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Pasión por las Almas Bíblicas

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Pasión por las Almas Bíblicas

Entré a la iglesia de San Miguel en el corazón de Oaxaca, con el sol del mediodía filtrándose por los vitrales como rayos de luz divina. El aire estaba cargado de ese olor a incienso quemado y cera de velas, que siempre me erizaba la piel. Yo, Lucía, tenía pasión por las almas bíblicas, esas historias de redención y tentación que me consumían desde chava. No era solo fe, wey, era algo más profundo, un fuego que me ardía en las entrañas cada vez que leía sobre Eva y su manzana, o sobre David y Betsabé. Me ponía a sudar, neta, imaginando sus pieles rozándose bajo la voluntad de Dios.

Estaba sola esa tarde, arrodillada frente al altar, murmurando oraciones con mi Biblia en las manos. Llevaba un vestido floreado ligero, de esos que se pegan al cuerpo cuando hace calor, y sentía el sudor resbalando por mi espalda. De repente, oí pasos firmes en el pasillo de piedra. Levanté la vista y ahí estaba él: Mateo, un tipo alto, moreno, con ojos negros como la noche y una sonrisa que parecía salida del Apocalipsis. Venía de la ciudad, un estudioso de las escrituras, decían las chismosas del pueblo. Órale, ¿y este pendejo qué hace aquí?, pensé, pero mi cuerpo ya reaccionaba, el corazón latiéndome como tambor en fiesta.

—Buenas tardes, hermana —dijo con voz grave, como trueno lejano—. Veo que compartimos la misma pasión por las almas bíblicas.

Su aliento olía a menta fresca, y cuando se acercó, sentí el calor de su cuerpo invadiendo mi espacio. Me quedé muda un rato, solo mirándolo, notando cómo su camisa blanca se pegaba a sus pectorales por el bochorno.

¿Será una prueba del Señor? Esta tentación hecha hombre.
Asentí, y empezamos a platicar de pasajes prohibidos, de la lujuria de Salomón y sus mil esposas. Sus palabras me envolvían, y cada roce accidental de su mano al pasar las páginas de mi Biblia mandaba chispas por mi espina.

La tensión crecía como tormenta en el desierto. Nos sentamos en un banco de madera pulida, tan cerca que nuestras rodillas se tocaban. El sonido de las campanas lejanas marcaba el tiempo, pero para mí todo se detenía en su mirada. —Cuéntame, Lucía —susurró, su aliento caliente en mi oreja—, ¿qué alma bíblica te enciende más?

Tragué saliva, sintiendo mi concha humedecerse solo de oírlo. —La de María Magdalena —confesé, bajito—. Esa redención después del pecado... me moja el alma.

Él rio suave, una risa que vibró en mi pecho. —Yo prefiero a Sansón y Dalila. Esa fuerza domada por el deseo.

Nos quedamos callados, el aire espeso con promesas. Su mano se posó en mi muslo, despacio, preguntando permiso con los ojos. Yo no la quité; al contrario, la apreté contra mi piel, sintiendo la aspereza de sus callos, tan masculinos. Neta, este wey me va a volver loca.

El sol bajaba, tiñendo todo de rojo pasión. Mateo me jaló suave hacia la sacristía, un cuarto chiquito lleno de ropas litúrgicas y el olor a madera vieja. Cerró la puerta con llave, y el clic fue como un amén final. Nos miramos, jadeantes ya, sin palabras. Sus labios cayeron sobre los míos, duros y urgentes, saboreando a sal y deseo. Gemí contra su boca, mis manos enredándose en su pelo negro, tirando suave mientras su lengua exploraba la mía, profunda, como si quisiera salvar mi alma ahí mismo.

Me levantó contra la mesa de madera, mis nalgas chocando contra la superficie fría. El contraste me hizo arquear la espalda. —Lucía, eres mi tentación bíblica —murmuró, besando mi cuello, lamiendo el sudor que perlaba mi clavícula. Olía a su colonia terrosa mezclada con mi aroma de mujer en celo, ese almizcle que nos volvía animales.

Le arranqué la camisa, sintiendo sus músculos duros bajo mis uñas. Sus pezones oscuros se endurecieron al toque de mi lengua, y él gruñó, un sonido gutural que me vibró en el vientre. Bajé la mano a su pantalón, sintiendo su verga tiesa como vara de Moisés, palpitando contra la tela. —Quítatelo, cabrón —le ordené, juguetona, y él obedeció riendo, liberando esa polla gruesa, venosa, que me hizo salivar.

Me puse de rodillas, el piso duro lastimándome las rodillas, pero no importaba. La tomé en la boca, saboreando su piel salada, el pre-semen amargo que brotaba. Chupé despacio al principio, girando la lengua alrededor del glande, oyendo sus jadeos roncos. —¡Ay, Virgen santa, Lucía! —gimió, agarrándome el pelo—. Me vas a hacer venir ya.

Pero no lo dejé. Me levantó, me quitó el vestido de un tirón, exponiendo mis tetas llenas, pezones duros como piedras. Me mamó uno, mordisqueando suave, mientras sus dedos bajaban a mi calzón empapado. Lo apartó, y metió dos dedos en mi coño chorreante, curvándolos justo ahí, en el punto que me hacía ver estrellas. ¡Mames, este wey sabe! Grité bajito, mis jugos corriendo por su mano, el sonido chapoteante llenando la sacristía.

La tensión era insoportable ahora, un volcán a punto de estallar. Me volteó contra la mesa, mi pecho aplastado en la madera fresca, nalgas al aire. Sentí su verga rozando mi entrada, caliente, resbalosa. —¿Estás lista, mi alma bíblica? —preguntó, voz temblorosa.

—Métemela ya, Mateo, ¡no seas pendejo! —supliqué, empujando contra él.

Entró de un embestida, llenándome hasta el fondo, estirándome delicioso. El dolor placer inicial se volvió éxtasis puro. Empezó a bombear, lento primero, cada salida y entrada mandando ondas de placer por mi cuerpo. El slap-slap de piel contra piel, nuestros gemidos mezclados con plegarias profanas. Sudábamos como en misa de difuntos, su pecho pegado a mi espalda, manos en mis caderas marcándome.

Aceleró, sus bolas golpeando mi clítoris hinchado. Yo me tocaba ahí, frotando furiosa, sintiendo el orgasmo subir como marea. —¡Ven conmigo, Lucía! —rugió, y explotamos juntos. Mi coño se contrajo alrededor de su verga, ordeñándolo, mientras chorros calientes de su leche me inundaban. Grité su nombre, el mundo blanco, pulsos en cada vena.

Caímos al piso, enredados, jadeando. Su semen goteaba de mí, cálido en mis muslos. Me besó la frente, suave ahora. —Esa fue nuestra redención —dijo, riendo bajito.

Nos vestimos despacio, el aire aún pesado con nuestro olor a sexo sagrado. Salimos al atardecer, manos entrelazadas. Mi pasión por las almas bíblicas ahora tenía rostro, carne, sabor. Caminamos por las calles empedradas, con el eco de campanas bendiciendo nuestro pecado consensual. Neta, Dios entiende estas pasiones, pensé, sonriendo. Y supe que volveríamos, una y otra vez, a salvarnos mutuamente en la casa del Señor.

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