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Pasión de Cristo Según San Marcos

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Pasión de Cristo Según San Marcos

En el corazón de Oaxaca, durante la Semana Santa que pintaba las calles de morados y dorados, yo, Marcos, caminaba descalzo detrás de la procesión. El incienso se enredaba en el aire caliente, mezclado con el olor a copal y flores de cempasúchil que las señoras esparcían por el empedrado. Las campanas de la iglesia repicaban como un latido acelerado, y el sudor me corría por la espalda, pegándome la túnica morada a la piel. Neta, cada año era lo mismo: devoción pura, pero este año algo ardía diferente en mis entrañas.

Jesús iba adelante, cargando la cruz de madera tallada que pesaba como pecado. Era carpintero de oficio, alto, moreno, con músculos que se marcaban bajo la piel aceitada por el sol oaxaqueño. Sus ojos negros, profundos como pozos de mezcal, me habían atrapado meses atrás en la feria del pueblo.

Órale, Marcos, ¿por qué me miras así? ¿Quieres que te clave en el pino?
me había dicho una noche, riendo con esa voz ronca que me ponía la verga tiesa como poste. Yo, pendejo devoto, solo balbuceé algo de santos y me fui corriendo. Pero hoy, viéndolo sudar, con gotas resbalando por su pecho velludo hasta perderse en la cintura del pantalón raído, sentí que mi fe se torcía en deseo puro.

La procesión avanzó hacia la capilla abandonada al borde del pueblo, donde los nazarenos descansaban. El sol caía a plomo, y el aire olía a tierra húmeda y jazmín silvestre. Jesús dejó la cruz contra la pared y se limpió el rostro con el dorso de la mano. Nuestras miradas chocaron. Ven, murmuró, señalando la puerta entreabierta. Mi corazón tronó más fuerte que las matracas de los niños. Entré tras él, el polvo levantándose bajo mis pies descalzos, el eco de los cantos gregorianos filtrándose desde afuera.

Dentro, la capilla era un nido de sombras frescas, con velas apagadas y un altar cubierto de telarañas santas. Jesús se sentó en el suelo de lajes frías, sacó de su bolsa un librito viejo: el Evangelio según San Marcos. La Pasión de Cristo según San Marcos, leyó en voz baja, su aliento cálido rozándome la oreja mientras me acomodaba a su lado. Sus dedos ásperos, callosos de tanto labrar madera, rozaron mi muslo accidentalmente. O no tan accidental. Sentí el calor subir por mi pierna, mi verga despertando como resucitando de entre muertos.

—Lee conmigo, carnal —dijo, pasándome el libro—. Hagamos nuestra propia pasión.

Mi voz tembló al unirme: «Y llevaron a Jesús al sumo sacerdote...» Pero mientras leía, sus manos exploraban. Primero, un roce en la nuca, masajeando el nudo de tensión que cargaba desde la mañana. Olía a él: sudor masculino, madera fresca y un toque de chile de la comida que compartimos ayer. Gemí bajito cuando su palma bajó por mi pecho, pellizcando el pezón endurecido bajo la túnica.

Pinche Marcos, estás más caliente que el infernito de Judas
, susurró, riendo ronco. Yo, perdido en el texto y en su tacto, dejé que el libro cayera. Nuestros labios se encontraron en un beso hambriento, lenguas enredándose como víboras en el desierto. Sabía a sal y a vino bendito robado de la misa.

La tensión creció lenta, como la procesión que se arrastra. Jesús me quitó la túnica con dedos pacientes, exponiendo mi piel al aire fresco de la capilla. Sus ojos devoraron mi cuerpo flaco pero ansioso, mi verga ya dura apuntando al cielo como una oración. Qué chulada, murmuró, lamiendo su labio inferior. Yo tiré de su camisa, revelando ese torso esculpido, pectorales firmes salpicados de vello negro que bajaba en flecha hacia su entrepierna abultada. El sonido de la tela rasgándose fue como un trueno lejano, y el olor a macho en celo me mareó.

Nos recostamos en una manta que sacó de quién sabe dónde, el suelo duro contra mi espalda pero su cuerpo encima era puro paraíso. Sus besos bajaron por mi cuello, mordisqueando, dejando marcas rojas como espinas de corona.

Te voy a flagelar con mi lengua, San Marcos
, prometió, y lo hizo. Lamió mi pecho, succionó pezones hasta que grité bajito, mis uñas clavándose en sus hombros anchos. El sudor nos unía, resbaladizo, salado al gusto cuando lamí su axila. Mi mano bajó temblorosa a su pantalón, liberando su verga gruesa, venosa, palpitante. La envolví, masturbándolo lento, sintiendo el pulso acelerado bajo la piel caliente. Él jadeó, empujando contra mi palma: No mames, qué rico lo haces, cabrón.

La intensidad subió como el vía crucis: estación por estación de placer. Se puso de rodillas, imitando la oración en el huerto, y tomó mi verga en su boca húmeda. El calor de su garganta me envolvió, lengua girando alrededor del glande, succionando con maestría de carpintero que talla a la perfección. Gemí fuerte, el eco rebotando en las paredes sagradas. Olía a sexo crudo, a precum salado que lamí de sus dedos cuando me los metió en la boca. Chúpamelos, como a los clavos de la cruz, ordenó juguetón, y obedecí, saboreando su esencia mientras él me mamaba sin prisa, construyendo el fuego.

Pero yo quería más, quería mi evangelio personal. Lo empujé suave, consensuado, nuestros ojos fijos en mutuo acuerdo. La Pasión de Cristo según San Marcos ahora era nuestra: él de espaldas, nalgotas firmes separadas por mis manos temblorosas. Escupí en mi verga, lubricándola, y la presioné contra su entrada apretada. Entró despacio, centímetro a centímetro, su gemido ronco mezclándose con el mío. ¡Ay, wey, qué chingón! exclamó, empujando hacia atrás, empalándose. El calor de su culo me apretaba como virgen santa, y empecé a bombear, lento al principio, sintiendo cada vena rozar sus paredes internas.

El ritmo aceleró, piel contra piel chocando con palmadas húmedas, sudor volando. Él se masturbaba al compás, su mano volando sobre su verga gorda. Yo lo abracé por la cintura, besando su espalda salada, oliendo su cabello negro empapado.

Soy tu Cristo, fóllame hasta la resurrección
, jadeó, y eso me llevó al borde. El clímax llegó como el terremoto del calvario: mi semen explotó dentro de él, caliente, abundante, mientras él eyaculaba en chorros blancos sobre la manta, gritando mi nombre profano. Pulso tras pulso, vaciado, temblando.

Nos derrumbamos, enredados, el aire pesado con olor a semen, sudor y capilla antigua. Las campanas tocaron de nuevo afuera, llamando al pueblo a la vigilia. Jesús me besó la frente, suave ahora, su mano acariciando mi mejilla barbuda. Esta fue nuestra Pasión de Cristo según San Marcos, murmuró, sonriendo pícaro. Yo asentí, el corazón lleno, no de culpa sino de paz carnal. Afuera, el mundo seguía su devoción fingida; adentro, habíamos encontrado la nuestra, real, pulsante, eterna.

Nos vestimos lento, robándonos besos robados, promesas susurradas de más evangelios por escribir. Salimos a la noche estrellada, oliendo a jazmín y a nosotros mismos, listos para unirnos a la procesión como si nada. Pero en mi alma, la cruz era ligera, el pecado dulce, y Jesús, mi salvador personal, caminaba a mi lado.

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