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El Hijo del Diablo Desata la Pasión de Cristo

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El Hijo del Diablo Desata la Pasión de Cristo

En el corazón de un pueblo michoacano durante la Semana Santa, María caminaba entre la multitud que llenaba las calles empedradas. El aire estaba cargado del olor a copal quemándose en los altares improvisados, mezclado con el humo de las velas y el sudor de los penitentes. Las procesiones resonaban con tambores y matracas que erizaban la piel, mientras los pasos de Cristo cargando la cruz se mecían al ritmo de las oraciones. María, con su rebozo negro ajustado al cuerpo curvilíneo, sentía un calor que no venía solo del sol abrasador. A sus veintiocho años, devota hasta la médula, reprimía un fuego interno que la Semana Santa avivaba cada año.

¿Por qué este año se siente tan diferente? se preguntaba, mientras sus ojos café recorrían la muchedumbre. Entonces lo vio. Alto, moreno como la noche, con ojos que brillaban como brasas y una sonrisa que prometía pecados. Decían que era Alejandro, el hijo del diablo, un tipo que había regresado del norte con plata y aires de rebelde. No iba en procesión; se recargaba contra un muro de adobe, fumando un cigarro con esa desfachatez que hacía que las beatas cuchichearan.

María apartó la vista, pero su pulso se aceleró. El olor a tabaco se coló hasta ella, terroso y prohibido, como un susurro al oído. Siguió caminando, pero él la interceptó con una mirada que la detuvo en seco.

—Órale, morra, ¿ya te vas a la iglesia sin saludar? —dijo él, con voz grave y juguetona, acercándose lo suficiente para que ella oliera su colonia picante, mezclada con el aroma masculino de su piel.

—No te metas conmigo, pendejo —respondió ella, fingiendo enojo, pero su voz salió ronca.

¡Virgen santa, qué güey tan chingón!
pensó, mientras un cosquilleo le subía por las piernas.

Acto primero: la chispa. Hablaron toda la tarde, él contándole anécdotas del otro lado, ella riendo como no lo hacía desde niña. La tensión crecía con cada roce accidental —su mano en su cintura al esquivar a un borracho, el calor de su aliento en su cuello al susurrarle un chiste subido de tono. Al caer la noche, la procesión de la Pasión de Cristo iluminaba el pueblo con antorchas. Alejandro la tomó de la mano.

—Ven conmigo, nena. No todo es sufrir por el Señor.

El segundo acto comenzó cuando la llevó a su casa en las afueras, una finca modesta pero acogedora, con buganvillas trepando las paredes y el aroma a jazmín flotando en el aire nocturno. Adentro, el cuarto olía a madera vieja y sábanas frescas. Se sentaron en la cama, bebiendo pulque fresco que él sacó de una jarra. El líquido dulce y espumoso bajaba ardiente por su garganta, aflojándole las inhibiciones.

—Dicen que eres el hijo del diablo —murmuró ella, mirándolo fijamente, su dedo trazando el borde de su camisa abierta, revelando un pecho tatuado con serpientes entrelazadas.

—Y tú pareces un ángel caído —replicó él, su mano subiendo por su muslo bajo la falda floreada—. Pero los ángeles también sienten la pasión de Cristo, ¿no? Ese fuego que quema por dentro.

María jadeó cuando sus labios rozaron los suyos. Fue un beso lento al principio, exploratorio, con sabor a pulque y deseo reprimido. Sus lenguas danzaron, húmedas y calientes, mientras ella sentía el latido de su corazón contra el suyo. Esto es pecado, pero qué pecado tan delicioso, pensó, mientras sus manos se enredaban en su cabello negro y revuelto.

La intensidad escaló. Él la recostó con gentileza, desatando su rebozo como si fuera un lazo sagrado. Sus pechos, libres bajo la blusa, se erguían ante él, los pezones endurecidos por el aire fresco y la anticipación. Alejandro los besó, succionando con una ternura feroz que la hizo arquear la espalda. El sonido de su boca chupando era obsceno, húmedo, mezclado con sus gemidos ahogados. Olía a su piel salada, a sudor fresco, y ella lo inhaló como un vicio.

Qué rico, carnal —susurró ella, tirando de su pantalón. Su verga saltó libre, gruesa y venosa, palpitando con un calor que la hizo salivar. La tocó con manos temblorosas, sintiendo la seda de la piel sobre el acero debajo, el pulso acelerado como un tambor de procesión.

Él la exploró a su vez, dedos hábiles deslizándose bajo su ropa interior, encontrando su concha empapada. El roce fue eléctrico; ella se abrió para él, las caderas moviéndose al ritmo de sus caricias.

¡Ay, Diosito, esto es mejor que cualquier rezo!
Su clítoris hinchado respondía a cada círculo, enviando ondas de placer que le nublaban la vista. El cuarto se llenaba de sus respiraciones entrecortadas, el crujir de las sábanas, el olor almizclado de su excitación mutua.

La tensión psicológica bullía. María luchaba con su culpa devota —¿Qué diría mi abuelita?—, pero el deseo la ahogaba. Alejandro la calmaba con palabras suaves: —Esto es nuestro, morra. Consensuado, chingón, puro fuego. —Y ella se rendía, empoderada en su entrega.

El clímax del medio acto llegó con ella encima, montándolo despacio al principio. Su verga la llenaba por completo, estirándola con un ardor placentero. El sonido de carne contra carne era rítmico, chapoteante, mientras sus jugos lo lubricaban. Él agarraba sus nalgas, guiándola, sus ojos fijos en los de ella, compartiendo cada jadeo. El sudor les perlaba la piel, goteando entre sus pechos, y ella lo lamía de su cuello, salado y adictivo.

—Más fuerte, hijo del diablo —lo provocó, clavando las uñas en su pecho.

Él obedeció, embistiéndola desde abajo con fuerza controlada, sus bolas golpeando su trasero. El placer crecía en espiral, sus músculos tensándose, el mundo reduciéndose a esa unión febril.

El tercer acto estalló en éxtasis compartido. María se corrió primero, un grito gutural escapando de su garganta mientras su concha se contraía en espasmos, ordeñando su verga. El orgasmo la sacudió como un rayo, visiones borrosas de procesiones y demonios danzando en su mente. Alejandro la siguió segundos después, gruñendo su nombre, su leche caliente inundándola en chorros potentes. Sintió cada pulso, el calor espeso llenándola, goteando por sus muslos.

Colapsaron juntos, jadeantes, envueltos en el olor a sexo crudo y sábanas revueltas. Él la abrazó, besando su frente húmeda, mientras el eco distante de las campanas de la iglesia marcaba el fin de la procesión.

En el afterglow, María reflexionó, su cabeza en su pecho. El hijo del diablo despertó en mí la pasión de Cristo, pero no la del sufrimiento, sino la del éxtasis verdadero. No había culpa, solo una paz ardiente, un secreto compartido que los unía más que cualquier voto.

—Vuelve cuando quieras, mi ángel —murmuró él, y ella sonrió, sabiendo que lo haría. La noche los envolvió, prometiendo más fuegos por venir.

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