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Pasión de Gavilanes Capítulo 121 El Fuego Prohibido

7837 palabras

Pasión de Gavilanes Capítulo 121 El Fuego Prohibido

La noche caía sobre la hacienda como un manto de terciopelo negro, perfumado con el aroma dulce de las bugambilias y el humo lejano de las fogatas rancheras. Yo, Rosalía, me recostaba en el sillón de cuero viejo del porche, con las piernas cruzadas sobre el otoman, sintiendo la brisa tibia acariciar mi piel morena. El aire olía a tierra húmeda después de la lluvia vespertina, y el sonido distante de un mariachi flotaba desde el pueblo cercano, guitarrones y trompetas que aceleraban mi pulso como un presagio.

Juan, mi amor de toda la vida, ese galán de ojos verdes y manos callosas de tanto domar caballos, se sentó a mi lado con una botella de tequila reposado en la mano. "Mira, mija, hoy toca Pasión de Gavilanes, capítulo 121", me dijo con esa voz ronca que me erizaba la piel, mientras encendía la telecita de pantalla plana que habíamos comprado en el mercado de Guadalajara. Su presencia era magnética, su camisa blanca desabotonada dejando ver el vello oscuro en su pecho ancho, oliendo a jabón de lavanda y sudor varonil.

El episodio empezó, y desde los primeros minutos, la tensión entre los hermanos Reyes y las hermanas Elizondo nos envolvió. En la pantalla, los besos apasionados, las miradas cargadas de deseo prohibido... Mi corazón latió más fuerte. Sentí un calor subir por mi vientre, un cosquilleo entre las piernas que me hizo apretar los muslos. Juan me miró de reojo, su mano grande posándose en mi rodilla, subiendo despacio por mi falda floreada. "¿Qué te pasa, Rosalía? Estás toda colorada", murmuró, su aliento cálido contra mi oreja.

¡Ay, Diosito! Este capítulo siempre me pone así, con esa pasión de gavilanes que no se apaga ni con balazos ni venganzas.

En la tele, la escena se ponía caliente: una de las gemelas se entregaba en un establo, gemidos ahogados mezclados con el relincho de caballos. Juan dejó el tequila y su mano se coló bajo mi falda, rozando el encaje de mis panties. "Igual que tú y yo, carnal", susurró, y yo sentí su verga endureciéndose contra mi cadera. El deseo inicial era como una chispa en la pólvora seca de la llanura mexicana.

El primer acto de nuestra noche apenas comenzaba. Me giré hacia él, mis labios encontrando los suyos en un beso salado por el tequila. Sus manos expertas desabrocharon mi blusa, liberando mis senos plenos que se irguieron al aire fresco. Él los tomó, amasándolos con ternura, su lengua trazando círculos en mis pezones oscuros. Gemí bajito, el sonido perdido en el viento, mientras el olor de su piel me invadía, mezcla de tierra, sudor y hombre puro.

"Te deseo tanto, Rosalía", gruñó, bajando la cabeza para mamarme como si fuera su fuente de vida. Mis dedos se enredaron en su cabello negro, tirando suave, guiándolo. En mi mente, las imágenes del capítulo 121 se fundían con nosotros: pasión salvaje, cuerpos entrelazados en la penumbra. Su boca descendió por mi vientre, besando la curva de mi ombligo, hasta llegar al borde de la falda. La levantó, exponiéndome al aire, y sus ojos brillaron como los de un gavilán al cazar.

Pero no era solo físico; había una tensión profunda, un conflicto interno. Hacía meses que la hacienda nos absorbía con deudas y el ganado enfermo, pero noches como esta nos recordaban por qué nos amábamos. "No pares, Juan, no esta noche", le rogué, mi voz temblorosa. Él sonrió pícaro, ese pendejito encantador que me volvía loca. "Nunca pararía por ti, reina mía".

El medio acto escaló cuando me levantó en brazos, fuerte como un toro, y me llevó adentro, al cuarto principal con su cama king de sábanas de algodón egipcio traídas de Monterrey. Me depositó suave, quitándome la falda y las panties de un tirón. Desnuda ante él, sentí mi concha húmeda palpitando, el aroma almizclado de mi excitación llenando la habitación. Él se desnudó rápido, su verga gruesa saltando libre, venosa y lista, goteando precúm que brillaba bajo la luz de la luna filtrada por las cortinas.

Me arrodillé frente a él, tomándola en mi mano, sintiendo su calor pulsante, el pulso acelerado como un tambor ranchero. La lamí desde la base hasta la punta, saboreando su sal, su esencia masculina. Juan jadeó, "¡Ay, cabrona, qué chingona eres!", sus caderas moviéndose instintivo. Lo chupé profundo, mi garganta acomodándose a su tamaño, saliva resbalando por mi barbilla. Sus manos en mi cabeza, no forzando, sino guiando con amor, mientras yo lo devoraba con hambre de semanas sin follar así de intenso.

En Pasión de Gavilanes capítulo 121, esa entrega total es lo que anhelo cada vez que lo vemos. Hoy, soy yo la que se entrega.

La intensidad creció. Me tumbó en la cama, sus labios devorando mi cuello, mordisqueando suave, dejando marcas rojas como trofeos. Bajó a mi concha, separando mis labios con los dedos, soplando aire caliente que me hizo arquear la espalda. Su lengua entró, lamiendo mi clítoris hinchado, chupando mis jugos dulces. "Sabes a miel de maguey, Rosalía", murmuró entre lamidas. Gemí fuerte, mis uñas clavándose en sus hombros, el placer subiendo en olas, mi cuerpo temblando. Introdujo dos dedos gruesos, curvándolos para tocar ese punto que me volvía loca, follándome con la mano mientras su boca no paraba.

El conflicto interno se resolvía en pequeños clímax: el estrés del día se evaporaba con cada roce, cada susurro. "Más, mi amor, dame todo", supliqué, mis caderas bailando contra su cara. Él aceleró, mi orgasmo explotando como fuegos artificiales en la feria de Jalisco: visión borrosa, grito ahogado, jugos inundando su boca. Me dejó jadeante, pero no satisfecho; quería más.

Me volteó boca abajo, poniéndome a cuatro patas, mi culo en alto como ofrenda. Sentí la punta de su verga rozando mi entrada, lubricada por mis fluidos. "Dime que la quieres", exigió juguetón. "¡Sí, pendejo, métemela ya!", respondí riendo entre gemidos. Empujó despacio, centímetro a centímetro, estirándome delicioso, llenándome hasta el fondo. El sonido de piel contra piel empezó, chapoteos húmedos mezclados con nuestros jadeos.

Follamos con ritmo creciente: él embistiendo profundo, yo empujando hacia atrás, mis senos balanceándose, pezones rozando las sábanas ásperas. Sudor perlando nuestros cuerpos, olor a sexo crudo impregnando el aire. Cambiamos posiciones: yo encima, cabalgándolo como amazona en su corcel, mis caderas girando, apretando su verga con mis paredes internas. Sus manos en mi cintura, mirándome con adoración. "Eres mi pasión, mi gavilán", dijo, pellizcando mis pezones.

La tensión psicológica alcanzó su pico: recordé nuestras peleas, las noches frías, pero esto nos unía, este fuego eterno. Otro orgasmo me sacudió, contrayéndome alrededor de él, ordeñándolo. "Me vengo, Rosalía", rugió, y sentí su leche caliente disparándose dentro, llenándome, desbordando por mis muslos.

El final fue puro afterglow. Colapsamos entrelazados, piel pegajosa contra piel, corazones latiendo al unísono. Besos suaves, caricias perezosas. El tequila olvidado en el porche, la tele apagada después del cliffhanger de Pasión de Gavilanes capítulo 121. "¿Vemos el próximo mañana?", bromeó él, su mano trazando círculos en mi espalda.

"Solo si prometes repetirlo", respondí, riendo bajito. En esa hacienda, bajo las estrellas mexicanas, nuestra pasión era más real que cualquier telenovela, un fuego que no se apagaba nunca. El aroma de nuestros cuerpos mezclados, el sabor de él en mis labios, el tacto de su abrazo... todo conspiraba para un cierre perfecto, con promesa de más noches así.

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