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Pasión por la Radio

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Pasión por la Radio

La noche en el DF siempre ha sido mi refugio, ese momento en que el ruido de la ciudad se apaga y solo queda el zumbido de mi radio vieja en la mesita de noche. Me llamo Ana, tengo treinta y dos años, trabajo en una oficina del centro como güey común y corriente, pero cuando cae la luna, me transformo. Todo empezó hace meses con La Voz Ardiente, un programa nocturno en una estación pirata que sintonizo religiosamente a las once. El locutor, Marco el Lobo, tiene una voz que me eriza la piel, grave y ronca como si me estuviera susurrando al oído secretos sucios. Pasión por la radio, así le digo yo a mi vicio, porque cada palabra que sale de esos altavoces me moja las bragas sin remedio.

Esta noche no es diferente. Me recuesto en la cama con mi camisón de algodón barato, el ventilador zumbando perezoso contra el bochorno veraniego. Enciendo la radio y ahí está él, saludando con ese timbre que vibra directo en mi clítoris. "Buenas noches, chilangas calientes, ¿quién se anima a confesar sus pecados esta noche?" Su risa retumba en la habitación, y yo ya siento el calor subiendo por mis muslos. Cierro los ojos, imaginándolo: alto, moreno, con barba de tres días y manos grandes que saben dónde tocar. Mi mano baja sola, rozando el encaje de mi panty, mientras él lee confesiones de otras: una tipa que se masturba en el camión, otra que folla con el repartidor. Neta, me prende tanto que me retuerzo, el olor a mi propia excitación llenando el aire húmedo.

¿Y si llamo? ¿Y si le digo lo que me hace su voz? No seas pendeja, Ana, solo es un locutor... pero carajo, ¿y si no?

El dedo tiembla sobre el teléfono. Marco invita: "Llama al 55-XXXX, no seas tímida, mija." Marco al cien, pienso, y marco. Suena el tono, mi corazón late como tambor de cumbia. "¡Al aire con la voz más sexy de la noche!" dice él cuando contesto. Tartamudeo mi nombre, y él suelta una carcajada que me hace apretar las piernas. "Ana, cuéntame, ¿qué te prende de mi voz?" Le confieso todo: cómo me imagino chupándosela mientras habla, cómo me corro pensando en él. La línea crepita de electricidad, y él gime bajito, "Neta, mami, me la pusiste dura aquí en el estudio." Terminamos la llamada con promesas: me da su pinche número personal, quedamos en vernos en el bar La Perla del centro mañana.

Al día siguiente, el sol quema las banquetas de Insurgentes, pero yo voy vestida para matar: falda ajustada que marca mi culo redondo, blusa escotada que deja ver el encaje negro de mi bra. Llego sudada, el olor a tacos de la calle mezclándose con mi perfume dulzón. Él está en una mesa del fondo, tal como lo soñé: ojos cafés intensos, playera negra pegada al pecho musculoso por el calor. "La voz que te vuelve loca", dice extendiendo la mano, y su piel áspera contra la mía es como un chispazo. Pedimos chelas frías, charlamos de la radio, de cómo él ama esa pasión por la radio que nos conecta a extraños en la noche. Su rodilla roza la mía bajo la mesa, deliberada, y siento el pulso acelerado en mi garganta.

La plática fluye como tequila: me cuenta de su vida nómada entre estaciones, yo de mis días grises fantaseando con él. "Eres más chingona en persona", murmura, y su aliento huele a cerveza y menta. La tensión crece, mis pezones duros contra la tela, su mirada devorándome. "Vámonos de aquí", propone, y yo asiento, empapada ya. Caminamos a su depa en la Roma, el tráfico rugiendo alrededor, pero solo oigo nuestros pasos sincronizados y mi respiración agitada. En el elevador, no aguanto: lo beso con hambre, su lengua invadiendo mi boca como su voz en mi mente, sabor salado y dulce.

Adentro, el lugar huele a incienso y hombre soltero: posters de rock en español, la radio prendida bajito con su propio programa grabado. Me empuja contra la pared, manos grandes amasando mis tetas, "Estas curvas me matan, Ana". Gimo, mordiendo su cuello que sabe a sudor fresco. Se arrodilla, sube mi falda, besa mis muslos internos oliendo mi deseo. "Qué rica hueles, como a miel caliente", gruñe, y lame mi concha a través del panty empapado. El roce de su barba en mi piel sensible me hace jadear, piernas temblando.

Esto es real, no un sueño radiofónico. Su lengua va a volverme loca.

Lo arrastro a la cama, desabrochando su jeans. Su verga salta libre, gruesa y venosa, palpitando. La tomo en la mano, piel aterciopelada caliente, y la chupo despacio, saboreando el precum salado. Él gime mi nombre, "¡Ana, cabrona, qué buena boca!", enredando dedos en mi pelo. Me monta encima, guiándome para frotarme contra él, clítoris rozando su tronco duro. El sudor nos une, resbaloso, cuerpos chocando con sonidos húmedos. "Métemela ya", suplico, y él obedece, empujando lento al principio, estirándome delicioso. Siento cada vena, cada pulgada llenándome, mi interior apretándolo como guante.

El ritmo acelera, caderas embistiendo, cama crujiendo bajo nosotros. Su olor almizclado me envuelve, pechos rebotando con cada golpe. Me voltea a cuatro patas, azotando mi culo suave, "Qué nalgas tan ricas", y penetra profundo, tocando ese punto que me hace ver estrellas. Grito, "¡Más fuerte, wey, chíngame!", y él obedece, una mano en mi clítoris frotando círculos rápidos. El placer sube en olas, tensión en mi vientre, hasta que exploto: orgasmo brutal, contrayéndome alrededor de su verga, jugos chorreando por mis muslos. Él ruge, corriéndose dentro, chorros calientes inundándome, cuerpos colapsando en un enredo sudoroso.

Después, yacemos jadeando, radio de fondo susurrando confesiones ajenas. Su brazo alrededor de mi cintura, piel pegajosa, olor a sexo impregnando las sábanas. "Tu pasión por la radio nos trajo aquí", murmura besando mi hombro. Sonrío, satisfecha, el corazón calmándose. No es solo un polvo; es conexión, esa chispa que su voz encendió y ahora arde en carne viva. Mañana volveré a sintonizar, pero ahora sé que detrás hay un hombre real, y esta pasión por la radio se volvió algo tangible, adictivo. Me duermo con su respiración rítmica, sabiendo que las noches en el DF nunca serán iguales.

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