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Mi Pasión Fútbol Desatada

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Mi Pasión Fútbol Desatada

Yo siempre he sido una chida fanática del fútbol. Neta, mi pasión fútbol es lo que me hace vibrar, lo que me pone la piel chinita cada vez que pisa la cancha. Ese domingo, en el estadio Azteca, el sol pegaba duro sobre las gradas llenas de aficionados gritando como locos. El olor a chela fría y elotes asados flotaba en el aire, mezclado con el sudor de la multitud. Me acomodé en mi asiento, con la camiseta del América ajustada a mi cuerpo, sintiendo cómo el algodón rozaba mis pezones endurecidos por la emoción.

El equipo salió a la cancha y ahí estaba él: Javier, el delantero nuevo, con ese cuerpo esculpido por horas de entrenamiento. Alto, moreno, con piernas musculosas que se movían como pistones. Lo vi correr, driblar, y cuando metió el primer gol, el estadio explotó. Yo grité tanto que me dolió la garganta, pero en mi mente solo pensaba en cómo sería sentir esas manos fuertes sobre mi piel.

Órale, Ana, contrólate, es solo un jugador
, me dije, pero mi cuerpo ya traicionaba, con un calor bajito entre las piernas.

Al final del partido, con el América ganando tres a uno, bajé a la zona de aficionados VIP que gané en un sorteo. Ahí, entre la gente felicitando a los jugadores, Javier se acercó. Sudado, con el pelo revuelto y esa sonrisa pícara que iluminaba sus ojos cafés. —Hola, güerita, vi cómo gritabas mis goles. ¿Eres mi fan número uno? Su voz grave me erizó la nuca, y el olor a su sudor fresco, mezclado con el césped, me invadió las fosas nasales.

—Neta, mi pasión fútbol es lo máximo, pero tú... tú la rompes toda, le respondí coqueta, sintiendo mis mejillas ardiendo. Charlamos un rato, de jugadas, de la liga MX, de lo chingón que era sentir la adrenalina. Me invitó unas chelas en un bar cerca del estadio. No lo pensé dos veces. Caminamos juntos, su brazo rozando el mío accidentalmente, enviando chispas por mi espina.

En el bar, la luz tenue, música de banda sonando bajito, pedimos coronitas heladas. Hablábamos de todo: de cómo el fútbol nos unía, de sueños locos. Su rodilla tocó la mía bajo la mesa, y no la quitó.

Esto está pasando de verdad, no es un sueño de pendeja
. Mi corazón latía como tambor de guerra, y entre mis muslos sentía esa humedad traicionera creciendo. Él me miró fijo, con pupilas dilatadas. —Sabes, tu pasión fútbol me prende. Ven a mi depa, celebremos la victoria como se debe.

Acepté, el pulso acelerado. En su coche, un pick-up chido, su mano en mi muslo mientras manejaba. La piel de sus dedos áspera por el balón, presionando suave. Llegamos a su penthouse en Polanco, minimalista pero con trofeos de fútbol por todos lados. Me sirvió un tequila reposado, el aroma ahumado llenando el aire. Brindamos, y de pronto sus labios estaban en los míos. Beso hambriento, lengua explorando mi boca con sabor a victoria y deseo.

Acto dos: la escalada. Me cargó como si nada, sus bíceps tensos bajo mis manos. Me tiró en la cama king size, sábanas frescas de algodón egipcio. Se quitó la playera, revelando abdominales marcados, vello oscuro bajando al ombligo. Yo me desvestí despacio, dejando que viera mis curvas, pechos firmes liberados del brasier. —Qué chingona estás, Ana, murmuró, voz ronca. Sus manos grandes amasaron mis senos, pulgares rozando pezones duros como piedras. Gemí, el sonido escapando sin control.

Baixó la boca, lamiendo mi cuello, bajando a morder suave mis tetas. El calor de su aliento, el roce húmedo de su lengua, me volvía loca.

Mi pasión fútbol nunca se sintió así de intensa
. Mis uñas arañaron su espalda, oliendo su piel salada. Bajé la mano a su pantalón, sintiendo la verga dura como hierro palpitando. La saqué, gruesa, venosa, goteando pre-semen. La masturbé lento, él gruñendo como animal.

Me abrió las piernas, besando mi interior de muslos, inhalando mi aroma de mujer excitada. Su lengua encontró mi clítoris, chupando con maestría, dedos hundiéndose en mi panocha mojada. ¡Ay, wey, no pares! grité, caderas arqueándose. El sonido de succión obsceno, mis jugos cubriendo su barbilla. Me vine primero, explosión de placer, piernas temblando, grito ahogado en la almohada.

Pero no paró. Me volteó boca abajo, nalgas en pompa. Escupió en mi entrada, frotando la cabeza de su verga. —Dime si quieres, güerita. —Sí, métemela toda, Javier, hazme tuya. Empujó despacio, centímetro a centímetro, estirándome delicioso. Lleno total, su pubis contra mi culo. Empezó a bombear, lento al inicio, piel chocando piel con palmadas rítmicas. Sudor goteando de su pecho a mi espalda, mezclándose con el mío.

Yo empujaba hacia atrás, cabalgándolo en reversa.

Esto es mejor que cualquier gol en el minuto 90
. Aceleró, verga golpeando mi punto G, bolas azotando mi clítoris. Gemidos suyos cerca de mi oído: ¡Qué rica estás, Ana, apriétame más!. El cuarto olía a sexo puro, almizcle y tequila. Mis paredes lo ordeñaban, cerca del borde otra vez.

Cambié posición, lo monté como amazona. Sus manos en mis caderas guiando, yo rebotando, tetas saltando. Lo miré a los ojos, pasión desbordada. —Mi pasión fútbol eres tú ahora, jadeé. Él sonrió, pellizcando mis pezones. El clímax nos golpeó juntos: yo convulsionando, chorros calientes mojando sus huevos; él gruñendo, llenándome de semen espeso, pulsos interminables.

Acto tres: el afterglow. Colapsamos, entrelazados, piel pegajosa de sudor enfriándose. Su corazón tronando contra mi oreja, respiración agitada calmándose. Besos suaves en mi frente, manos acariciando mi pelo. —Neta, eso fue épico, como un hat-trick, dijo riendo bajito. Yo sonreí, satisfecha, cuerpo lánguido pero alma plena.

Nos duchamos juntos después, agua caliente lavando fluidos, jabón deslizándose por curvas y músculos. En la cocina, preparamos tacos al pastor con las sobras que tenía, riendo de anécdotas futboleras.

Esto no es solo un polvo, hay chispa real
, pensé mientras masticaba, su pie rozando el mío bajo la mesa.

Al amanecer, enredados en las sábanas, planeamos vernos en el próximo partido. Mi pasión fútbol ahora tenía un nuevo gol: él. Salí de ahí con piernas flojas, pero corazón latiendo fuerte, sabiendo que la cancha de la vida acababa de cambiar para siempre. El sol naciente pintaba la ciudad de oro, y yo, Ana, caminaba con una sonrisa secreta, oliendo aún a su esencia en mi piel.

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