Pasion Por Su Presencia
La vi entrar al bar esa noche en el corazón de Polanco, con ese vestido rojo que se pegaba a su piel como una segunda capa de deseo. El aire del lugar estaba cargado de humo de cigarros finos y el eco de risas coquetas, mezclado con el ritmo suave de un bolero que salía de los altavoces. Yo estaba sentado en la barra, con un tequila reposado en la mano, sintiendo el calor del líquido bajando por mi garganta cuando ella cruzó la puerta. Su presencia era como un imán, wey, algo que te jala sin remedio. Pelo negro suelto cayéndole por los hombros, ojos cafés que brillaban bajo las luces tenues, y una sonrisa que prometía pecados deliciosos.
Me quedé mirándola, hipnotizado. No era solo su chulo cuerpo curvilíneo, con esas caderas que se movían al ritmo de la música invisible que parecía llevar consigo. Era su presencia, esa aura que llenaba el espacio a su alrededor, haciendo que el mundo se detuviera un segundo para ella. Sentí un cosquilleo en la nuca, el pulso acelerándose como si ya supiera que esa noche iba a ser diferente. "¿Qué pedo, carnal?", me dije a mí mismo, pero no pude apartar la vista.
Qué pasion por su presencia, pensé. Como si el mero hecho de que existiera me encendiera por dentro.
Se acercó a la barra, pidiendo un margarita con sal en el borde. Su voz era ronca, con ese acento chilango puro que me erizaba la piel. "Buenas noches", le dije, girándome con mi mejor sonrisa. "Soy Alex". Ella volteó, y sus ojos se clavaron en los míos. "Luisa", respondió, lamiendo una gota de sal de su labio inferior. Ese gesto simple me revolvió las tripas. Platicamos de todo y nada: del pinche tráfico de Reforma, de lo chido que estaba el ambiente, de cómo odiábamos los lunes. Pero debajo de las palabras, había una corriente eléctrica, un roce de rodillas bajo la barra que no era casual.
La música cambió a algo más sensual, un son jarocho con guitarra que invitaba a mover el cuerpo. "¿Bailamos?", le propuse, extendiendo la mano. Ella la tomó, y el contacto de su palma cálida contra la mía fue como una chispa. En la pista improvisada, sus caderas rozaban las mías al compás, su aliento fresco con toques de limón y tequila rozándome el cuello. Olía a vainilla y a algo más profundo, como jazmín en la noche. Sentía su calor a través del vestido delgado, sus pechos presionando contra mi pecho con cada giro. Mi verga ya empezaba a despertar, latiendo con fuerza contra el pantalón.
Volvimos a la barra, pero la tensión ya era palpable. Nuestras miradas se cruzaban cargadas de promesas. "Vámonos de aquí", murmuró ella, su mano deslizándose por mi muslo bajo la barra. No lo pensé dos veces. Pagamos y salimos al aire fresco de la noche, el bullicio de la ciudad envolviéndonos como un abrazo. Tomamos un taxi hasta su depa en la Condesa, un lugar chido con balcón y vistas a los árboles. En el camino, sus dedos jugaban con los míos, y yo no podía dejar de oler su perfume, que se mezclaba con el mío en el espacio cerrado del auto.
Adentro, la puerta apenas se cerró cuando sus labios encontraron los míos. Fue un beso hambriento, con lenguas que se enredaban como serpientes en celo. Sus manos tiraban de mi camisa, desabrochándola con prisa, mientras yo bajaba la cremallera de su vestido. "Te deseo tanto", jadeó contra mi boca, su voz temblorosa de excitación. La piel de su espalda era suave como seda bajo mis palmas, cálida y ligeramente húmeda de sudor. La llevé al sillón, besando su cuello, saboreando la sal de su piel, ese sabor salado que me volvía loco.
Me arrodillé frente a ella, separando sus muslos con delicadeza. Sus bragas de encaje negro ya estaban empapadas, y el aroma de su excitación me golpeó como una ola: almizclado, dulce, irresistible. "Sí, Alex, ahí", gimió cuando mi lengua rozó su clítoris a través de la tela. Las quité despacio, admirando su concha rosada y brillante. Lamí con hambre, sintiendo sus jugos calientes en mi boca, su sabor ácido y adictivo como un tequila añejo. Sus manos enredadas en mi pelo, jalándome más cerca, sus caderas ondulando contra mi cara. Escuchaba sus gemidos, roncos y profundos, mezclados con el latido de mi corazón en los oídos.
Esta pasion por su presencia me consume, pensé mientras la chupaba, sintiendo cómo su cuerpo temblaba.
La levanté en brazos, llevándola a la cama king size con sábanas de algodón egipcio que olían a lavanda fresca. Nos desvestimos mutuamente, piel contra piel por fin. Sus tetas firmes y redondas en mis manos, pezones duros como piedras preciosas que chupé hasta hacerla arquear la espalda. "Qué rico, wey, no pares", susurró, arañando mi espalda con uñas pintadas de rojo. Mi verga palpitaba, dura como roca, rozando su vientre suave. La volteé boca abajo, besando su espinazo hasta llegar a sus nalgas perfectas, mordisqueándolas suavemente mientras mis dedos exploraban su entrada húmeda.
Entré en ella despacio, centímetro a centímetro, sintiendo cómo su concha me apretaba como un guante caliente y resbaloso. "¡Ay, cabrón, qué grande!", exclamó con placer, empujando hacia atrás para tomarme más profundo. Empecé a moverme, lento al principio, saboreando cada embestida, el sonido húmedo de nuestros cuerpos chocando, el slap-slap que llenaba la habitación. Su sudor goteaba en mi pecho, mezclándose con el mío, el olor a sexo puro invadiendo el aire. Aceleré, mis manos en sus caderas, jalándola contra mí con fuerza consentida, mutua, salvaje.
Cambiamos posiciones: ella encima, cabalgándome como una diosa azteca, sus tetas rebotando al ritmo frenético. La miré a los ojos, viendo el fuego en ellos, el éxtasis puro. "Ven conmigo, Luisa", le rogué, mis dedos en su clítoris frotando en círculos. Ella gritó mi nombre, su cuerpo convulsionando, su concha contrayéndose alrededor de mi verga en oleadas de placer. No aguanté más; exploté dentro de ella, chorros calientes llenándola mientras rugía como animal, el mundo reduciéndose a ese instante de pura liberación.
Caímos exhaustos, enredados en las sábanas revueltas. Su cabeza en mi pecho, escuchando mi corazón que aún galopaba. El aire olía a nosotros, a sexo y sudor y promesas. "Eso fue increíble", murmuró, besando mi piel salada. Yo acaricié su cabello, sintiendo la paz después de la tormenta.
La pasion por su presencia no se apaga, solo espera la próxima vez, pensé, sabiendo que esto era solo el principio.
Nos quedamos así hasta que el sol empezó a filtrarse por las cortinas, tiñendo la habitación de oro. Hicimos café en su cocina moderna, riéndonos de la noche anterior, planeando la siguiente. Su presencia seguía siendo mi droga, pero ahora compartida, mutua, eterna.