Abismo de Pasión Capítulo 81
Ángela caminaba por las calles empedradas de San Miguel de Allende, el sol del atardecer tiñendo todo de un naranja ardiente que hacía que su piel morena brillara como miel fresca. Llevaba un vestido rojo ceñido que acentuaba sus curvas generosas, el escote profundo invitando miradas que ella ignoraba con una sonrisa pícara. Hacía meses que no sentía esa electricidad en el aire, pero esta noche, en el festival de arte, todo parecía conspirar para encenderla. ¿Será que el tequila de anoche todavía me tiene loca? pensó, mientras el aroma a jacarandas flotaba pesado, mezclándose con el humo de los puestos de elotes asados.
Ahí estaba él, Marco, recostado contra una fuente colonial, con su camisa blanca desabotonada lo justo para mostrar el vello oscuro de su pecho. Alto, fornido, con esa barba de tres días que Ángela recordaba raspando deliciosamente su cuello. Se conocieron hace años en una boda en Guadalajara, una noche de baile y besos robados que terminó en un hotel con sábanas revueltas. Ahora, viudo recientemente, sus ojos cafés la devoraban desde lejos. Él sabe lo que provoca en mí, se dijo ella, sintiendo un cosquilleo entre las piernas que la hizo apretar los muslos.
"Ángela, güey, ¿neta eres tú? ¡Qué chingona te ves!" exclamó Marco acercándose, su voz grave como un ronroneo. La abrazó fuerte, su cuerpo duro presionando contra el de ella, el olor a su loción de sándalo invadiendo sus sentidos. Ella rio, juguetona, empujándolo leve.
Este pendejo siempre me ha puesto como moto, con esa sonrisa de diablo. ¿Debo resistirme o caer de una vez?
"No seas mamón, Marco. ¿Qué haces aquí solo?" respondió ella, su acento regio puro, con ese chilango juguetón que lo volvía loco. Charlaron de la vida, de sus trabajos —ella diseñadora gráfica en la CDMX, él galerista itinerante—, pero la tensión crecía con cada roce accidental: su mano en su cintura al esquivar a la gente, el calor de su aliento en su oreja al susurrar chistes subidos de tono. El sonido de guitarras mariachis lejanas pulsaba como un corazón acelerado, sincronizándose con el de Ángela.
La noche avanzaba, y terminaron en un bar escondido, con velas titilando y mezcales ahumados que quemaban la garganta como promesas. "Recuerdas aquella vez en la playa de Puerto Vallarta?" murmuró él, su dedo trazando la vena de su muñeca. Ella asintió, el recuerdo inundándola: la arena tibia bajo sus cuerpos desnudos, el salitre en su piel, sus gemidos ahogados por las olas. Quiero eso ahora, pero más intenso, como caer en un abismo de pasión capítulo 81 de nuestras vidas, pensó, mientras su mano subía por su muslo bajo la mesa, enviando chispas por su espina.
"Vamos a mi casa, está cerca", propuso Marco, su voz ronca de deseo. Ángela no dudó; el pulso entre sus piernas latía fuerte, húmedo, ansioso. Caminaron en silencio, el aire fresco de la noche erizándole la piel, anticipando el calor que vendría. Su penthouse era un oasis moderno en medio del colonialismo: ventanales con vista a las luces de la ciudad, cama king size con sábanas de algodón egipcio, y un balcón con jacuzzi burbujeante.
En cuanto cerraron la puerta, Marco la arrinconó contra la pared, sus labios capturando los de ella en un beso feroz. Saboreó su boca, tequila y menta, mientras sus lenguas danzaban salvajes. Ángela gimió bajito, "órale, qué rico besas, cabrón", sus uñas clavándose en su espalda. Él bajó las manos a sus nalgas, amasándolas con fuerza, levantándola para que sus piernas envolvieran su cintura. El roce de su verga dura contra su centro la hizo jadear; ya estaba empapada, el calor líquido goteando por sus muslos.
Esto es puro fuego, no puedo parar. Su olor, su fuerza, me derrite como mantequilla en comal.
Marco la llevó a la cama, depositándola con cuidado pero urgencia. Le quitó el vestido de un tirón, exponiendo sus senos plenos, pezones oscuros endurecidos como chocolate. "Qué tetas tan chingonas, Ángela", gruñó, lamiendo uno con devoción, succionando hasta que ella arqueó la espalda, el placer como rayos eléctricos bajando directo a su clítoris. Sus manos exploraban: dedos ásperos por el trabajo manual rozando su piel suave, bajando por su vientre plano hasta la tanga empapada. La frotó despacio, círculos lentos que la volvieron loca.
"¡No pares, pendejo!" suplicó ella, tirando de su camisa. Él se desnudó rápido, su cuerpo atlético reluciendo bajo la luz tenue: pectorales firmes, abdomen marcado, y esa verga gruesa, venosa, apuntando erguida hacia ella. Ángela la tomó en mano, sintiendo su pulso caliente, el terciopelo sobre acero. La masturbó lento, viendo cómo él cerraba los ojos, gimiendo "mamacita, qué mano tienes". El olor a sexo empezaba a llenar la habitación, almizcle salado mezclado con sudor fresco.
Se posicionaron en 69, instinto puro. Ángela sobre él, su coño depilado rozando su boca mientras ella engullía su miembro. Él lamía voraz, lengua plana lamiendo desde el ano hasta el clítoris, chupando sus labios hinchados, metiendo dos dedos gruesos que curvaba justo en su punto G. "¡Ay, Dios, qué chido!" gritó ella, el sonido de succiones húmedas y jadeos llenando el aire. Saboreaba su precum salado, mientras él bebía sus jugos como néctar, el zumbido de placer creciendo en espiral.
La tensión escalaba; Ángela sentía el orgasmo aproximándose como una ola gigante. Es más profundo que nunca, un abismo de pasión capítulo 81 donde me pierdo, pensó en medio del éxtasis. Marco la volteó, colocándola a cuatro patas, su glande presionando su entrada resbaladiza. "¿Quieres que te coja duro?" preguntó, voz temblorosa. "¡Sí, métemela toda, güey!" rogó ella.
Entró de un embiste, llenándola por completo, estirándola deliciosamente. El sonido de carne contra carne, plaf plaf, resonaba obsceno. Él la cogía con ritmo brutal pero cariñoso, una mano en su clítoris frotando, la otra jalando su cabello. Ángela empujaba hacia atrás, sus senos balanceándose, pezones rozando las sábanas ásperas. Sudor goteaba, mezclándose, el aroma intensificándose. "¡Me vengo, cabrón!" chilló ella, el orgasmo explotando en contracciones violentas, chorros calientes empapando sus bolas.
Marco no paró, prolongando su placer con estocadas profundas hasta que gruñó "¡Me corro!", llenándola de semen caliente, pulsos interminables. Colapsaron juntos, cuerpos entrelazados, respiraciones jadeantes calmándose poco a poco. Él la besó la nuca, suave, mientras ella sentía su semilla goteando fuera, cálida y pegajosa.
Esto fue el clímax perfecto, el fondo del abismo donde todo brilla. ¿Capítulo 81? Que vengan más.
Se quedaron así, en afterglow, charlando perezosos sobre futuros viajes a la Riviera Maya, promesas de más noches así. Ángela se sentía empoderada, saciada, el cuerpo zumbando de satisfacción. El balcón los llamaba; salieron desnudos, al jacuzzi, burbujas masajeando sus músculos cansados. Bajo las estrellas, con el eco distante de la fiesta, supieron que este abismo de pasión era solo el principio de algo eterno.