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Cañaveral de Pasiones Capitulo 67 Fuego Bajo las Hojas

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Cañaveral de Pasiones Capitulo 67 Fuego Bajo las Hojas

Julia caminaba entre las altas varas de caña, el aire nocturno cargado con ese olor dulzón y terroso que solo el cañaveral sabe soltar después de un día de sol abrasador. La luna llena pintaba todo de plata, haciendo que las hojas susurraran secretos con cada ráfaga de viento. Hacía semanas que no veía a Miguel, pero esta noche, cañaveral de pasiones capitulo 67 se repetía en su mente como un mantra prohibido, el capítulo donde su deseo por fin estallaría sin frenos. El corazón le latía con fuerza, un tambor que retumbaba en su pecho, mientras sus sandalias se hundían en la tierra húmeda.

¿Y si no viene? ¿Y si su pinche hermano lo descubrió? pensó, mordiéndose el labio. Pero entonces lo oyó: el crujido de las cañas partiéndose, pasos firmes acercándose. Miguel emergió de la penumbra, su camisa blanca pegada al torso sudado, los músculos de sus brazos brillando bajo la luz lunar. Era alto, moreno, con esa sonrisa pícara que la volvía loca.

Órale, mi reina —murmuró él, su voz ronca como el viento entre las hojas—. Te extrañé tanto que me dolió el alma.

Julia se lanzó a sus brazos, el calor de su cuerpo envolviéndola como un fuego lento. Sus labios se encontraron en un beso hambriento, saboreando el salado de su piel mezclado con el dulzor de la caña que siempre llevaba encima. Las manos de Miguel bajaron por su espalda, apretándola contra él, y ella sintió su dureza presionando contra su vientre. Un gemido escapó de su garganta, ahogado por el beso.

Se separaron solo para respirar, jadeantes. El cañaveral los rodeaba como un muro vivo, protegiendo su secreto. Aquí, lejos de las miradas de la hacienda, de las rencillas familiares que los separaban, eran libres.

—No aguanto más, Julia —confesó él, su aliento caliente en su cuello—. Cada noche sueño con tu cuerpo, con cómo te retuerces debajo de mí.

Ella sonrió, juguetona, deslizando las manos por su pecho. Qué chulo está este pendejo, pensó, mientras desabotonaba su camisa. La tela cayó al suelo, revelando su piel morena, marcada por el trabajo en el campo. Julia inhaló profundo, oliendo su aroma masculino: sudor fresco, tierra y un toque de tabaco.

La tensión crecía como la savia en las cañas. Miguel la recargó contra un tallo grueso, sus manos expertas levantando su falda floreada. El roce de sus dedos callosos en sus muslos la hizo temblar. ¡Ay, Dios! Qué rico se siente. Él se arrodilló despacio, besando el interior de sus piernas, subiendo centímetro a centímetro. Julia enredó los dedos en su cabello negro, azotado por el viento.

—Miguel... mi amor... no pares —susurró, la voz quebrada por el deseo.

Él levantó la vista, ojos negros ardiendo. —Esto apenas empieza, nena. Hoy es nuestro cañaveral de pasiones capitulo 67, el más caliente de todos.

Sus labios encontraron su centro, húmedo y ansioso. Julia arqueó la espalda, el roce de su lengua enviando chispas por todo su cuerpo. Saboreaba su propia esencia en él después, pero ahora solo sentía el placer explotando: el sonido húmedo de su boca, el zumbido de los grillos de fondo, el tacto áspero de las hojas contra su piel desnuda. Gemía sin control, las piernas flaqueando, mientras él la sostenía firme por las caderas.

Minutos que parecieron horas. Julia alcanzó el primer pico, un grito ahogado que el viento se llevó. Miguel se puso de pie, lamiéndose los labios con una sonrisa triunfal. La besó de nuevo, compartiendo su sabor, salado y dulce como el melado de caña.

Pero no era suficiente. Ella lo empujó al suelo, la tierra suave amortiguando la caída. Se quitó la blusa con prisa, sus pechos libres al aire fresco de la noche. Miguel los tomó en sus manos grandes, masajeándolos, pellizcando los pezones hasta endurecerlos. Julia montó sobre él, frotándose contra su bulto endurecido a través del pantalón.

Quítatelo ya, cabrón —exigió ella, riendo entre jadeos.

Él obedeció, liberando su miembro grueso, palpitante. Julia lo miró, admirando su longitud, las venas marcadas. Lo tomó en su mano, sintiendo el calor, la suavidad de la piel sobre la rigidez. Lo acarició despacio, oyendo sus gruñidos roncos, viendo cómo su pecho subía y bajaba rápido.

Es mío esta noche, pensó, mientras se posicionaba. Bajó sobre él centímetro a centímetro, el estiramiento delicioso, llenándola por completo. Ambos gimieron al unísono, el sonido reverberando en el cañaveral. Ella comenzó a moverse, lento al principio, sintiendo cada roce interno, el roce de sus cuerpos chocando húmedos.

Miguel la sujetó por las caderas, guiándola, sus ojos clavados en los de ella. —Eres una diosa, Julia. Me vuelves loco.

El ritmo aumentó. El sudor les corría por la piel, mezclándose, oliendo a sexo puro y tierra fértil. Las cañas se mecían a su alrededor, como testigos mudos de su frenesí. Julia cabalgaba más rápido, sus pechos rebotando, el placer acumulándose en su vientre como una tormenta. Él se incorporó, chupando un pezón mientras embestía desde abajo, profundo, golpeando ese punto que la hacía ver estrellas.

Internalmente, Julia luchaba con el torbellino de emociones.

Esto es pecado, pero qué pecado tan rico. Mañana volveremos a las miradas de odio en la hacienda, pero esta noche... esta noche soy suya, y él mío. Que se joda el destino.
El conflicto familiar —su padre dueño de la hacienda, el de él un simple cortador de caña— se desvanecía en el calor de sus cuerpos unidos.

Sudor perlando sus frentes, respiraciones entrecortadas, gemidos subiendo de tono. Miguel la volteó con gentileza pero firmeza, poniéndola de rodillas sobre la tierra mullida. Entró de nuevo por detrás, sus manos en sus nalgas, abriéndola. El ángulo nuevo era brutal, delicioso. Ella empujaba contra él, pidiendo más, el sonido de piel contra piel ahogando los grillos.

Dame todo, mi rey —rogaba ella, la voz ronca.

Él aceleró, una mano bajando a frotar su clítoris hinchado. El clímax la golpeó como un rayo, ondas de placer sacudiéndola, contrayéndose alrededor de él. Miguel gruñó profundo, embistiendo unas veces más antes de derramarse dentro, caliente, llenándola. Colapsaron juntos, exhaustos, enredados en el suelo.

El afterglow fue dulce. Yacían bajo las estrellas, el cañaveral susurrando arrullos. Miguel la besó en la frente, su mano trazando círculos perezosos en su espalda.

Te amo, Julia. Pase lo que pase.

Ella suspiró, saboreando la paz post-orgasmo, el olor de sus fluidos mezclados en el aire. Este cañaveral de pasiones no acaba en el capitulo 67, pensó. Habrá más capítulos, más fuegos. Se levantaron despacio, vistiéndose con risas y besos robados. Caminaron de la mano hasta el borde del campo, despidiéndose con una promesa en los ojos.

Julia regresó a la hacienda con el cuerpo zumbando, el alma satisfecha. Mañana el sol saldría igual, pero ella llevaría este secreto grabado en la piel, listo para el próximo capítulo de su pasión infinita.

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