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Pasión de los Fuertes 1946

6157 palabras

Pasión de los Fuertes 1946

En el año 1946, cuando el sol del norte mexicano quemaba la tierra como un beso ardiente, llegué a la hacienda Los Fuertes. Yo, María López, una chilanga harta de la ciudad y sus prisas, había aceptado el puesto de cocinera en ese rincón olvidado del desierto. El aire olía a mezquite seco y a tierra roja, y el viento traía ecos de relinchos lejanos. La hacienda era imponente, con sus muros de adobe grueso y un portón de hierro que parecía desafiar al mundo. Pasión de los fuertes, decían los rumores en el pueblo, una historia de amores salvajes que se contaban al calor de las fogatas. Yo no creía en cuentos, pero algo en mi pecho latía con fuerza al cruzar esa puerta.

El patrón, Javier Ramos, me recibió en el patio principal. Alto como un mezquite, con hombros anchos que tensaban su camisa de manta blanca, y una mirada negra que perforaba el alma. Su piel bronceada brillaba bajo el sol, y olía a cuero de silla y sudor fresco de caballo. “Bienvenida, María”, dijo con voz grave, como un trueno lejano. “Aquí se trabaja duro, pero se vive con el corazón abierto”. Le sonreí, sintiendo un cosquilleo en el vientre. Órale, qué hombre, pensé, mientras sus ojos recorrían mi figura envuelta en el vestido floreado que se pegaba a mis curvas por el calor.

Los primeros días fueron de rutina: amasar tortillas en la cocina de leña, donde el humo picaba los ojos y el aroma del chile guisado llenaba el aire; servir a los peones que bromeaban con picardía, llamándome “la reina de la cocina”. Pero Javier aparecía siempre al atardecer, con su sombrero ladeado y una sonrisa que me derretía. Conversábamos de todo: de la guerra que acababa de terminar, de los sueños rotos en la ciudad, de cómo la tierra te ata al alma. Una noche, mientras pelaba nopales, su mano rozó la mía al pasar el cuchillo. El toque fue eléctrico, como un rayo en la piel. “Perdón, María”, murmuró, pero sus ojos decían lo contrario. Mi pulso se aceleró, y el olor de su loción rústica, mezcla de tabaco y tierra, me envolvió.

¿Qué me pasa con este hombre? Me tiene como tonta, neta.

La tensión creció como la tormenta en el horizonte. Una tarde de lluvia torrencial, el cielo se abrió y el agua azotó la hacienda como un amante impaciente. Yo corría a guarecerme cuando resbalé en el lodo. Javier me levantó en brazos, su pecho duro contra mis senos, el agua empapándonos a los dos. Mi vestido se volvió transparente, pegándose a mis pezones endurecidos por el frío y la excitación. “Estás temblando”, dijo, su aliento caliente en mi oreja. Lo miré, con el corazón galopando. “No es por el frío, patrón”. Me llevó a su cuarto, una habitación amplia con cama de madera tallada y velas que parpadeaban sombras danzantes.

Allí, entre besos que sabían a tequila y lluvia, se desató lo inevitable. Sus labios carnosos devoraron los míos, su lengua explorando con hambre contenida. “Te deseo desde el primer día, María”, gruñó, mientras sus manos grandes recorrían mi espalda, desatando el vestido. Caí desnuda ante él, mi piel erizada por el aire fresco y su mirada devoradora. Él se quitó la camisa, revelando un torso musculoso marcado por cicatrices de vaquero, vello oscuro que bajaba hasta su pantalón abultado. Olía a hombre puro, a sudor limpio y deseo crudo. ¡Ay, Dios, qué chulo está este pendejo!, pensé, mientras mis dedos trazaban sus abdominales duros como piedra.

Me tendió en la cama, las sábanas ásperas rozando mi piel sensible. Sus besos bajaron por mi cuello, lamiendo gotas de lluvia, hasta mis pechos. Chupó un pezón con delicadeza al principio, luego con fuerza, haciendo que gemiera alto. “¡Javier, sí!”. El sonido de la lluvia afuera se mezclaba con nuestros jadeos, el trueno retumbando como mi pulso. Sus dedos, callosos por el lazo, se deslizaron entre mis muslos, encontrándome húmeda y lista. “Estás empapada, mi reina”, susurró, frotando mi clítoris en círculos lentos que me volvían loca. Arqueé la espalda, el placer subiendo como fuego líquido. Introdujo un dedo, luego dos, moviéndolos con ritmo experto, mientras su boca seguía en mis senos. Olía a mi propia excitación, almizclada y dulce, mezclada con su aroma masculino.

Pero quería más. Lo empujé hacia atrás, desabrochando su pantalón con manos temblorosas. Su verga saltó libre, gruesa y venosa, palpitante de necesidad. La tomé en mi mano, sintiendo su calor y dureza, el pulso acelerado bajo mi palma. “Déjame saborearte, cabrón”, dije juguetona, lamiendo la punta salada. Él gimió, enredando sus dedos en mi cabello. La chupé despacio, saboreando su esencia, hasta que no aguantó más. “Ven aquí, María”. Me montó encima, guiando su miembro a mi entrada. Entró lento, llenándome por completo, estirándome deliciosamente. ¡Qué rico! Nuestros cuerpos se unieron en un vaivén frenético, piel contra piel chapoteando sudor, sus caderas golpeando las mías con fuerza controlada.

El clímax se acercaba como un galope de caballos salvajes. Cambiamos posiciones: él detrás, embistiéndome profundo mientras sus manos amasaban mis nalgas, un dedo rozando mi ano en un toque prohibido pero excitante. “¡Más fuerte, Javier! ¡Dame todo!”. Grité cuando el orgasmo me atravesó, olas de placer convulsionando mi cuerpo, mis paredes apretándolo. Él rugió, derramándose dentro de mí con chorros calientes, su semilla marcándome como suya. Colapsamos jadeantes, el olor a sexo impregnando el aire, nuestros cuerpos pegajosos y satisfechos.

Después, en la quietud post-tormenta, yacimos abrazados. Su cabeza en mi pecho, escuchando mi corazón calmarse. “Esto es pasión de los fuertes, María. Aquí en 1946, en esta tierra que no perdona debilidades”. Le acaricié el cabello revuelto, sintiendo una paz profunda.

Quién iba a decir que huir de la ciudad me traería esto. Neta, me quedo para siempre con este hombre.
La hacienda Los Fuertes ya no era solo un refugio; era nuestro nido de fuego eterno. El sol del nuevo día entraba por la ventana, prometiendo más noches de entrega total.

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