Cañaveral de Pasiones Capitulo 91
Ana María sentía el corazón latiéndole como tambor de banda en la noche del cañaveral. El aire estaba cargado del dulce aroma a caña recién cortada, mezclado con la tierra húmeda que se pegaba a sus sandalias. La luna llena pintaba de plata las altas varas que se mecían con el viento, susurrando secretos que solo los amantes entendían. Hacía semanas que no veía a Miguel, su prohibido amor, el capataz de la hacienda que la volvía loca con solo una mirada. La familia, con sus tradiciones rancheras y sus ojos vigilantes, los había separado, pero esta noche, cañaveral de pasiones capitulo 91 se escribiría con sus cuerpos entrelazados.
—Ven, mi reina, murmuró una voz ronca desde las sombras, y Ana se estremeció. Ahí estaba él, alto y moreno, con la camisa blanca abierta dejando ver el pecho velludo brillando de sudor. Miguel la tomó de la mano, su palma áspera por el trabajo en el campo rozando su piel suave como terciopelo. Caminaron entre las cañas, el crujido bajo sus pies ahogando el latido acelerado de su pulso.
¿Y si nos descubren? ¿Y si este fuego nos quema a los dos?
Pero el deseo era más fuerte que el miedo. Se detuvieron en un claro donde la luna besaba la hierba. Miguel la atrajo hacia sí, su aliento cálido oliendo a tequila y tabaco, y la besó con hambre de meses reprimidos. Sus labios se devoraron, lenguas danzando en un tango húmedo y salado. Ana saboreó el sabor de él, macho puro, mientras sus manos subían por su espalda, clavando uñas en la tela.
—Te extrañé tanto, nena, gruñó él contra su cuello, mordisqueando la piel sensible que la hizo gemir bajito. Sus dientes dejaron una marca roja, un trofeo de pasión. Ana arqueó el cuerpo, presionando sus pechos contra el torso duro de Miguel. Sentía sus pezones endureciéndose bajo la blusa de encaje, rozando el pecho de él como chispas.
El viento jugaba con su falda ligera, levantándola para revelar muslos bronceados. Miguel deslizó una mano por debajo, acariciando la carne tibia, subiendo hasta encontrar el calor húmedo entre sus piernas. —Estás chorreando por mí, mi vida, dijo con voz grave, y ella asintió, jadeando.
Se tumbaron sobre una manta que él había tendido, el suelo blando de hojas secas crujiendo bajo su peso. Ana lo desvistió con dedos temblorosos, admirando el cuerpo esculpido por el sol y el esfuerzo: abdominales marcados, verga ya tiesa asomando por el pantalón, gruesa y venosa, palpitando de necesidad. Qué chula está mi Ana, pensó Miguel, mientras le quitaba la blusa, liberando senos plenos que rebotaron libres, coronados por pezones oscuros como chocolate.
Él chupó uno, succionando con fuerza, la lengua girando en círculos que enviaban descargas eléctricas directo a su centro. Ana gimió alto, el sonido perdido en el susurro del cañaveral. Olía a su excitación, ese almizcle femenino mezclado con el dulzor de la caña. Sus manos bajaron al cierre de su pantalón, liberando la polla dura que saltó ansiosa. La tomó en la mano, sintiendo el calor pulsante, la piel suave sobre el acero.
—Chúpamela, guapa, suplicó él, y ella obedeció, arrodillándose. Abrió la boca, lamiendo la punta salada de precum, saboreando el gusto amargo y adictivo. Lo engulló centímetro a centímetro, la garganta relajándose para tomarlo todo, mientras él gemía órale, qué rico, enredando dedos en su cabello negro. El sonido de succión húmeda llenaba la noche, junto con los jadeos roncos.
Ana se excitaba más viéndolo retorcerse, su concha palpitando vacía. Se levantó, quitándose la tanga empapada, y se sentó a horcajadas sobre él. La punta rozó su entrada resbaladiza, y descendió despacio, centímetro a centímetro, sintiendo cómo la estiraba, la llenaba hasta el fondo. —¡Ay, Miguel, qué grande estás!, exclamó ella, comenzando a moverse, subiendo y bajando en un ritmo que hacía chapotear sus jugos.
Él agarró sus caderas, guiándola, embistiendo desde abajo con fuerza controlada. El choque de piel contra piel resonaba como palmadas en una fiesta. Sudor corría por sus cuerpos, goteando entre senos y abdomen, lubricando el frenesi. Ana clavó uñas en su pecho, dejando surcos rojos, mientras el placer subía en espiral.
No pares, carnal, fóllame más duro, que me vengo ya
Miguel la volteó, poniéndola a cuatro patas entre las cañas. El aire fresco besaba su culo expuesto mientras él entraba de nuevo, profundo y salvaje. Sus bolas golpeaban el clítoris hinchado, enviando ondas de éxtasis. Olía a sexo puro, a tierra removida, a pasión desatada. Él metió una mano adelante, frotando el botón sensible en círculos rápidos.
—Vente conmigo, mi amor, ordenó, y ella explotó primero, el orgasmo rasgándola como un rayo, paredes contraídas ordeñando su verga. Gritos ahogados escaparon de su garganta, el cuerpo temblando incontrolable. Miguel la siguió segundos después, gruñendo como toro, llenándola de leche caliente que desbordó por sus muslos.
Colapsaron juntos, jadeantes, cuerpos pegajosos de sudor y fluidos. El cañaveral los arrullaba con su susurro eterno, la luna testigo de su unión. Miguel la besó suave en la frente, acariciando su cabello revuelto.
—Esto es nuestro cañaveral de pasiones, susurró, y ella sonrió, sabiendo que capítulo 91 solo era el comienzo de más noches así.
Se quedaron así un rato, recuperando el aliento, con el corazón latiendo al unísono. Ana sentía una paz profunda, como si el mundo entero se redujera a ese claro encantado. El aroma de sus cuerpos mezclados persistía, un perfume íntimo que la hacía suspirar. Miguel trazaba círculos perezosos en su vientre, bajando ocasionalmente a rozar los labios hinchados de su sexo, provocándole temblores residuales.
—Neta que eres lo mejor que me ha pasado, wey, dijo él con ternura juguetona, y ella rio bajito, dándole un codazo suave.
—No me digas wey, pendejo, soy tu reina, replicó ella, pero su voz era puro cariño. Se besaron lento, saboreando el afterglow, lenguas perezosas explorando bocas conocidas.
Al fin se vistieron, con manos que aún temblaban de placer. Caminaron de regreso, tomados de la mano, el cañaveral despidiéndolos con un último susurro. Ana sabía que el deseo renacería pronto, como la caña después de la lluvia. En su mente, este encuentro era eterno, un capítulo grabado en la piel.
De vuelta en la hacienda, bajo las estrellas, se despidieron con una promesa muda. Mañana sería otro día de trabajos y miradas robadas, pero la noche les pertenecía. Cañaveral de pasiones, capítulo 91: pasión consumada, amor eterno.