Duelo Juego de Pasión
La noche en Polanco olía a jazmín y a lluvia reciente, ese aroma que se pega a la piel como una promesa. Yo, Ana, estaba recargada en la barra de mi depa, con un mezcal en la mano, mirando a Luis con ojos de reto. Él, mi carnal del alma desde hace dos años, se veía chingón con esa camisa negra ajustada que marcaba sus pectorales. Habíamos cenado tacos de suadero en el rooftop, riéndonos de pendejadas, pero ahora el aire se sentía cargado, como antes de una tormenta.
¿Por qué chingados siempre ganas tú en estas provocaciones? pensé, mientras él me clavaba la mirada. Todo empezó con una apuesta tonta: quién podía resistir más sin tocar al otro. Pero yo quería elevarlo. "Órale, Luis, hagamos un duelo juego de pasión", le solté, con la voz ronca de anticipación. Él arqueó la ceja, sonriendo de lado.
"¿Duelo qué, morra? Explícame eso pa' ver si me late."
Le conté las reglas mientras el mezcal me quemaba la garganta, dulce y ahumado. Nos turnaríamos para seducir al otro con palabras, miradas, roces leves. El que cediera primero, perdía una prenda. Nada de manos directas al grano. Sería un juego de voluntades, de piel erizada y pulsos acelerados. Él aceptó con un guiño. Neta, esta noche te voy a hacer suplicar, pendejo, me juré en silencio.
Empecé yo. Me acerqué despacio, el suelo de madera crujiendo bajo mis tacones. Olía su colonia, madera y cítricos, que me hacía cosquillas en la nariz. Le susurré al oído: "Imagínate mi lengua recorriendo tu cuello, bajando lento hasta que no aguantes más". Vi cómo su pecho subía y bajaba más rápido, el calor de su aliento en mi mejilla. Tocó mi cintura con las yemas de los dedos, apenas un roce, pero suficiente para que mi piel se erizara como si me hubieran pasado corriente.
Él contraatacó. Me jaló suave por la cadera, su mano grande y cálida contra la tela de mi vestido rojo.
"Tú, con esas curvas que me vuelven loco, ¿sabes lo que te haría si te tuviera ahora? Te mordería el lóbulo de la oreja hasta que gimas mi nombre."Su voz grave vibraba en mi pecho, y sentí un tirón húmedo entre las piernas. Me quité los tacones, prenda uno perdida. El suelo fresco bajo mis pies descalzos me hizo jadear bajito.
El duelo juego de pasión apenas arrancaba, pero ya el ambiente se cargaba de electricidad. Nos movíamos por la sala, luces tenues de las velas parpadeando en las paredes, proyectando sombras que bailaban como amantes. Yo lo empujé contra el sofá de piel, mi aliento caliente en su cuello. Su piel sabe a sal y deseo, pensé mientras rozaba mis labios sin besarlo. Le conté cómo lo montaría, despacio, sintiendo cada centímetro de él llenándome. Sus manos temblaron en mis muslos, y se quitó la camisa. Chingón, su torso marcado por horas en el gym, pectorales duros y un vientre plano que pedía ser lamido.
La tensión crecía como olla exprés. Cada turno era un fuego lento: yo le pasaba las uñas por los brazos, dejando rastros rojos que olían a mi perfume de vainilla. Él me besaba el hueco del cuello, su lengua tibia trazando círculos que me hacían arquear la espalda. "No mames, Ana, estás empapada, lo siento en el aire", murmuró, y neta, el olor a mi excitación flotaba, almizclado y dulce. Perdí el vestido; quedé en brasier de encaje negro y tanga. Mis pezones duros como piedras contra la tela, rogando atención.
En el medio del juego, nos detuvimos un segundo, jadeantes. Sus ojos oscuros me devoraban, y yo sentía mi corazón martillando como tamborazo en feria. Esto no es solo un juego, es nuestra pasión en crudo, sin máscaras. Él me levantó en brazos, fuerte y seguro, y me sentó en la mesa de centro. El vidrio frío contra mi culo me hizo soltar un ay que sonó a gemido. Su turno: me separó las piernas con las rodillas, rozando mi interior con su aliento.
"Te voy a comer entera, morrita, hasta que grites que soy el rey."
No cedí. En cambio, le bajé el pantalón con dientes, sintiendo la tela áspera en los labios. Su verga saltó libre, dura, venosa, con una gota perlada en la punta que olía a hombre puro. La rocé con la lengua, apenas la punta, saboreando sal y pre-semen. Él gruñó, un sonido gutural que vibró en mi clítoris. Se quitó el bóxer, quedando desnudo, imponente. Yo perdí el brasier; mis tetas rebotaron libres, pesadas y sensibles al aire.
El escalamiento era brutal. Ahora jugábamos sin reglas fijas, solo instinto. Me recargó en la pared, su cuerpo pegado al mío, piel contra piel sudada. Sentía cada músculo suyo tenso, su corazón latiendo contra mis tetas. Me besó por fin, lengua invadiendo mi boca, sabor a mezcal y pasión. Bajó las manos, metiendo dedos en mi tanga, rozando mi humedad resbalosa. "Estás chorreando, wey, por mí", dijo, y yo admití con un beso feroz.
Lo empujé al piso, alfombra mullida bajo nosotros. Lo monté a horcajadas, frotándome contra su dureza, sintiendo el calor irradiar. Esto es el duelo definitivo, el juego donde perdemos los dos para ganar juntos. Él me volteó, quedando encima, sus caderas abriéndose paso. Entró lento, centímetro a centímetro, estirándome delicioso. Grité su nombre, el sonido rebotando en las paredes. Olía a sexo, a sudor mezclado con nuestros aromas únicos.
El ritmo subió: embestidas profundas, mis uñas clavadas en su espalda, dejando marcas rojas. Él chupaba mis tetas, dientes rozando pezones, enviando descargas al útero. Gemidos se volvían gritos, "¡Más, cabrón! ¡Dame todo!". Sentía su verga palpitar dentro, golpeando ese punto que me deshacía. El clímax nos alcanzó como avalancha: yo me corrí primero, contrayéndome alrededor de él, jugos chorreando por sus bolas. Él siguió, gruñendo, llenándome con chorros calientes que saboreé al lamer su cuello después.
Quedamos tirados, cuerpos enredados, piel pegajosa y brillante de sudor. El aire olía a clímax compartido, pesado y satisfactorio. Luis me acarició el pelo, besándome la frente.
"El mejor duelo juego de pasión de mi vida, morra. Empate eterno."Yo sonreí, exhausta, sintiendo su semen escurrir lento entre mis piernas. Neta, en este juego no hay perdedores, solo amantes que se encuentran más hondo cada vez.
La noche se calmó, lluvia tamborileando en las ventanas. Nos envolvimos en una cobija, cuerpos aún temblando de réplicas. Mañana sería otro día, pero esta pasión nos unía como tatuaje en la piel. El duelo había terminado, pero el juego... ese nunca paraba.