pantalón, liberando su verga tiesa, gruesa, palpitando en mi palma. La piel suave, venosa, caliente como hierro al rojo.

Esto es mi hoguera, mi pasión desatada como la de Juana, pero en vez de Dios, es este wey el que me hace arder.
Lo empujé al sofá, montándome encima, frotando mi panocha empapada contra su tronco. El roce era delicioso, resbaloso, mi jugo lubricando todo. "Te quiero adentro, ya", le rogué, voz ronca de necesidad. Él sonrió, ese gesto de macho mexicano que me derrite: "Pídemelo bonito, mi reina". "Porfa, métemela, Alex, no aguanto". Agarró mis caderas, gruesas y listas, y me hundió en él de un solo golpe. ¡Dios! La plenitud, estirándome, llenándome hasta el fondo. Gemí fuerte, el sonido rebotando en las paredes como un grito de guerra.

Empezamos a movernos, lento al inicio, saboreando cada centímetro. Su verga saliendo y entrando, rozando ese punto que me hace ver estrellas. Sudábamos, el olor a sexo crudo invadiendo el aire, mezclado con el perfume de mi crema de vainilla. Tocábamos todo: sus bolas pesadas en mi mano, mis nalgas amasadas por sus dedos fuertes. Aceleramos, el sofá crujiendo bajo nosotros, piel contra piel chapoteando húmeda. ¡Más fuerte, wey! Le clavé las uñas en la espalda, dejando marcas rojas como estigmas de pasión. Él gruñía: "¡Estás rica, Juana! ¡Me vas a hacer venir!". Yo sentía el orgasmo construyéndose, una ola ardiente en mi vientre, mis paredes apretándolo como no querer soltarlo nunca.

La película seguía en mi mente, Juana en llamas, pero yo era el fuego vivo. Cambiamos de posición; me puso en cuatro, embistiéndome desde atrás, su panza contra mi culo redondo. El slap-slap de carne era música obscena, mis tetas balanceándose, pezones rozando la tela áspera del sofá.

Soy Juana, pero en mi juicio soy culpable de lujuria, y qué chido castigo.
Me metió un dedo en el culo, juguetón, mientras su verga me taladraba la panocha. El doble placer me volvió loca, grité su nombre, el cuarto oliendo a corrida inminente.

Explotamos juntos. Mi orgasmo me sacudió como rayo, jugos chorreando por mis piernas, visión borrosa de placer puro. Él se vació dentro, chorros calientes pintando mis paredes, gruñendo como bestia. Colapsamos, jadeantes, cuerpos pegajosos de sudor y fluidos. Su verga aún latiendo suave dentro de mí, un recordatorio tierno.

Nos quedamos así un rato, respiraciones calmándose, el mezcal olvidado en la mesa. Me besó la nuca, suave: "Eres mi Juana de Arco, la que enciende mi mundo". Reí bajito, sintiendo el afterglow envolviéndome como sábana tibia.

La pasión de esa película fue solo el pretexto; lo nuestro es fuego eterno, consensual, ardiente, sin juicios ni hogueras.
Afuera, la ciudad zumbaba indiferente, pero en mi depa, habíamos escrito nuestra propia historia de éxtasis. Mañana veríamos otra peli, pero esta noche, el clímax era nuestro.

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