Pasión de Cristo Resurrección
El sol de Viernes Santo caía a plomo sobre las calles empedradas de San Miguel, ese pueblito en el corazón de Guanajuato donde la Semana Santa se vive con el alma en la piel. Yo, María, había llegado de la ciudad pa' visitar a mi tía, pero neta, lo que buscaba era un respiro de la rutina que me tenía hasta la madre. Vestida con un huipil ligero que se pegaba a mi piel sudada, caminaba entre la multitud que seguía la procesión. El olor a incienso y copal flotaba en el aire, mezclado con el aroma terroso de las jacarandas que empezaban a brotar. El tamborileo de los chirimías y el luto de las mantillas negras me ponían la carne de gallina.
Ahí lo vi por primera vez. Él era el Cristo de la procesión, un morro alto, de piel morena curtida por el sol, con el cabello negro largo cayéndole sobre los hombros. Llevaba la corona de espinas falsa, pero sus ojos, ay, esos ojos cafés profundos, brillaban con una intensidad que no era solo del teatro. Se llamaba Javier, lo supe después. Cuando pasó cerca, cargando la cruz de madera, su sudor goteaba y el olor a hombre, a tierra y a algo salvaje, me golpeó como un rayo. ¿Qué me pasa? pensé, sintiendo un calor que subía desde mi entrepierna. Hacía dos años que mi marido se había ido, y mi cuerpo andaba dormido, como un desierto esperando la lluvia.
La procesión avanzó hacia la plaza principal, donde la gente se arrodillaba y rezaba. Yo me quedé atrás, apoyada en una pared de adobe, con el corazón latiéndome como tambor. Javier bajó de la cruz cuando terminó el acto, se quitó la túnica raída y se quedó en playera blanca pegada al torso musculoso. Nuestras miradas se cruzaron. Él sonrió, una sonrisa pícara, de esas que dicen "te vi y ya valió". Me acerqué, fingiendo casualidad.
—Órale, qué chido te viste de Cristo —le dije, con la voz un poco temblorosa.
—Gracias, carnala. Pero la pasión de Cristo resurrección es lo que sigue mañana, ¿no? —respondió, limpiándose el sudor con el dorso de la mano. Su voz era grave, como el eco en una catedral vacía.
Nos quedamos platicando. Era de por ahí, carpintero de oficio, y participaba en las representaciones pa' honrar la tradición. Pero en sus ojos había fuego, no solo devoción. Hablamos de la vida, de cómo la Semana Santa despierta cosas dormidas en la gente. Sentí su mirada recorriéndome el cuello, los senos que se marcaban bajo el huipil, y un cosquilleo me subió por la espalda.
Si me toca, me derrito aquí mismo, pensé, mordiéndome el labio.
El sol se puso, tiñendo el cielo de rojo sangre. La tía me mandó a la casa, pero yo le dije que iba a misa de resurrección. Javier me invitó a su taller, un cuartito detrás de la iglesia, lleno de virutas de madera y olor a pino fresco. Caminamos en silencio, el aire nocturno fresco rozándonos la piel. Su mano rozó la mía accidentalmente, y fue como electricidad. Entramos, cerró la puerta con un clic que sonó a promesa.
Adentro, la luz de una vela parpadeaba sobre un banco de trabajo. Él se acercó, lento, como si midiera cada paso. —María, desde que te vi en la procesión, sentí algo... como si mi propia pasión reviviera —murmuró, su aliento cálido en mi oreja. Olía a sudor limpio y a esa colonia barata que usan los morros del pueblo. Mis pezones se endurecieron bajo la tela, traicioneros.
—Yo también, Javier. Neta, me prendo contigo —confesé, mi voz ronca. Lo jalé de la playera, y nos besamos. Sus labios eran firmes, con sabor a sal y a algo dulce, como tamarindo. Su lengua exploró mi boca con hambre contenida, y yo respondí, chupando, mordiendo suave. Sus manos grandes bajaron por mi espalda, apretando mis nalgas con fuerza juguetona. Pendejo, me vas a volver loca, pensé mientras gemía bajito.
Me quitó el huipil de un tirón, dejando mis tetas al aire. El fresco de la noche las erizó, y él las miró como si fueran tesoros. —Qué chingonas —dijo, antes de mamar un pezón. Su boca caliente, la lengua girando, me hizo arquear la espalda. Sentí mi concha humedeciéndose, el calor líquido bajando por mis muslos. Lo empujé al banco, le arranqué la playera. Su pecho era duro, con vello negro que olía a macho. Bese su cuello, lamí el sudor salado, bajé a sus abdominales marcados por el trabajo.
Javier jadeaba, sus manos enredadas en mi pelo. —María, ándale, no pares. Me tienes bien puesto. —Desabroché su pantalón, y su verga saltó libre, gruesa, venosa, con la cabeza brillando de precúm. La tomé en la mano, piel suave sobre hierro, y la chupé despacio, saboreando el gusto salado y almizclado. Él gruñó, un sonido animal que vibró en mi clítoris. Lo mamé hondo, sintiendo cómo palpitaba en mi garganta, mis jugos chorreando ya por las piernas.
Pero no quería acabar así. Lo paré, me quité la falda y las calzones empapadas. —Ven, cabrón, fóllame como se debe —le dije, empinándome en el banco. Él se puso atrás, frotando su verga en mi raja húmeda. El roce era tortura deliciosa, mi clítoris hinchado rogando. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome delicioso. ¡Ay, Virgen, qué grande! Grité cuando me llenó por completo, su pubis chocando contra mis nalgas con un clap húmedo.
Empezó a bombear, lento al principio, cada embestida mandando ondas de placer por mi espina. El taller olía a sexo, a madera y a nosotros. Sus bolas golpeaban mi clítoris, y yo me tocaba, frotando furiosa. —Más duro, Javier, ¡dame todo! —exigí, y él obedeció, agarrándome las caderas, follando como poseído. Sudábamos, resbalosos, el sonido de carne contra carne mezclándose con nuestros gemidos. Sentí el orgasmo creciendo, una ola desde el estómago, apretándome alrededor de su verga.
—Me vengo, María, ¡no pares! —rugió él, y yo exploté primero, el mundo blanco, el coño convulsionando, chorros de placer salpicando. Él se corrió adentro, caliente, llenándome hasta rebosar. Nos quedamos pegados, respirando agitados, su verga aún latiendo dentro.
Después, nos recostamos en un colchón viejo que tenía en el piso. El aire olía a semen y jazmín del patio. Javier me acariciaba el pelo, suave. —Eso fue como la resurrección, ¿no? Mi pasión de Cristo personal —dijo riendo bajito.
Yo sonreí, el cuerpo lánguido, satisfecho. —Neta, carnal. Reviviste algo en mí que estaba muerto. —Pensé en la procesión, en cómo la fe y el deseo se mezclan en estos pueblos. No era pecado, era vida pura, consensual, ardiente. Mañana sería Sábado de Gloria, pero mi resurrección ya había pasado, en sus brazos.
Nos quedamos así hasta el amanecer, platicando de tonterías, riendo. El sol entró por la ventana, dorado, y supe que esto no acababa aquí. Javier me besó la frente. —Vente otra vez, María. Hay más pasión por vivir.
Y yo, con el alma y el cuerpo en paz, asentí. En San Miguel, la Semana Santa no solo trae muerte y vida espiritual; a veces, resucita lo carnal, lo que nos hace humanos de verdad.