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Diario de una Pasion Libro Precio del Deseo

6467 palabras

Diario de una Pasion Libro Precio del Deseo

Querido diario, hoy todo cambió con un simple hallazgo en la librería del centro. Caminaba por esas calles empedradas de la Condesa, oliendo a café recién molido y pan dulce de la panadería de la esquina, cuando entré a esa tiendita chiquita llena de libros polvorientos. Mis ojos se clavaron en Diario de una Pasion Libro Precio, un título que me erizó la piel. El precio era ridículo, como veinte varos nomás, un robo total. Lo agarras y sientes el papel áspero bajo los dedos, con ese olor a tinta vieja que te transporta a secretos ajenos.

Lo compré sin pensarlo dos veces. En casa, me tiré en la cama con las cortinas abiertas dejando entrar el sol de la tarde, ese calor pegajoso que hace sudar la piel. Abrí el libro y las palabras me jalaron como un imán. Historias de deseo crudo, de cuerpos que se buscan sin pudor. Sentí un cosquilleo entre las piernas, mi panocha humedeciéndose sola mientras leía sobre lenguas expertas y manos que exploran sin prisa. ¿Por qué carajos he esperado tanto para soltarme? me dije, el corazón latiéndome a mil.

Aquí empieza mi propio diario de una pasion libro precio del deseo. Porque si ese librito valió cada peso, ¿cuánto valdrá entregarme yo?

Acto seguido, me puse mi vestido rojo escotado, el que marca las curvas de mis chichis y mi culo prieto. Salí a la calle con el pulso acelerado, el aire nocturno fresco rozándome las piernas desnudas. El bar de la esquina estaba lleno de luces tenues y música de cumbia rebajada que vibra en el pecho. Pedí un michelada, el limón ácido explotando en mi lengua, la sal crujiendo, y ahí lo vi: Diego, güey alto, moreno, con ojos que prometen travesuras. Se acercó con una sonrisa pícara, oliendo a colonia barata pero sexy, como hombre de verdad.

"Órale, mamacita, ¿vienes sola?" me dijo, su voz grave retumbando en mis oídos. Le contesté coqueta: "Por ahora, pendejo, pero eso puede cambiar". Reímos, chocamos vasos, y su rodilla rozó la mía bajo la mesa. Ese toque eléctrico subió por mi muslo, haciendo que mi clítoris palpitara. Hablamos de todo y nada: de tacos al pastor que se deshacen en la boca, de noches locas en la Roma. Sus dedos jugaban con el borde de mi vaso, y yo imaginaba esos mismos dedos en mi piel húmeda.

La tensión crecía como tormenta. Cada mirada suya era una caricia invisible, su aliento cálido cuando se inclinaba a hablarme al oído. "¿Sabes qué? Me dan ganas de comerte a besos ahorita", murmuró, y yo sentí mi tanguita empapada. No aguanto más, este güey me va a volver loca. Le propuse irnos, y él asintió con ojos brillantes. En su coche, un vochito viejo pero limpio, su mano en mi pierna subiendo despacito, rozando el interior del muslo. Gemí bajito, el olor a su sudor mezclado con mi aroma de excitación llenando el espacio.

Llegamos a su depa en Polanco, luces suaves y velas que prendió rápido, el humo aromático a vainilla envolviéndonos. Me empujó suave contra la pared, sus labios capturando los míos en un beso hambriento. Saboreé su lengua, salada y dulce, mientras sus manos amasaban mis chichis por encima del vestido. "Qué ricas tetas tienes, nena", gruñó, bajando el escote para lamer mis pezones duros como piedras. El placer era un rayo, mi piel erizándose, el sonido de su chupeteo húmedo resonando en la habitación.

Lo jalé al sillón, quitándole la camisa para recorrer su pecho firme con las uñas, oliendo su piel salada. Bajé la mano a su pantalón, sintiendo su verga tiesa, gruesa, latiendo bajo la tela. "Chíngame ya, Diego, no seas mamón", le susurré al oído, mordiéndole el lóbulo. Se rio ronco, me quitó el vestido de un tirón, y ahí estaba yo, en tanga y nada más, expuesta y poderosa. Sus dedos se colaron por el encaje, encontrando mi humedad resbalosa. "Estás chorreando, putita mía", dijo juguetón, y yo arqueé la espalda mientras me metía dos dedos, curvándolos justo en ese punto que me hace ver estrellas.

El build-up era exquisito, lento y tortuoso. Me arrodillé, desabroché su chamarra y saqué su verga palpitante, venosa, con ese olor almizclado que me volvió loca. La lamí desde la base, saboreando el precum salado, hasta meterla entera en mi boca, chupando con hambre. Él gemía fuerte, "¡Qué chida chupas, carnala!", sus caderas empujando suave. Lo llevé al borde, pero paré, queriendo más. Me levantó como pluma, me llevó a la cama, el colchón hundiéndose bajo nuestro peso.

Me abrió las piernas, su lengua en mi panocha fue el paraíso: lamidas largas, succionando mi clítoris hinchado, el sonido chapoteante de mi jugo. Olía a sexo puro, a deseo desatado. "¡Sigue, no pares, pendejo!" grité, mis manos enredadas en su pelo negro. El orgasmo me pegó como ola, mi cuerpo temblando, jugos salpicando su cara mientras gritaba su nombre.

Pero no terminó ahí. Me volteó boca abajo, su verga presionando mi entrada, resbalosa y lista. Entró despacio, centímetro a centímetro, llenándome hasta el fondo. Es enorme, me parte en dos de puro gusto. Empezó a bombear, fuerte pero cariñoso, sus bolas chocando contra mi clítoris. Sudábamos juntos, piel contra piel resbalosa, el slap-slap de nuestros cuerpos mezclándose con gemidos roncos. "¡Más duro, cabrón, dame todo!" le pedí, y él obedeció, agarrándome las caderas, follándome como animal pero con ojos llenos de pasión.

Cambié de posición, montándolo como reina. Sus manos en mis chichis rebotando, yo cabalgando su verga, sintiendo cada vena frotando mis paredes. El placer subía otra vez, mis jugos chorreando por sus huevos. "Me vengo, Diego, ¡me vengo!" chillé, convulsionando encima de él. Él rugió, llenándome de su leche caliente, chorros espesos que me hicieron estremecer de nuevo.

Caímos exhaustos, jadeando, su brazo alrededor de mi cintura, el olor a sexo impregnando las sábanas revueltas. Besos suaves post-orgasmo, lenguas perezosas. "Fue chingón, nena", murmuró, y yo sonreí, sintiéndome viva, empoderada.

El diario de una pasion libro precio del deseo no miente: el verdadero costo es adictivo, pero qué delicia pagarlo con cada fibra del cuerpo. Mañana, ¿quién sabe? Por ahora, duermo con su calor pegado a mí.

Fin de esta entrada, pero no de la pasión.

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