Relatos
Inicio Erotismo La Lectura de la Pasion La Lectura de la Pasion

La Lectura de la Pasion

6781 palabras

La Lectura de la Pasion

Ana se recostó en el sillón de su departamento en la Condesa, con el sol de la tarde colándose por las cortinas entreabiertas. El aroma del café recién molido flotaba en el aire, mezclado con el dulzor de las gardenias que Marco había traído esa mañana del tianguis. En sus manos sostenía un librito de tapa blanda que su amiga Lupe le había prestado: La Lectura de la Pasion. "Es puro fuego, carnala", le había dicho Lupe con una guiñada. Ana sonrió, hojeando las primeras páginas. No era de las que leían mucho, pero el título la había picado la curiosidad. ¿Qué pasaría si se dejaba llevar por unas letras?

Las palabras saltaban como chispas. La protagonista, una morra como ella, descubría en las sombras de un café parisino el roce de unos dedos ajenos. Ana sintió un cosquilleo en la nuca, como si el aire se hubiera espesado.

¿Y si alguien me tocara así ahorita? Solo un roce, sin pedir permiso, pero con ese hambre que no se disimula
, pensó, mientras sus piernas se cruzaban instintivamente. El sonido de la ciudad allá abajo —cláxones lejanos, risas de chavos en la calle— se volvió un murmullo de fondo. Su piel se erizaba bajo la blusa ligera de algodón, y el calor entre sus muslos empezaba a traicionarla.

Marco llegó puntual, como siempre, con su mochila al hombro y esa sonrisa pícara que la desarmaba. "¡Qué onda, mi reina! ¿Ya extrañaste a tu carnal?", dijo mientras se inclinaba para besarla. Sus labios sabían a menta del chicle que masticaba, y su mano rozó su hombro con esa familiaridad que aún le aceleraba el pulso. Ana lo miró de reojo, el libro aún abierto en su regazo. "Mira lo que me prestó Lupe. La Lectura de la Pasion. Neta, está cañón". Marco arqueó la ceja, curioso. "¿Pos échame una leída, a ver si me prende".

Ese fue el detonante. Ana empezó a leer en voz alta, su voz bajita al principio, describiendo cómo la heroína sentía el aliento caliente en su cuello. Marco se sentó a su lado, su muslo pegado al de ella, y el calor de su cuerpo invadió el espacio. Órale, esto se pone interesante, pensó Ana, notando cómo la mano de él se posaba en su rodilla, subiendo despacito. Las palabras del libro fluían: besos robados, lenguas que exploraban, el jadeo ahogado en la oscuridad. El aroma de su colonia, esa mezcla de sándalo y limón mexicano, se mezcló con el leve sudor que empezaba a perlar su frente.

Marco la interrumpió con un beso en el lóbulo de la oreja. "Sigue leyendo, mi amor. Quiero oír cómo suena tu voz cuando te excitas". Ana tragó saliva, el corazón latiéndole como tambor en el pecho. Siguió, pero ahora su propia respiración se entrecortaba.

Él la empuja contra la pared, sus dedos hundiéndose en la carne suave de sus caderas
, leyó, y en ese momento Marco hizo lo mismo, levantándola con facilidad y presionándola contra el respaldo del sillón. Sus manos eran firmes, pero tiernas, pidiendo permiso con cada caricia. "¿Quieres que sigamos la lectura de la pasion esta?", murmuró él, su aliento cálido contra su boca.

Ana asintió, los ojos brillando de deseo. "Sí, wey, hazme tuya como en el libro". El beso que siguió fue voraz, lenguas danzando con urgencia, el sabor salado de su piel mezclándose con el dulzor de su saliva. Marco la desvistió despacio, besando cada centímetro que liberaba: el hueco de su clavícula, el valle entre sus pechos. Ana arqueó la espalda, gimiendo bajito, el sonido reverberando en la habitación como un eco prohibido. Sus uñas se clavaron en los hombros de él, sintiendo los músculos tensos bajo la camisa que pronto tiró al suelo.

En el medio del torbellino, Ana luchaba con sus propios demonios. ¿Por qué me da tanta pena? Si lo amo, si esto es lo que quiero. Pero el libro yacía abierto a sus pies, páginas arrugadas, recordándole que la pasión no pide excusas. Marco la miró a los ojos, deteniéndose. "¿Estás chida, mi vida? Dime si quieres parar". Ella negó con la cabeza, jalándolo más cerca. "No pares, pendejo. Te necesito adentro". Esa crudeza mexicana, esa neta sin filtros, rompió la última barrera. Él la penetró con lentitud exquisita, centímetro a centímetro, el calor húmedo envolviéndolo como terciopelo ardiente.

El ritmo empezó suave, como las olas del Pacífico en Mazatlán que tanto les gustaba. Cada embestida era un latido compartido, piel contra piel resbaladiza de sudor. Ana olía su propia excitación, almizclada y embriagadora, mezclada con el perfume de él. Sus gemidos subían de tono: "¡Ay, Marco, qué rico! Más fuerte, carnal". Él obedecía, gruñendo, sus caderas chocando con un slap slap que llenaba el aire. Le mordisqueaba el cuello, dejando marcas rojas que mañana dolerían rico.

Esto es mejor que cualquier lectura de la pasion
, pensó ella, mientras sus dedos exploraban su espalda, trazando surcos de placer.

La tensión crecía como tormenta en el desierto sonorense. Ana sentía el orgasmo acechando, un nudo apretado en el vientre que se deshacía en espasmos. Marco aceleró, sus respiraciones sincronizadas en jadeos roncos. "Ven conmigo, mi reina", susurró, y ella explotó primero, un grito ahogado que vibró en su garganta, olas de placer recorriéndola desde el clítoris hasta las yemas de los pies. Él la siguió segundos después, derramándose dentro con un rugido gutural, su cuerpo temblando sobre el de ella.

Se quedaron así, enredados, el sudor enfriándose en su piel, el corazón de ambos latiendo al unísono. El libro La Lectura de la Pasion seguía en el piso, testigo mudo de su propia historia vivida. Marco besó su frente, suave como pluma. "Neta, eso fue épico. ¿Leemos más mañana?". Ana rio bajito, acurrucándose en su pecho, inhalando su olor a hombre satisfecho.

La pasion no está en las páginas, está en nosotros
, reflexionó, mientras el sol se ponía tiñendo la habitación de naranja.

La noche cayó suave, con el rumor de la lluvia empezando a golpear las ventanas. Se levantaron por fin, envueltos en una sábana, y prepararon tacos en la cocina —carne asada jugosa, cebolla picada, salsa verde que picaba en la lengua—. Cada mirada era una promesa, cada roce un recuerdo fresco. Ana sintió una paz profunda, esa que solo viene después de entregarse por completo. Marco la abrazó por detrás mientras picaba cilantro. "Te amo, morra. Gracias por la lectura de la pasion más chingona". Ella giró, besándolo con ternura. "Y yo a ti, mi rey. Esto apenas empieza".

En la cama esa noche, con el libro guardado en la mesita, durmieron pegados, soñando con más páginas por escribir juntos. La pasión no era solo lectura; era vida, carne, susurros en la oscuridad mexicana.

Contenido Adulto

Este sitio web contiene material explícito y relatos eróticos destinados exclusivamente a adultos. Debes tener al menos 18 años para acceder a RelatosEroticos.mx.

Al ingresar, aceptas nuestros términos de servicio y confirmas que resides en una jurisdicción donde el consumo de este material es legal.