Pasión Capítulo 38 Fuego en las Venas
Ana se recargó en el sillón de la sala, con el calor de la noche mexicana envolviéndola como una caricia pegajosa. El ventilador del techo zumbaba perezosamente, moviendo el aire cargado del aroma a jazmín del jardín y el leve toque ahumado del mole que habían cenado. Marco, su carnal de tantos años, estaba a su lado, con una cerveza fría en la mano, los ojos fijos en la tele. Era Pasión Capítulo 38, esa telenovela que los tenía enganchados como chavos, con sus dramas calientes y sus escenas que ponían la piel chinita.
En la pantalla, la protagonista se entregaba a un beso salvaje bajo la luna de algún rancho ficticio, los gemidos suaves filtrándose por los parlantes. Ana sintió un cosquilleo en el estómago, bajando hasta sus muslos.
Órale, este capítulo está cañón, pensó, mordiéndose el labio. Marco giró la cabeza, sus ojos oscuros brillando con esa mirada que siempre la derretía. ¿Verdad que sí, nena? murmuró, su voz ronca como grava mojada por la lluvia.
Ella asintió, el corazón latiéndole más rápido. Habían pasado semanas de puro trajín en el DF, con el jale en la oficina y las broncas del tráfico eterno, pero esta noche era suya. Marco dejó la chela en la mesita y se acercó, su mano grande posándose en su rodilla desnuda bajo el short ligero. El toque fue eléctrico, enviando chispas por su piel morena. Olía a él, a jabón fresco mezclado con sudor varonil, ese olor que la volvía loca de deseo.
Pasión Capítulo 38 seguía rodando, pero ya nadie prestaba atención real. Ana giró el cuerpo hacia él, sus pechos rozando el brazo musculoso de Marco. Ven pa'cá, pendejo, le dijo juguetona, tirando de su camiseta. Él se rio bajito, ese sonido gutural que vibraba en su pecho, y la jaló hacia su regazo. Sus labios se encontraron en un beso lento, saboreando el amargor de la cerveza en su lengua y el dulzor de su saliva mezclada.
Las manos de Marco subieron por sus muslos, apretando la carne suave, mientras ella enredaba los dedos en su pelo negro revuelto. El beso se profundizó, lenguas danzando como en llamas, el aire llenándose del sonido húmedo de sus bocas. Ana jadeó cuando él mordió su labio inferior, un pinchazo placentero que la hizo arquearse.
Chingado, cómo me prende este wey, se dijo, sintiendo su verga endureciéndose contra su nalga.
Marco la levantó en brazos como si no pesara nada, sus bíceps tensándose bajo la piel tatuada. La llevó al cuarto, la luz tenue de la lámpara de noche pintando sombras en las paredes blancas. La cama king size los esperaba, sábanas frescas oliendo a suavizante de lavanda. La tumbó con cuidado, pero sus ojos ardían con hambre. Se quitó la playera de un tirón, revelando el torso esculpido por horas en el gym, vello oscuro bajando hasta el ombligo.
Ana se incorporó sobre los codos, admirándolo. Estás bien bueno, mi rey, susurró, extendiendo la mano para tocar su pecho. Él se arrodilló en la cama, besando su cuello, lamiendo la sal de su piel sudada. Bajó despacio, desabotonando su blusa con dientes, exponiendo sus tetas llenas en el bra negro de encaje. El aire fresco las erizó, pezones duros como piedras preciosas. Marco gruñó de placer, chupando uno con avidez, la lengua girando en círculos calientes y húmedos.
Ella gimió alto, arqueando la espalda, las uñas clavándose en sus hombros. Pasión Capítulo 38 había sido el detonante perfecto, como si la tele les hubiera inyectado fuego en las venas. Sus manos bajaron al short de él, desabrochándolo con prisa, liberando su verga gruesa y venosa, palpitante de anticipación. La tomó en la mano, masturbándolo lento, sintiendo el calor y la suavidad de la piel sobre el acero duro. Marco jadeó contra su piel, ¡Ay, nena, me vas a matar!
La tensión crecía como una tormenta en el horizonte, el cuarto llenándose de sus respiraciones agitadas y el leve crujir de la cama. Ana se quitó el short y las panties de algodón, abriéndose para él, su concha ya mojada, brillando bajo la luz. Olía a ella, a deseo puro, almizclado y dulce. Marco se posicionó entre sus piernas, besando el interior de sus muslos, mordisqueando hasta llegar al centro. Su lengua la lamió de abajo arriba, saboreando sus jugos, chupando el clítoris hinchado con maestría.
¡Madre santa, este hombre sabe lo que hace!pensó Ana, las caderas moviéndose solas, presionando contra su boca. Él metió dos dedos gruesos, curvándolos para tocar ese punto que la volvía loca, bombeando rítmicamente mientras succionaba. Los sonidos eran obscenos: lamidas húmedas, succiones, sus gemidos ahogados. El orgasmo la golpeó como un rayo, olas de placer sacudiéndola, el cuerpo convulsionando, gritando su nombre mientras las paredes de su concha apretaban sus dedos.
Marco no la dejó caer del todo. Se subió encima, frotando su verga contra su entrada resbalosa. ¿Me quieres adentro, chula? preguntó, voz temblorosa de contención. Sí, métemela ya, cabrón, rogó ella, envolviendo las piernas alrededor de su cintura. Él empujó despacio, centímetro a centímetro, llenándola por completo. Ambos jadearon al unísono, el estiramiento perfecto, la fricción deliciosa.
Empezaron a moverse, lento al principio, saboreando cada embestida. Sus pieles chocaban con palmadas suaves, sudor perlando sus cuerpos, el olor a sexo impregnando el aire. Ana clavaba las uñas en su espalda, dejando marcas rojas, mientras él la besaba feroz, mordiendo su hombro. Aceleraron, la cama golpeando la pared, gemidos convirtiéndose en gritos. ¡Más duro, mi amor, no pares! exigía ella, y él obedecía, follando con fuerza animal, sus bolas golpeando su culo.
El clímax se acercaba, tensiones acumuladas explotando. Ana sintió el calor subir desde el estómago, su concha contrayéndose alrededor de su verga. ¡Me vengo, Marco! chilló, el orgasmo partiéndola en dos, jugos chorreando. Él rugió, embistiendo una vez más antes de correrse dentro, chorros calientes inundándola, su cuerpo temblando sobre el de ella.
Se derrumbaron juntos, jadeantes, corazones martilleando al unísono. Marco se salió con cuidado, un hilo de semen conectándolos aún. La abrazó fuerte, besando su frente sudada. Te amo, nena. Esto fue como Pasión Capítulo 38, pero mejor, murmuró riendo. Ana sonrió, acurrucándose en su pecho, escuchando su corazón calmarse. El ventilador seguía zumbando, la noche afuera llena de grillos y el lejano rumor de la ciudad.
En el afterglow, Ana reflexionó. Habían reavivado la llama que el día a día amenazaba apagar. Sus dedos trazaban patrones en su piel, oliendo a ellos, a pasión compartida.
Esto es lo que necesitaba, puro fuego mexicano en las venas, pensó, cerrando los ojos satisfecha. Mañana sería otro día de jale y broncas, pero esta noche, eran invencibles.