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Pasion de Gavilanes Capitulo 183 Fuego Prohibido

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Pasion de Gavilanes Capitulo 183 Fuego Prohibido

En la penumbra de la hacienda Los Gavilanes el aire olía a jazmín salvaje y tierra húmeda después de la lluvia. Gabriela se recargaba en el balcón de madera tallada mirando las estrellas que titilaban como ojos celosos. Hacía semanas que no veía a Diego su amor de toda la vida ese pendejo gallardo con ojos de fuego que la volvía loca. La tensión entre ellos era como un relámpago a punto de estallar desde que él regresó de su viaje por el norte trayendo consigo secretos y un deseo que ardía más que el sol de mediodía.

¿Por qué carajos me hace esperar tanto? Piensa Gabriela mientras se muerde el labio. Su piel morena brilla bajo la luna y siente un cosquilleo en el vientre solo de imaginar sus manos callosas recorriéndola.
De pronto el crujido de las botas en el empedrado la saca de su ensimismamiento. Diego aparece en el patio abajo su camisa blanca desabotonada dejando ver el pecho velludo y bronceado. ¡Ay wey! murmura ella para sí el corazón latiéndole como tambor de banda sinaloense.

—Gabriela mi reina —dice él con voz ronca subiendo las escaleras de dos en dos—. No aguanté más. Vine por ti.

Ella se gira despacio su vestido de algodón ligero pegándose a sus curvas por el rocío nocturno. Sus pechos suben y bajan con agitación y el olor a su perfume de vainilla mexicana lo envuelve como una red. Se miran intensos el silencio cargado de promesas rotas y pasiones contenidas. Esta era su Pasion de Gavilanes Capitulo 183 el momento donde todo volvía a encenderse como en aquellos días de juventud robados en los cafetales.

Acto uno apenas comenzaba. Diego la toma de la cintura atrayéndola contra su cuerpo duro. Siente el calor de su piel el latido acelerado de su corazón contra el suyo. Sus labios se rozan primero suaves como alas de mariposa luego hambrientos devorándose mutuamente. Gabriela saborea el tequila en su lengua un toque ahumado y dulce que la hace gemir bajito. Sus manos bajan por su espalda arañando levemente la tela hasta apretar sus nalgas redondas. Ella arquea la espalda presionando su sexo contra la erección que crece bajo los jeans ajustados de él.

—Te extrañé tanto carnal —susurra ella mordiéndole el lóbulo de la oreja—. No me dejes así otra vez.

Él ríe bajito un sonido gutural que vibra en su pecho. —Nunca más mi amor. Esta noche eres mía entera.

La lleva adentro a la recámara iluminada solo por velas de cera de abeja que parpadean lanzando sombras danzantes en las paredes de adobe. El colchón king size cubierto de sábanas de lino cruje cuando la tumba con cuidado pero firmeza. Gabriela se estira como gata en celo sus pezones endurecidos marcándose bajo el vestido. Diego se arrodilla a los pies de la cama besando sus tobillos subiendo lento por las pantorrillas muslos... El roce de su barba incipiente en la piel sensible la hace jadear. Huele a jabón de lavanda mezclado con su sudor masculino un aroma que la embriaga.

La tensión crece como tormenta en el horizonte. Gabriela quiere más ya pero él la tortura con besos leves lamidas que dejan rastros húmedos. Sus dedos juguetean con el borde del vestido subiéndolo despacio revelando las bragas de encaje negro empapadas. —Mira cómo estás mojada por mí —murmura él con voz cargada de triunfo lamiendo el interior de su muslo.

Ella tiembla las manos aferradas a las sábanas.

¡Chíngame ya Diego no seas mamón! grita su mente pero su cuerpo se rinde al placer lento.

En el acto dos la intensidad sube como el volumen de una cumbia rebajada. Diego arranca las bragas con los dientes el sonido rasposo acelerando su pulso. Su lengua encuentra el clítoris hinchado lamiéndolo en círculos lentos luego rápidos. Gabriela arquea las caderas gimiendo alto el sonido rebotando en las vigas de madera. Siente el calor húmedo de su boca el roce áspero de su lengua saboreando sus jugos salados y dulces. El mundo se reduce a esa sensación eléctrica que sube por su espina dorsal.

—Sí así mi rey... no pares —jadea ella enredando los dedos en su cabello negro revuelto.

Él obedece devorándola como hombre hambriento hasta que el primer orgasmo la sacude violento. Sus muslos tiemblan apretando su cabeza el grito ahogado saliendo de su garganta como un aullido de coyote en la noche. Diego se incorpora sonriente la boca brillante con sus esencias. Se quita la camisa los músculos del abdomen contrayéndose bajo la luz de las velas. Gabriela se lame los labios ansiosa por tocarlo.

Se pone de rodillas desabrochando sus jeans con dedos temblorosos. La verga sale dura venosa palpitante con una gota perlada en la punta. El olor almizclado de su excitación la invade puro macho mexicano. Ella la acaricia suave primero la lengua trazando venas luego engulléndola profunda. Diego gruñe las manos en su nuca guiándola sin forzar. Su sabor salado con un toque de pre-semen la hace chupar más fuerte la garganta relajándose para tomarlo todo.

—Eres una diosa Gabriela —gime él las caderas moviéndose al ritmo de su boca.

Pero no quiere terminar así. La levanta colocándola a cuatro patas en la cama el culo en pompa invitador. Entra lento primero la punta estirándola deliciosamente luego todo el tronco llenándola por completo. Gabriela siente cada centímetro la fricción ardiente el roce de sus bolas contra su clítoris. Empieza a bombear rítmico el sonido de piel contra piel mezclándose con sus jadeos y el chirrido de la cama. Sudor perla sus espaldas el olor a sexo crudo impregnando la habitación.

¡Más fuerte carnal dame todo! piensa ella empujando hacia atrás para encontrarlo.
Diego acelera embistiéndola como toro en celo una mano en su cadera la otra pellizcando sus pezones. El placer sube en oleadas internas luchas resueltas en gemidos compartidos. Cambian posiciones ella encima cabalgándolo salvaje los pechos rebotando sus uñas arañando su pecho. Él la mira embelesado perdido en sus ojos cafés ardientes.

El clímax se acerca como avalancha. Gabriela siente el orgasmo construyéndose profundo contrayendo su concha alrededor de su verga. —¡Me vengo Diego! —grita él la sigue gruñendo descargando chorros calientes dentro de ella el calor inundándola.

Colapsan juntos jadeantes sudorosos entrelazados. En el acto tres el afterglow los envuelve como manta suave. Diego la besa tierno la frente mejillas labios hinchados. —Te amo mi vida —susurra oliendo su cabello a jazmín y sexo.

Gabriela se acurruca en su pecho escuchando su corazón calmarse.

Esta es nuestra pasion eterna más allá de cualquier capitulo piensa sonriendo.
Fuera los grillos cantan la brisa trae aroma de tierra fértil. Duermen así unidos el alma y el cuerpo satisfechos el fuego prohibido convertido en llama eterna.

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