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Abismo de Pasión Capítulo 8 El Vórtice del Placer

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Abismo de Pasión Capítulo 8 El Vórtice del Placer

La brisa salada del mar Caribe me acariciaba la piel mientras bajaba del taxi en la entrada de la villa privada en la Riviera Maya. Era Abismo de Pasión Capítulo 8 de nuestra historia secreta con Marco, y cada fibra de mi cuerpo lo sabía. Habíamos planeado este fin de semana como un ritual, después de siete noches que nos habían dejado temblando de anhelo. Yo, Ana, una chava de veintiocho años con curvas que volvían locos a los morros, y él, mi carnal de treinta y dos, con ese torso moreno y tatuado que olía a colonia cara y aventura.

La villa era un paraíso: piscina infinita con vista al océano turquesa, palmeras susurrando con el viento, y el sonido rítmico de las olas rompiendo en la playa privada. Marco me esperaba en la terraza, con una camisa guayabera abierta que dejaba ver su pecho velludo y unos shorts que marcaban lo que yo ya extrañaba.

"Órale, mi reina, llegaste justo a tiempo para que te coma con los ojos"
, dijo con esa voz ronca que me erizaba la piel. Me acerqué, sintiendo el calor de su mirada recorriéndome las piernas hasta el escote de mi vestido rojo ceñido. Nuestros labios se rozaron en un beso ligero, pero cargado de promesas. El sabor salado de su boca se mezcló con el mío, y ya sentía ese cosquilleo en el vientre, como mariposas chingonas listas para volar.

Nos sentamos a cenar bajo las luces tenues: langosta fresca con mantequilla derretida, guacamole cremoso y tequila reposado que quemaba dulce en la garganta. Hablamos de todo y nada, pero el aire estaba espeso de deseo. Su mano rozaba mi muslo por debajo de la mesa, subiendo despacio, y yo mordía mi labio para no gemir. ¿Por qué cada vez que lo veo es como si fuera la primera?, pensé mientras inhalaba su aroma, mezcla de sudor limpio y mar. La tensión crecía con cada trago; sus ojos oscuros me devoraban, y yo sentía mi chocha humedeciéndose solo con su roce.

Después de la cena, Marco puso música ranchera moderna, esa que te pone a mover las caderas sin querer.

"Ven, baila conmigo, preciosa"
. Me tomó de la cintura, pegando su cuerpo al mío. Sentí su verga endureciéndose contra mi vientre, dura y caliente a través de la tela. Bailamos lento, sus manos explorando mi espalda baja, bajando hasta apretar mis nalgas. El roce de su piel áspera contra la mía suave era eléctrico; cada giro hacía que mis pezones se endurecieran, rozando el vestido. Olía a jazmín de la noche y a su excitación, ese almizcle que me volvía loca. No aguanto más, wey, te necesito adentro ya, rugía mi mente, pero jugaba el juego, dejando que la tensión subiera como la marea.

Entramos a la habitación principal, iluminada solo por velas que parpadeaban sombras sensuales en las paredes blancas. La cama king size nos esperaba con sábanas de algodón egipcio frescas. Marco me desvistió despacio, besando cada centímetro de piel que liberaba. Primero el vestido cayó al piso con un susurro suave, dejando mis tetas al aire, pesadas y ansiosas.

"Mira nomás estas chichis, Ana, son perfectas para mamarlas"
, murmuró mientras lamía un pezón, succionando con fuerza. El placer me recorrió como un rayo; gemí bajito, arqueando la espalda. Su lengua era caliente, áspera, saboreando mi piel salada. Bajó más, besando mi ombligo, mi monte de Venus, hasta llegar a mis bragas empapadas. Las deslizó con dientes, inhalando profundo.
"Hueles a miel pura, mi amor, a pura pasión"
.

Me recostó en la cama, abriendo mis piernas con gentileza. Su aliento cálido en mi clítoris me hizo jadear. Empezó lamiendo despacio, círculos suaves que me volvían loca. El sonido húmedo de su lengua en mi carne era obsceno y delicioso, mezclado con mis gemidos crecientes. ¡Qué rico, cabrón, no pares! Introdujo un dedo, luego dos, curvándolos justo donde dolía de placer. Mi cuerpo se convulsionaba, jugos chorreando por sus labios. Él gruñía de gusto, masturbándose con la mano libre. Su verga palpitaba, venosa y gruesa, goteando precum que olía a macho puro.

Pero no quería correrme aún; quería que explotáramos juntos en este abismo de pasión. Lo jalé hacia mí, besándolo con furia, probando mi propio sabor en su boca.

"Cógeme ya, Marco, métemela hasta el fondo"
, le supliqué, arañando su espalda. Se posicionó, frotando la cabeza de su pija contra mi entrada resbaladiza. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente. El dolor placentero se mezcló con el éxtasis; lo sentía llenándome, pulsando dentro. Empezamos a movernos en ritmo, lento al principio, sintiendo cada vena, cada roce. El slap-slap de piel contra piel resonaba con las olas lejanas. Sudor nos cubría, perlas saladas que lamí de su cuello, sabor a sal y deseo.

La intensidad subió. Me volteó a cuatro patas, agarrando mis caderas con fuerza.

"¡Qué nalgas tan ricas, Ana! Te voy a romper de gusto"
. Embistió más duro, su pubis chocando mi culo, bolas golpeando mi clítoris. Grité de placer, el cuarto lleno de nuestros jadeos y el olor almizclado del sexo. Mis tetas rebotaban, pezones rozando las sábanas ásperas. Sentía su verga hinchándose, lista para estallar. Esto es el capítulo 8, el más profundo, donde nos perdemos del todo, pensé mientras el orgasmo me acechaba como una ola gigante.

Cambié de posición, montándolo a mí. Sus manos amasaban mis tetas mientras yo cabalgaba, girando las caderas en círculos viciosos. Su cara de éxtasis, ojos entrecerrados, boca abierta gimiendo

"¡Sí, mi reina, así, muévete chingón!"
. El vello de su pecho rozaba mi vientre, su olor invadiendo mis sentidos. Aceleré, sintiendo el clímax subir por mi espina. Primero llegué yo: un grito gutural, mi chocha contrayéndose alrededor de su verga, chorros de placer mojando sus bolas. Él no tardó; con un rugido animal, se vació dentro, chorros calientes llenándome hasta rebosar. Nos quedamos pegados, temblando, pulsos latiendo al unísono.

Caímos exhaustos, envueltos en el afterglow. Su cabeza en mis tetas, mi mano acariciando su cabello revuelto. El aire olía a sexo y mar, las velas casi apagadas.

"Eres mi abismo, Ana, mi pasión infinita"
, susurró. Sonreí, besando su frente. Capítulo 8 completado, pero el vórtice apenas empieza. Afuera, las olas seguían su ritmo eterno, como nuestro deseo, que no conocía fin. Dormimos así, entrelazados, listos para lo que Capítulo 9 trajera.

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