Abismo de Pasión Elisa Embarazada
El sol de la tarde se colaba por las cortinas de la casa en Polanco, tiñendo de oro la sala donde Elisa reposaba en el sofá. Con ocho meses de embarazo, su vientre redondo se elevaba como una promesa de vida, tensando la tela ligera de su vestido suelto. Marco entró silbando una ranchera de Vicente Fernández, con las bolsas del supermercado en las manos. Qué morra tan chingona, pensó al verla, el corazón latiéndole fuerte. Elisa levantó la vista, sus ojos cafés brillando con ese fuego hormonal que lo volvía loco desde que supieron del bebé.
"¡Órale, carnal! Trajiste los mangos?" preguntó ella con voz juguetona, incorporándose un poco. El aroma dulce de su perfume mezclado con el sudor ligero del calor veraniego lo golpeó como una ola. Marco dejó las bolsas y se acercó, arrodillándose frente a ella para besar su panza. Sintió un patadita del bebé, y ambos rieron.
"Simón, mi reina. Y tus antojos de helado de cajeta también. Pero neta, Elisa, hoy te ves más rica que nunca. Ese abismo de pasión que traes, embarazada y todo, me tiene apachurrado." Ella se sonrojó, mordiéndose el labio inferior, grueso y apetecible. Sus pechos, hinchados por la leche que empezaba a formarse, se marcaban bajo la tela. Marco inhaló profundo, oliendo su piel salada, ese olor a mujer en flor que lo ponía duro al instante.
Elisa extendió la mano, rozando su mejilla áspera por la barba de tres días. ¿Por qué este wey me hace sentir tan deseada todavía? Con esta panza de sandía, pensó, mientras un cosquilleo subía por su entrepierna. Las hormonas la traicionaban a cada rato; de repente, necesitaba sus manos, su boca, su verga dura llenándola.
"Ven pa'cá, pendejo. No seas gacho, abrázame." Marco obedeció, sentándose a su lado y rodeándola con cuidado. Sus labios se encontraron en un beso lento, saboreando el dulzor de su saliva, el roce húmedo de lenguas danzando. Ella gimió bajito, un sonido ronco que vibró en el pecho de él. Sus manos bajaron por su espalda, apretando sus nalgas firmes, aún más redondas por el embarazo.
La tensión crecía como una tormenta en el DF, el aire cargado de electricidad. Marco deslizó la mano bajo el vestido, encontrando su piel caliente, suave como seda. Elisa jadeó cuando sus dedos rozaron el encaje de sus calzones, ya empapados. Chin, qué mojada estoy. Este abismo de pasión, Elisa embarazada, me está consumiendo, reflexionó ella en silencio, arqueando la cadera para guiarlo.
"Te sientes tan chingona, mi amor. Tu concha está ardiendo por mí", murmuró él contra su cuello, lamiendo el sudor salado. Elisa tembló, el olor almizclado de su propia excitación llenando la habitación, mezclado con el jazmín del jardín que entraba por la ventana.
Se levantaron con lentitud, él cargándola como a una diosa. En el pasillo, las paredes adornadas con fotos de sus viajes a la playa de Cancún, Elisa lo besó con hambre, mordisqueando su oreja. "Te quiero dentro de mí, Marco. Pero con cuidado del bebé, ¿eh? Neta, te extraño tanto." Él asintió, el pulso acelerado latiéndole en las sienes, la verga presionando contra los jeans.
En la recámara, la cama king size con sábanas de algodón egipcio los esperaba. Marco la recostó de lado, su posición favorita ahora. Le quitó el vestido con reverencia, exponiendo su cuerpo glorioso: pezones oscuros y erectos, vientre surcado por estrías plateadas que él besó una a una. "Eres mi todo, Elisa. Embarazada o no, eres el pinche fuego que me enciende."
Ella lo miró, vulnerable por un segundo. ¿Y si ya no le gusto así? Con estas tetas de vaca y esta panza. Pero sus ojos la devoraban, y eso disipó la duda. Marco se desvistió rápido, su torso moreno y musculoso por las caminatas en Chapultepec brillando bajo la luz tenue. Su verga saltó libre, gruesa y venosa, goteando precum que ella lamió con la punta de la lengua cuando él se acercó.
"Qué rica tu leche, wey", bromeó ella, chupando la cabeza con succiones lentas, saboreando el salado muscular. Marco gruñó, el sonido gutural retumbando en su garganta, mientras enredaba los dedos en su cabello negro ondulado. El olor de su entrepierna lo mareaba, terroso y dulce.
La tensión escalaba. Él la volteó con gentileza, besando su espalda hasta llegar a sus nalgas. Separó sus muslos, inhalando profundo antes de lamer su clítoris hinchado. Elisa gritó de placer, "¡Ay, cabrón! ¡Sí, ahí!" Su lengua danzaba, saboreando sus jugos cremosos, mientras dos dedos entraban y salían despacio, rozando su punto G. Ella se convulsionaba, las contracciones del útero mezclándose con las del orgasmo que se acercaba. El bebé pateaba como animándola, y rieron entre jadeos.
Esto es puro amor, puro desmadre chingón, pensó Marco, su propia excitación doliéndole. La volteó boca arriba con almohadas bajo la espalda, trepando sobre ella sin presionar el vientre. Sus pechos rebotaban con cada embestida de sus caderas cuando ella lo montó después, controlando el ritmo. "¡Chíngame más fuerte, pero suave!" exigía, sus uñas clavándose en su pecho.
El clímax llegó como un terremoto. Elisa se tensó, su concha apretando su verga en espasmos rítmicos, gritando "¡Me vengo, pendejo! ¡Ay, Dios!" El sonido de carne contra carne, chapoteos húmedos, llenaba la habitación. Marco la siguió, eyaculando chorros calientes dentro de ella, rugiendo su nombre. Sudor perlando sus cuerpos, el olor a sexo crudo impregnando el aire.
Se derrumbaron juntos, él aún dentro, besuqueándose perezosos. Elisa acarició su panza, sintiendo al bebé calmado ahora. "Gracias, mi vida. En este abismo de pasión, embarazada y todo, contigo soy invencible." Marco sonrió, oliendo su cabello. Esta morra es mi mundo.
El atardecer pintaba el cielo de naranjas y morados, mientras yacían enredados. La ciudad bullía afuera con cláxones y risas, pero aquí, en su nido, solo existía esa paz postorgásmica, el latido compartido de tres corazones. Elisa suspiró contenta, sabiendo que el fuego no se apagaría nunca.