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La Pasión Por Lo Que Haces Te Hará Entender

6278 palabras

La Pasión Por Lo Que Haces Te Hará Entender

Desde chiquita, mi abuelo me repetía esa frase como un mantra: la pasión por lo que haces te hará entender. Yo la tomaba como un consejo para mi vida en el taller de chocolate artesanal que heredé aquí en Oaxaca, donde el aire siempre huele a cacao tostado, vainilla y un toque picante de chile. Neta, no hay nada que me prenda más que moler los nibs hasta que sueltan ese aceite espeso, brillante, que se pega a los dedos como una promesa de placer. Cada pieza que moldeo es un pedacito de mí, suave y fundente, lista para explotar en la boca de quien la pruebe.

Era un viernes de calor agobiante, de esos que te hacen sudar la gota gorda aunque estés quieta. El taller estaba vacío, solo el zumbido del molino y el vapor subiendo del metate caliente. Yo traía mi huipil ligero pegado al cuerpo por el sudor, el pelo recogido en una coleta desordenada, y las manos manchadas de chocolate negro puro. Ahí entró él, Javier, un wey alto, moreno, con brazos fuertes de quien trabaja con las manos, ojos cafés que te miraban como si ya te conocieran a fondo. Vestía una camisa de lino remangada, jeans ajustados que marcaban lo chingón que estaba abajo.

—Órale, qué olor tan padre —dijo con voz grave, ronca, como si el cacao ya lo hubiera seducido.

Le sonreí, limpiándome las manos en el mandil, aunque sabía que no se irían las manchas. ¿Y este pendejo qué pedo?, pensé. Lindo, pero aquí vengo a trabajar, no a ligar. Pero algo en su mirada me hizo erizar la piel. Le ofrecí una tableta recién templada, esa que brilla como piel aceitada bajo el sol.

—Prueba esta, carnal. Es mi especialidad, con un toque de canela y flor de cacao. La pasión que le echo se siente en cada mordida.

Él la tomó, sus dedos rozaron los míos, ásperos pero cálidos, y sentí un chispazo directo al ombligo. Se la llevó a la boca despacio, mordiendo con los ojos cerrados, gimiendo bajito.

¡Ay, wey, ese gemido me mojó en dos segundos!
El chocolate se derritió en su lengua, y yo juraba que podía oler su deseo mezclándose con el mío, dulce y terroso.

Empezamos a platicar. Resulta que Javier era carpintero, tallaba muebles de madera olorosa en un taller cerca. Hablaba de su pasión por la madera como yo de mi chocolate: cómo la lijaba hasta que quedaba suave, cómo el calor del torno la hacía ceder. La pasión por lo que haces te hará entender, se me vino la frase a la mente mientras lo veía gesticular, sus músculos flexionándose. Nos sentamos en las banquetas del taller, compartiendo historias, y el sol bajaba tiñendo todo de naranja, como si el mundo nos diera privacidad.

El deseo creció lento, como el chocolate que se funde a fuego bajo. Le mostré cómo moler, puse sus manos sobre las mías en el metate. La piedra caliente, el cacao crujiendo, nuestros cuerpos pegándose por el calor. Su pecho contra mi espalda, su aliento en mi cuello oliendo a menta y hombre. ¿Qué chingados estoy haciendo? Pero se siente tan bien... Sentí su verga endureciéndose contra mis nalgas, dura como la madera que tallaba, y yo arqueé la espalda sin pensarlo, restregándome sutil.

—Ana, neta, tu pasión es contagiosa —murmuró, su voz temblando.

Me volteé, nuestros labios a un suspiro. Lo besé primero, suave, probando el chocolate en su boca, esa dulzura pegajosa que nos unía. Sus manos bajaron a mi cintura, apretando, y yo le quité la camisa de un jalón, oliendo su sudor salado mezclado con el taller. Lo empujé contra la mesa de trabajo, donde las barras de chocolate esperaban, y le desabroché los jeans. Su verga saltó libre, gruesa, venosa, con una gota de precum brillando como mi chocolate glaseado.

El taller se llenó de nuestros jadeos, el molino zumbando de fondo como un corazón acelerado. Le unté chocolate derretido en el pecho, lamiéndolo despacio, saboreando la sal de su piel con el amargor del cacao. Él gimió fuerte, "¡Cabróna, qué rico!", y me levantó sobre la mesa, quitándome el huipil. Mis tetas quedaron al aire, pezones duros como piedras de metate, y él los chupó con hambre, mordisqueando hasta que grité de placer.

Su lengua es un pinche molino, moliendo mi deseo hasta el fondo.
Bajó más, besando mi vientre, oliendo mi excitación que ya empapaba mis calzones. Me los arrancó con los dientes, y sentí el aire fresco en mi concha mojada, palpitante. Javier se arrodilló, lamiéndome el clítoris con la punta de la lengua, sorbiendo mis jugos como si fueran el néctar del cacao. Yo me retorcía, agarrando su pelo, el olor a sexo y chocolate invadiendo todo. ¡Ya me vengo, wey, no pares!

Pero no lo dejé acabar ahí. Lo jalé arriba, montándolo en la banqueta. Su verga entró en mí de un solo empujón, llenándome hasta el tope, estirándome delicioso. Cabalgaba duro, mis caderas chocando contra las suyas, piel contra piel chapoteando con sudor y chocolate. Él me amasaba las nalgas, metiendo un dedo en mi ano para más placer, y yo gritaba "¡Sí, así, cabrón!". El ritmo subió, mis paredes apretándolo, su verga hinchándose dentro. Oí sus bolas golpeando mi culo, sentí el calor subiendo por mi espina.

El clímax nos pegó como un volcán de chocolate hirviendo. Yo me vine primero, convulsionando, chorros calientes bajando por su verga, gritando su nombre. Él me siguió, llenándome de semen espeso, caliente, mezclándose con mi crema. Nos quedamos pegados, jadeando, el taller oliendo a nosotros, a pasión cruda y dulce.

Después, recostados en el suelo fresco, con restos de chocolate secándose en nuestra piel, Javier me acarició el pelo. La pasión por lo que haces te hará entender, pensé, y ahora lo veía claro. No solo era el chocolate o la madera; era esto, entregarse al fuego que te quema por dentro, entender el alma del otro en el roce, en el gemido compartido. Él me besó la frente, suave.

—Neta, Ana, esto fue chingón. Tu abuelo tenía razón.

Reí bajito, saboreando el afterglow en mi boca aún dulce. Afuera, Oaxaca despertaba con sus luces tenues, pero adentro, el mundo era nuestro, fundido en placer eterno.

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