Catalina Emmerich la Pasión Carnal de Cristo
Catalina Emmerich se recostó en su cama king size en el corazón de Polanco, con la lluvia golpeando suave las ventanas del penthouse. El aroma a jazmín de su vela flotaba en el aire, mezclado con el café negro que acababa de servirse. Tenía treinta y cinco años, curvas que volvían locos a los hombres y una mente inquieta que devoraba libros prohibidos. Esa noche, un tomo viejo que compró en un tianguis de Coyoacán la tenía atrapada: Catalina Emmerich La Pasión de Cristo. Las visiones de la beata, con su sufrimiento intenso y su entrega total, le removían algo profundo, algo que no era solo fe, sino un fuego carnal que le subía por el vientre.
¿Por qué carajos este libro me pone así de caliente? Esas escenas de flagelación, de sudor y sangre... pero en mi cabeza se transforman en caricias, en cuerpos entrelazados en éxtasis.Pensó, mientras sus dedos rozaban la página amarillenta. Su piel morena se erizaba bajo la camisola de seda negra, y sentía su panocha humedecerse solo de imaginarlo. Marcó el número de Alejandro, su amante de hace seis meses, un moreno atlético de treinta y ocho que trabajaba como arquitecto y la chingaba como nadie.
—Órale, carnal, ven pa'cá ya. Tengo algo que te va a poner bien caliente —le dijo al teléfono, con voz ronca.
Media hora después, Alejandro entró empapado, oliendo a lluvia fresca y colonia fuerte. Se quitó la camisa, revelando pectorales duros y un vientre marcado. Catalina lo jaló hacia la cama, el colchón hundiéndose bajo su peso.
—Mira esto, güey —le pasó el libro—. Catalina Emmerich La Pasión de Cristo. Lee un rato, a ver qué te hace sentir.
Alejandro arqueó la ceja, pero su sonrisa pícara lo delató. Se tumbó a su lado, su pierna peluda rozando la suya suave. Comenzó a leer en voz alta, grave y lenta: las visiones de la beata sobre el latigazo en la columna, el cuerpo de Cristo temblando, la corona de espinas. Pero en la habitación, el aire se cargaba de electricidad. Catalina sintió su aliento caliente en el cuello, su mano grande deslizándose por su muslo.
El principio era solo curiosidad compartida, pero la tensión crecía como tormenta. Sus ojos se clavaron, y ella notó cómo la verga de él se endurecía bajo los jeans.
Pinche libro, nos está encendiendo a los dos. Quiero que me folle como si fuera mi cruz personal, pero de puro placer.
Alejandro dejó el libro a un lado y la besó, lento al principio, labios carnosos saboreando los suyos con gusto a café y deseo. Sus lenguas bailaron, húmedas y urgentes, mientras sus manos exploraban. Él le quitó la camisola, exponiendo sus tetas firmes, pezones oscuros ya tiesos como piedras. El sonido de la lluvia se mezclaba con sus jadeos suaves, el roce de piel contra piel como seda rasgándose.
—Estás mojada como el diablo, nena —murmuró él, metiendo dos dedos en su calzón empapado. Ella gimió, arqueando la espalda, oliendo su propia excitación almizclada que llenaba la habitación.
La escalada fue gradual, deliciosa. Catalina lo desvistió, besando cada centímetro de su torso salado por la lluvia. Sus uñas arañaron suave su espalda, evocando las llagas del libro pero transformadas en placer. Él la volteó boca abajo, masajeando sus nalgas redondas, separándolas para lamer su culito y luego bajar a su panocha hinchada. El sabor salado-dulce de ella lo volvía loco; lamía despacio, chupando el clítoris con labios expertos, mientras ella se retorcía, mojando las sábanas de algodón egipcio.
¡Ay, cabrón, qué rico! Como si la pasión de ese Cristo se convirtiera en mi propio vía crucis de orgasmos.Pensaba Catalina, mientras sus caderas se movían solas contra su boca. El sudor perlaba sus frentes, el calor de sus cuerpos haciendo el aire espeso. Alejandro se incorporó, su verga gruesa y venosa palpitando, goteando precum que ella lamió ansiosa, saboreando su esencia masculina amarga y adictiva.
Lo montó ella primero, controlando el ritmo. Se hundió en él centímetro a centímetro, el estiramiento ardiente pero placentero, sus paredes internas apretándolo como guante. Plaf, plaf, el sonido obsceno de carne contra carne llenaba la alcoba, mezclado con sus gemidos: "¡Chíngame más duro, pinche semental!". Él la agarraba las caderas, embistiéndola desde abajo, sus bolas peludas golpeando su culo. La visión borrosa por el placer: su cara de éxtasis, el libro olvidado en la mesita, la lluvia ahora trueno lejano.
La intensidad subió cuando él la puso a cuatro patas, evocando posiciones del libro pero puras de lujuria. Entró profundo, su pubis raspando su clítoris con cada estocada. Ella gritaba, "¡Sí, así, rómpeme la panocha!", sintiendo el orgasmo build-up como ola gigante. Sus pezones rozaban las sábanas frías, enviando chispas por su espina. Alejandro gruñía, sudando profusamente, oliendo a macho en celo.
El clímax llegó explosivo. Catalina se corrió primero, su panocha contrayéndose en espasmos, chorros de jugo caliente empapándolo. "¡Me vengo, cabrón, no pares!", chilló, visión blanca, pulso latiendo en oídos como tambores. Él la siguió segundos después, sacándola y eyaculando chorros espesos sobre su espalda arqueada, semen caliente goteando por sus nalgas como ofrenda pagana.
Colapsaron juntos, jadeantes, piel pegajosa de sudor y fluidos. El aroma post-sexo flotaba pesado: semen, panocha, sudor. Alejandro la abrazó por detrás, su verga semi-dura aún rozándola. Besos suaves en la nuca, risas cansadas.
—Pinche libro, Catalina Emmerich La Pasión de Cristo nos dio la mejor follada de la vida —dijo él, voz ronca.
Ella sonrió, girando para mirarlo a los ojos cafés profundos.
La pasión no es solo dolor, es esto: entrega total, placer que te parte el alma y te reconstruye más viva.Afuera, la lluvia amainaba, dejando un fresco que entraba por la ventana entreabierta. Se acurrucaron bajo las cobijas, cuerpos entrelazados en afterglow perfecto, sabiendo que al día siguiente buscarían más inspiraciones así de ardientes. La noche los envolvió en paz sensual, con el libro como testigo silencioso de su propia pasión carnal.