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Pasión Prohibida Capítulo 24 El Susurro que Enciende

7387 palabras

Pasión Prohibida Capítulo 24 El Susurro que Enciende

La noche en la boda de mi prima en las afueras de Guadalajara estaba cargada de ese calor pegajoso que se pega a la piel como una promesa indecente. El aire olía a mole poblano y a tequila reposado, con el mariachi tocando La Bikina a todo volumen. Yo, Ana, con mi vestido rojo ceñido que me hacía sentir como una diosa cachonda, no podía quitarle los ojos de encima a Javier. Él era el cuñado de mi esposo, el pendejo de Ricardo que andaba borracho perdido platicando pendejadas con los primos. Javier, con su camisa blanca entreabierta dejando ver ese pecho moreno y tatuado, me guiñaba el ojo desde el otro lado del salón. Neta, cada vez que nuestras miradas se cruzaban, sentía un cosquilleo en el estómago que bajaba directo hasta mis chones empapados.

¿Por qué carajos sigo casada con Ricardo si Javier me hace sentir viva? Esta pasión prohibida capítulo 24 que llevamos contando en secreto desde aquella vez en el rancho de la familia... ya no aguanto más.

Me acerqué a la mesa de los postres, fingiendo servirme un pedazo de pastel de tres leches, y él apareció a mi lado como por arte de magia. Su mano rozó la mía al tomar un tenedor, y ese toque fue como electricidad pura. Olía a colonia cara mezclada con sudor masculino, ese aroma que me volvía loca. "Órale, Ana, qué guapa te ves esta noche", murmuró bajito, su aliento cálido contra mi oreja. Mi corazón latía como tamborazo zacatecano. "Tú tampoco estás tan pendejo, wey", le contesté coqueta, mordiéndome el labio. Ricardo ni se enteraba, el cabrón.

La tensión crecía con cada canción. Bailamos un son a escondidas, sus caderas pegadas a las mías, sintiendo su verga dura presionando contra mi vientre. El roce de su piel áspera en mi espalda baja me erizaba la piel. Quería arrancarle la ropa ahí mismo, pero sabíamos que era prohibido. Mi hermana, su esposa, andaba en el baño retocándose el maquillaje. Qué ironía, ¿no? Javier era el esposo de mi mejor amiga del alma, pero desde hace meses, nuestras miradas se habían convertido en besos robados, en toques que prometían más.

Al fin, no aguantamos. "Vámonos de aquí un rato, carnala", me dijo, tomándome de la mano. Corrimos hacia el jardín trasero del salón, donde las luces de colores parpadeaban como estrellas coquetas. Nos metimos en una de las habitaciones de huéspedes que estaban vacías, el olor a sábanas frescas y a jazmín del exterior invadiendo el cuarto. Cerró la puerta con llave, y en segundos sus labios estaban sobre los míos, devorándome con hambre de lobo. Su lengua sabía a tequila y a deseo puro, explorando mi boca mientras sus manos subían por mis muslos, arrugando el vestido.

Acto de escalada: el fuego que no se apaga

Me empujó contra la pared, su cuerpo duro y musculoso aplastándome deliciosamente. Sentía su corazón galopando contra mi pecho, al ritmo del mío. "Te he extrañado tanto, Ana... neta, me tienes loco", jadeó, mordisqueando mi cuello. Ese mordisco envió ondas de placer directo a mi clítoris, que palpitaba pidiendo atención. Le arranqué la camisa, mis uñas clavándose en su espalda, oliendo su piel salada y caliente. Él bajó la cremallera de mi vestido, dejándolo caer al piso como una ofrenda. Mis tetas quedaron al aire, pezones duros como piedras, y él los lamió con devoción, chupando uno mientras pellizcaba el otro. ¡Ay, cabrón, qué rico! Gemí bajito, arqueando la espalda.

Mi mano bajó a su pantalón, desabrochándolo con dedos temblorosos. Su verga saltó libre, gruesa y venosa, latiendo en mi palma. La apreté, sintiendo su calor y su dureza, y él gruñó como animal. "Así, mija, hazme lo que quieras". Me arrodillé, el piso alfombrado suave bajo mis rodillas, y la tomé en la boca. Saboreé su pre-semen salado, lamiendo la cabeza hinchada mientras él enredaba sus dedos en mi cabello. El sonido de su respiración agitada, los jadeos roncos, me mojaban más. Lo chupé profundo, hasta la garganta, sintiendo cómo se hinchaba en mi boca.

Pero quería más. Me levantó como si no pesara nada y me tiró en la cama. Sus ojos oscuros devoraban mi cuerpo desnudo, mis piernas abiertas mostrando mi coño depilado y brillante de jugos. "Eres una chingona, Ana", dijo, antes de hundir la cara entre mis muslos. Su lengua era fuego líquido, lamiendo mis labios hinchados, chupando mi clítoris con succiones que me hacían ver estrellas. Olía mi aroma almizclado de excitación, y gemía contra mi piel, vibrando delicioso. Metió dos dedos gruesos dentro de mí, curvándolos para tocar ese punto que me volvía loca.

¡Dios mío, Javier, no pares! Esta pasión es nuestra ruina, pero qué chingón se siente.
Me retorcía, mis caderas moviéndose solas, el colchón crujiendo bajo nosotros.

La intensidad subía como volcán. Él se quitó el resto de la ropa, su cuerpo atlético brillando de sudor. Me volteó boca abajo, besando mi espalda, mis nalgas, hasta morderlas suave. Sentí la punta de su verga rozando mi entrada, húmeda y lista. "Dime que la quieres, Ana", suplicó con voz ronca. "Sí, pendejo, métemela ya", rogué, empujando contra él. Entró lento al principio, centímetro a centímetro, estirándome delicioso. El dolor placer me hizo gritar bajito, mis paredes apretándolo como guante.

Empezó a bombear, primero suave, luego más fuerte, el slap-slap de su pelvis contra mis nalgas llenando la habitación. Cada embestida tocaba lo más profundo, su verga gruesa rozando mi G-spot. Sudábamos juntos, piel resbaladiza, olores mezclados de sexo y pasión. Me volteó de nuevo, piernas sobre sus hombros, penetrándome profundo mientras nos mirábamos a los ojos. "Eres mía, Ana, aunque sea prohibido", gruñó. Yo clavaba uñas en sus brazos, gimiendo "Tuya, wey, solo tuya". El clímax se acercaba, mi vientre contrayéndose, pulsos acelerados.

El estallido y la calma

Al fin, explotamos juntos. Él se hundió hasta el fondo, su verga hinchándose mientras me llenaba de semen caliente, chorro tras chorro. Yo grité, mi coño convulsionando alrededor de él, olas de placer sacudiéndome entera. El mundo se volvió blanco, solo quedaban sus ojos en los míos, su peso sobre mí protector. Colapsamos, jadeando, su boca en mi cuello dejando besos suaves.

Nos quedamos así un rato, cuerpos entrelazados, el sudor enfriándose en la piel. Olía a nosotros, a sexo satisfecho y a jazmín lejano. "Esto no puede parar, Javier", susurré, acariciando su cabello revuelto. Él sonrió, besándome la frente. "Neta, Ana, es nuestra pasión prohibida, pero vale cada riesgo". Nos vestimos a prisa, robando besos finales, antes de volver a la fiesta como si nada. Ricardo ni notó mi cabello desordenado ni el brillo en mis ojos.

Al día siguiente, en la cama con mi esposo dormido a mi lado, recordaba cada detalle: el sabor de su piel, el latido de su corazón contra el mío. Esta capítulo 24 de nuestra historia secreta me dejó con un vacío dulce, anhelando el 25. En este mundo de apariencias mexicanas, donde la familia es todo, nuestra pasión era el fuego que me mantenía viva. Y seguiría ardiendo, cueste lo que cueste.

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