Relatos
Inicio Erotismo La Pasion de Bach en Nuestra Piel La Pasion de Bach en Nuestra Piel

La Pasion de Bach en Nuestra Piel

6303 palabras

La Pasion de Bach en Nuestra Piel

En el corazón de la Condesa, donde las calles empedradas susurran secretos bajo las luces tenues de los faroles, mi departamento se convertía en un santuario esa noche. El aire olía a jazmín fresco del balcón y a las velas de vainilla que acababa de encender. Yo, Ana, una chamaca de treinta y tantos que vive por la música clásica, había invitado a Marco, ese morro alto y moreno que toca el violín como si le estuviera haciendo el amor al mismísimo diablo. Neta, desde la primera vez que lo vi en el conservatorio, sentí un cosquilleo en el estómago, como si Bach mismo me estuviera susurrando al oído promesas de placer.

Marco llegó puntual, con su chamarra de cuero negro ajustada que marcaba sus hombros anchos y un frasco de mezcal artesanal en la mano. "Órale, Ana, ¿listos pa' la pasión de Bach?", dijo con esa sonrisa pícara que me derretía. Le ofrecí un vaso y nos sentamos en el sillón de terciopelo rojo, el tocadiscos listo con el vinilo de La Pasión según San Mateo. Cuando la aguja rozó el surco, el coro inicial llenó la habitación como un río de emociones contenidas. Sus voces graves y agudas se entretejían, vibrando en mi pecho, haciendo que mi piel se erizara.

Yo cerré los ojos, dejando que la música me invadiera. Marco estaba a mi lado, tan cerca que podía oler su colonia amaderada mezclada con el sudor ligero de su cuello.

"Qué chido es esto, wey. Bach sabía de pasiones profundas, ¿no?"
murmuró, su aliento cálido rozando mi oreja. Abrí los ojos y lo miré: sus pupilas dilatadas reflejaban las llamas de las velas, y en ese instante, la tensión que había estado acumulando semanas explotó en chispas invisibles entre nosotros.

La primera parte del acto se desplegaba, con los violines llorando de anhelo, y Marco deslizó su mano sobre mi muslo. No era casual; era intencional, firme, como si tocara una cuerda sensible de su instrumento. Mi corazón latió al ritmo de las notas, acelerado, palpitante. ¿Qué hago? ¿Lo detengo o me dejo llevar? pensé, pero mi cuerpo ya había decidido. Giré la cara hacia él, y nuestros labios se encontraron en un beso suave al principio, exploratorio, saboreando el mezcal en su lengua y el dulzor de su boca.

El beso se profundizó mientras la música subía de intensidad. Sus manos subieron por mi blusa de seda, desabotonándola con dedos expertos, exponiendo mi piel al aire fresco. Sentí el roce áspero de sus yemas contra mis pezones, que se endurecieron al instante como perlas bajo la lluvia. "Estás cañón, Ana", gruñó bajito, su voz ronca compitiendo con el bajo continuo de Bach. Yo respondí arqueándome contra él, mis uñas clavándose en su espalda a través de la chamarra. El olor de nuestra excitación empezaba a mezclarse con el jazmín: almizcle salado, deseo crudo.

Nos pusimos de pie, tambaleantes por el vértigo del momento, y él me quitó la blusa con un movimiento fluido. Mi falda cayó al suelo en un susurro, dejándome en tanga negra de encaje. Marco se desvistió rápido, revelando su torso musculoso, marcado por horas de práctica con el violín, y esa erección dura que presionaba contra sus bóxers. Lo jalé hacia mí, sintiendo su calor contra mi vientre, el pulso de su verga latiendo como un coral furioso.

En el middle del acto, la aria de la pasión nos envolvió. Nos recostamos en la alfombra persa, suave bajo mi espalda desnuda. Marco besó mi cuello, lamiendo el sudor salado que perlaba mi clavícula, bajando hasta mis senos. Chupó un pezón con hambre, succionando fuerte mientras su mano se colaba entre mis piernas. Estaba empapada, mis jugos resbalando por mis muslos internos. ¡Ay, pendejo, no pares! grité en mi mente, mordiéndome el labio para no gemir demasiado pronto. Sus dedos encontraron mi clítoris, frotándolo en círculos lentos, sincronizados con el recitativo de la música.

"Dime qué quieres, mami", susurró, su aliento caliente en mi piel. "Te quiero adentro, ya, Marco. Fóllame como Bach toca el alma". Él sonrió, ese güey pícaro, y se quitó los bóxers. Su verga saltó libre, gruesa y venosa, la punta brillando con pre-semen. Me abrió las piernas con gentileza, rozando su glande contra mis labios vaginales, untándose en mis fluidos. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente. El placer fue un estallido: ardor dulce, plenitud que me llenó hasta el útero.

Empezamos a movernos al ritmo de la pasión de Bach. Él embestía profundo, sus caderas chocando contra las mías con un slap slap húmedo que se mezclaba con los coros. Yo clavaba mis talones en su culo firme, urgiéndolo más rápido. El sudor nos unía, resbaloso, salado en mi lengua cuando lamí su pecho. Olía a hombre puro: testosterona, mezcal, música. Mis paredes internas lo apretaban, ordeñándolo, mientras el clímax se acumulaba como la gran fuga final.

La música alcanzó su pico emocional, el coro clamando redención, y nosotros con él. Marco aceleró, sus gruñidos roncos en mi oído: "¡Ven conmigo, Ana, neta!". Mi orgasmo explotó primero, un tsunami de placer que me hizo arquear la espalda, gritar su nombre mientras contracciones poderosas me sacudían. Él se corrió segundos después, su verga hinchándose, chorros calientes inundándome, su cuerpo temblando sobre el mío. Nos quedamos así, jadeantes, el vinilo girando hacia el silencio final.

En el afterglow, la habitación olía a sexo consumado: semen, jugos femeninos, vainilla quemada. Marco se recostó a mi lado, acariciando mi cabello revuelto. "Bach nos prendió la mecha, ¿eh?", dijo riendo bajito. Yo asentí, mi mano trazando círculos en su pecho húmedo.

Esta pasión no fue solo música; fue fuego en las venas, conexión de almas en cuerpos enredados.
Sentí una paz profunda, como si la composición de Bach hubiera tejido nuestros destinos esa noche.

Mientras las velas se apagaban lentamente, nos envolvimos en una cobija suave, escuchando el eco de nuestras respiraciones calmadas. México afuera seguía su ritmo caótico, pero aquí, en nuestra burbuja, la pasión de Bach había dejado una marca indeleble: deseo eterno, listo para ser tocado de nuevo. Y neta, no podía esperar por el próximo vinilo.

Contenido Adulto

Este sitio web contiene material explícito y relatos eróticos destinados exclusivamente a adultos. Debes tener al menos 18 años para acceder a RelatosEroticos.mx.

Al ingresar, aceptas nuestros términos de servicio y confirmas que resides en una jurisdicción donde el consumo de este material es legal.