Quien Produjo La Pasion De Cristo En Tu Piel
La lluvia azotaba las ventanas del departamento en la Condesa, ese golpeteo constante como un tambor que aceleraba el pulso de Ana. El aire olía a tierra mojada mezclada con el aroma del café que acababa de preparar, fuerte y humeante, como el deseo que bullía en su vientre desde que Marco cruzó la puerta. Él, con su camisa pegada al pecho por la llovizna, la miró con esos ojos oscuros que prometían pecados deliciosos.
Qué chingón se ve mojado, pensó Ana, mordiéndose el labio mientras le tendía la taza. Se sentaron en el sillón de piel gastada, las luces tenues del velador pintando sombras en sus rostros. Hablaron de todo y nada, hasta que el tema viró a películas que removían el alma. La Pasión de Cristo, dijo él, esa que te deja con el corazón en la garganta.
¿Y quién produjo La Pasión de Cristo?preguntó ella, inclinándose hacia adelante, su blusa entreabierta dejando ver el encaje negro de su brasier. Marco sonrió, esa curva pícara que la hacía derretirse.
Neta, Mel Gibson, güey. Él la dirigió y produjo, la armó con todo el realismo que te hace sentir cada latigazo en tu propia carne.
Ana sintió un escalofrío, no de miedo, sino de algo más profundo, más carnal. La idea de esa pasión extrema, de sufrimiento que se convertía en redención, le encendió la piel. Si esa pasión fue producida por un hombre como él, ¿quién produce la mía? Se acercó más, su rodilla rozando la de él, el calor de sus cuerpos cortando el fresco de la noche.
La tensión creció como la tormenta afuera. Marco dejó la taza y le acarició el muslo, suave al principio, como probando el terreno. Ella no se apartó; al contrario, su mano subió por su brazo, sintiendo los músculos tensos bajo la tela húmeda. Olía a él, a jabón mezclado con sudor fresco, ese olor macho que le hacía agua la boca.
Quiero saborearte, murmuró ella, y lo besó. Sus labios se encontraron con hambre, lenguas danzando en un duelo húmedo y caliente. Él la jaló hacia su regazo, las manos grandes amasando sus nalgas sobre el jeans ajustado. Ana gimió contra su boca, el roce de su verga endureciéndose contra su entrepierna la hizo restregarse, buscando más fricción.
Se levantaron tropezando, riendo como pendejos, camino al cuarto. La cama los recibió con sábanas frescas que contrastaban con el fuego de sus pieles. Marco la desvistió despacio, besando cada centímetro que liberaba: el cuello donde latía su pulso como un tambor, los pechos redondos que se alzaban ansiosos, pezones duros como piedras preciosas. Ella jadeaba, el sonido de su respiración entrecortada mezclándose con el trueno lejano.
Estás cañona, Ana, gruñó él, lamiendo el sudor salado de su ombligo. Sus dedos bajaron, desabrochando su chamarra, quitándole la blusa con urgencia. Ella lo ayudó, arañando su espalda, sintiendo la aspereza de su barba en el vientre. El aroma de su excitación llenaba la habitación, almizclado y dulce, como miel caliente.
Ana lo empujó sobre el colchón, montándolo como una reina. Le desabrochó el cinturón, el sonido metálico del cierre acelerando su corazón. Sacó su verga, gruesa y venosa, palpitante en su mano. Qué rica está, dura pa' mí, pensó, mientras la lamía desde la base hasta la punta, saboreando el precum salado, ese gusto que la volvía loca. Marco maldijo en voz baja, ¡Chingada madre, qué mamada!, sus caderas alzándose para follarle la boca.
Pero ella quería más. Se quitó el calzón, empapado, y se posicionó sobre él. El glande rozó su panocha hinchada, resbaladizo por sus jugos. Bajó despacio, centímetro a centímetro, gimiendo al sentirlo estirándola, llenándola hasta el fondo. ¡Ay, wey, qué chido! exclamó, comenzando a cabalgar, sus tetas botando al ritmo, el slap-slap de sus cuerpos chocando como música erótica.
Marco la sujetó por las caderas, embistiéndola desde abajo, profundo y fuerte. Sus ojos se clavaron en los de ella, compartiendo ese momento de conexión pura, de almas enredadas en carne. Esta pasión no la produce nadie más que nosotros, pensó Ana, mientras el orgasmo se acumulaba, una ola creciente en su bajo vientre. El sudor les chorreaba, mezclándose, el olor a sexo impregnando todo.
Él la volteó, poniéndola a cuatro patas, el colchón hundiéndose bajo sus rodillas. Entró de nuevo, esta vez salvaje, sus bolas golpeando su clítoris con cada estocada. Ana gritaba, ¡Más, pendejo, dame más!, sus uñas clavándose en las sábanas. Sentía cada vena de su verga frotando sus paredes internas, el placer punzante extendiéndose como fuego líquido.
La mano de Marco bajó, frotando su botón con círculos precisos, mientras la otra pellizcaba sus pezones. El mundo se redujo a sensaciones: el ardor en su piel, el sabor de su propia saliva al morder la almohada, los gemidos roncos de él en su oreja, Eres mía, Ana, toda mía. El clímax la golpeó como un rayo, su panocha contrayéndose alrededor de él, ordeñándolo, jugos chorreando por sus muslos.
Marco la siguió segundos después, gruñendo como animal, llenándola con chorros calientes que la hicieron temblar de nuevo. Colapsaron juntos, jadeantes, el corazón de él latiendo contra su espalda como un eco del suyo.
En el afterglow, envueltos en las sábanas revueltas, la lluvia amainaba afuera. Ana trazó círculos en su pecho, escuchando su respiración calmarse.
¿Sabes? Esa película, La Pasión de Cristo, con todo su dolor, me hace pensar en lo que sentimos ahora. Quién produjo esa pasión en nosotros, ¿eh?
Él rio bajito, besándole la frente. Tú y yo, mi reina. Somos los productores de esta chingonería.
Se quedaron así, piel con piel, el aroma de sus cuerpos unidos persistiendo en el aire. Ana sonrió en la penumbra, sintiendo una paz profunda, como si hubieran exorcizado demonios y creado un paraíso propio. Mañana sería otro día, pero esta noche, su pasión era eterna.