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Caviezel La Pasion de Cristo Carnal

6690 palabras

Caviezel La Pasion de Cristo Carnal

Estás recostada en el sofá de tu departamento en la Condesa, con el aire acondicionado zumbando bajito y el olor a café recién hecho flotando en el aire. La pantalla del tele grande ilumina la penumbra, y ahí está él: Jim Caviezel en La Pasión de Cristo. Su rostro marcado por el sufrimiento, esos ojos profundos que parecen perforarte el alma, el cuerpo semidesnudo cubierto de sudor y sangre falsa. Neta, no sabes qué te pasa, pero cada latigazo en la película te hace apretar las piernas. Sientes un calor subiendo desde tu entrepierna, como si su pasión religiosa se convirtiera en algo sucio y delicioso.

Órale, ¿por qué este Cristo me pone tan caliente? Su barba, su pelo largo, esa forma en que su pecho sube y baja...
Te muerdes el labio, el pulso acelerado, y decides que no aguantas más. Apagas el tele, te pones un vestido negro ajustado que resalta tus curvas, y sales a la calle. La noche de la Ciudad de México te recibe con luces neón y el bullicio de autos pitando.

Entras al bar de la esquina, uno de esos chidos con música lounge y meseros guapos. Pides un margarita helado, el sabor ácido y salado explotando en tu lengua, mientras escaneas el lugar. Y entonces lo ves: un vato sentado en la barra, idéntico a Caviezel en la película. Pelo largo ondulado, barba espesa, ojos azules intensos bajo cejas marcadas. Lleva una camisa blanca abierta que deja ver su pecho moreno y musculoso. Es él, o su pinche clon perfecto. Tu corazón da un brinco, el deseo te moja las bragas. Te acercas, coqueteando con la mirada.

—Órale, carnal, ¿tú eres Caviezel o qué? Pareces sacado de La Pasión de Cristo, pero mucho más... apetitoso —le dices, con voz ronca, rozando su brazo con los dedos. La piel de él está cálida, firme, y huele a colonia amaderada mezclada con algo masculino, como sudor fresco.

Él se ríe, una carcajada grave que vibra en tu pecho. —Neta, me han dicho eso mil veces. Soy Javier, pero si quieres, soy tu Caviezel personal. ¿Y tú?

—Laura —respondes, sentándote a su lado, cruzando las piernas para que tu vestido suba un poquito. Charlan, el tequila fluye, y la tensión crece como una tormenta. Sus rodillas se tocan bajo la barra, chispas eléctricas suben por tus muslos.

Este pendejo me va a volver loca. Quiero lamerle el cuello, sentir su verga dura contra mí
. Javier te mira con hambre, sus dedos trazan círculos en tu mano. —¿Salimos de aquí? —pregunta, voz baja y urgente.

Acto dos: la escalada. Salen tomados de la mano, el aire nocturno fresco contra tu piel arrebolada. Caminan unas cuadras hasta un hotel boutique, el lobby perfumado a jazmín. En el elevador, no aguantan: él te acorrala contra la pared, sus labios devorando los tuyos. Sabe a tequila y menta, la barba raspando delicioso tu barbilla. Tus manos exploran su espalda ancha, músculos tensos bajo la camisa. Ding, se abren las puertas, y corren al cuarto.

La habitación es amplia, cama king con sábanas blancas crujientes, luces tenues que pintan sombras en su cuerpo. Se quitan la ropa despacio, como en un ritual. Primero tu vestido cae al piso con un susurro, revelando tu lencería roja. Él gime: —Mamacita, estás para chingarte toda la noche. Te desabrocha el bra, sus pulgares rozando tus pezones que se endurecen al instante, enviando ondas de placer a tu clítoris. El aire se llena del olor a tu excitación, almizclado y dulce.

Lo empujas a la cama, te subes encima, cabalgando sus caderas desnudas. Su verga está tiesa, gruesa, latiendo contra tu panocha húmeda. La frotas contra ella, lubricándote con tus jugos, el sonido chapoteante volviéndote loca.

¡Qué chingona verga! Como la de Caviezel en mis sueños, pero real, caliente, mía
. Él agarra tus chichis, amasándolas, pellizcando los pezones hasta que gritas de gusto. Bajas la cabeza, lames su pecho, saboreando la sal de su sudor, mordisqueando un pezón oscuro. Javier arquea la espalda, —¡Ay, Laura, no pares, cabrona!

La intensidad sube. Lo besas bajito, lengua trazando el camino hasta su ombligo, luego envuelves su verga con la boca. Caliente, venosa, el sabor salado pre-semen en tu lengua. Chupas despacio al principio, succionando la cabeza, luego más profundo, garganta relajada. Él enreda los dedos en tu pelo, gimiendo ronco, caderas empujando suave. —¡Qué mamada tan rica, pareces demonio disfrazado de ángel! —Tú lo miras, ojos lujuriosos, pensando en él como ese Cristo sufriente pero ahora gozando.

Lo sueltas, jadeante, y te posicionas. Te sientas en su cara, tu panocha chorreando sobre su boca. Él lame voraz, lengua plana lamiendo tu clítoris, metiendo dedos gruesos que curvan adentro tocando ese punto que te hace ver estrellas. El sonido es obsceno: lengüetazos húmedos, tus gemidos altos. Hueles su excitación, sientes su nariz contra tu pubis, barba raspando tus muslos internos.

Neta, este Caviezel me está comiendo viva. ¡Voy a venirme ya!
El orgasmo te sacude, piernas temblando, jugos inundando su cara mientras gritas su nombre —¡Javier! ¡Caviezel!

Acto tres: la liberación. Te deslizas abajo, guías su verga a tu entrada. Entras despacio, centímetro a centímetro, estirándote delicioso. ¡Qué lleno me siento! Empiezas a moverte, vaivén lento, sintiendo cada vena rozando tus paredes. Él empuja arriba, manos en tus caderas, piel sudada chocando con palmadas rítmicas. Aceleras, pechos rebotando, el cuarto lleno de jadeos, olor a sexo puro.

Cambian: él encima, misionero profundo, ojos clavados en los tuyos. —Eres mi pasión, Laura —murmura, como si fuera el Cristo de la película pero en versión carnal. Bombea fuerte, verga golpeando tu cervix, clítoris frotando su pubis. Otro orgasmo te aprieta alrededor de él, ordeñándolo. —¡Me vengo! —ruge Javier, sacando y eyaculando chorros calientes en tu vientre, semen espeso goteando.

Colapsan juntos, cuerpos entrelazados, piel pegajosa de sudor enfriándose. Su corazón late contra tu pecho, respiraciones calmándose. Lo besas suave, —Gracias, mi Caviezel de La Pasión de Cristo. Esto fue... redentor. Él sonríe, acariciando tu pelo.

Quién iba a decir que una película santa me traería este paraíso pecador. Mañana repetimos, neta
.

Duermes en sus brazos, el amanecer filtrándose por las cortinas, sabiendo que esta noche cambió todo. La pasión no solo duele, también goza como la chingada.

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