Pasión de Gavilanes Capítulo 105 Desnuda el Alma
La noche en la hacienda se sentía pesada, cargada de ese calor pegajoso que solo el verano norteño sabe traer. Tú, Gabriela, acabas de llegar de la ciudad, con el corazón latiendo fuerte por el camino polvoriento que te trajo hasta aquí. El aire huele a tierra mojada después de la lluvia vespertina, mezclado con el aroma dulce de las bugambilias que trepan por las paredes de adobe. Javier, tu amor de toda la vida, te espera en el porche, recargado en la baranda con esa camisa blanca abierta que deja ver su pecho moreno y musculoso, forjado por años de domar caballos y trabajar la tierra.
¿Por qué carajos vine de nuevo? piensas mientras bajas del carro, sintiendo cómo tus sandalias se hunden un poquito en el suelo húmedo. Pero lo sabes bien: es él, siempre él, con esa mirada que te deshace como mantequilla en comal caliente. Javier se acerca, su sonrisa pícara iluminada por la luz amarilla del foco. "¡Órale, mi reina! ¿Ya extrañabas esto?" dice, abriendo los brazos. Su voz grave te eriza la piel, y antes de que respondas, te envuelve en un abrazo que aprieta justo lo necesario para que sientas su calor corporal filtrándose por tu blusa ligera.
Entran a la sala, esa habitación amplia con muebles de madera oscura y un televisor viejo que aún funciona de maravilla. Javier saca dos chelas frías del refri, el pop de las tapas rompiéndose es como un susurro prometedor. Se sientan en el sillón gastado, tus piernas rozando las suyas, y él enciende la tele. "Mira, justo va a empezar Pasión de Gavilanes capítulo 105. Ese capítulo que tanto nos prende, ¿te acuerdas?" Su mano ya descansa en tu muslo, dedos ásperos por el trabajo rozando la piel suave expuesta por tu falda corta.
Esas escenas de los hermanos Gavilanes con sus mujeres... neta, siempre me ponen como moto. ¿Y si esta noche fingimos ser ellos? Javier sería el perfecto Juan Reyes, todo macho y protector.
La telenovela arranca, los acordes dramáticos llenando la habitación. En la pantalla, la pasión entre los amantes hierve: besos robados en la oscuridad de un establo, cuerpos presionados contra el heno, gemidos ahogados que te hacen apretar las piernas instintivamente. Sientes el pulso acelerarse, el calor subiendo desde tu vientre. Javier te mira de reojo, su aliento cálido en tu cuello. "¿Ves cómo se miran? Así te miro yo, Gabriela. Con ganas de comerte viva." Su mano sube un centímetro más, trazando círculos lentos que te hacen morderte el labio.
El deseo inicial es como una chispa: sutil, pero lista para incendiar todo. Apagas la tele con un control remoto que cae al suelo olvidado. "Ven, mi chula," murmura él, jalándote hacia su regazo. Tus labios se encuentran en un beso suave al principio, saboreando la cerveza fría en su lengua, el leve gusto salado de su piel sudada por el día. Sus manos recorren tu espalda, desabrochando el sostén con maestría vaquera, mientras tú enredas los dedos en su cabello negro y revuelto.
La tensión crece en el segundo acto de esta noche suya. Se levantan, tambaleantes de besos, y caminan hacia la recámara, dejando un rastro de ropa por el pasillo. El suelo de loseta fría contrasta con el fuego de sus cuerpos. En la cama king size, cubierta de sábanas de algodón crudo que huelen a lavanda fresca, Javier te tumba con gentileza. "Dime qué quieres, mi amor. Tú mandas." Sus palabras te empoderan, te hacen sentir reina de esta hacienda y de él.
Te quitas la falda, quedando en tanga de encaje rojo que él admira con ojos hambrientos. Qué bonito se ve así, recostado, con la verga ya dura marcando el pantalón. Tus uñas raspan su pecho, bajando hasta el cinturón que desabrochas con dedos temblorosos de anticipación. El sonido del cuero deslizándose es erótico, como un latigazo suave. Él gime bajito cuando liberas su miembro erecto, grueso y venoso, palpitando en tu mano. Lo acaricias despacio, sintiendo la piel aterciopelada sobre acero, el calor que irradia.
La escalada es gradual, llena de profundidad emocional. "Te he extrañado tanto, Gabriela. En la ciudad no hay nadie como tú, que me hace sentir vivo." Sus confesiones te derriten mientras besas su torso, lamiendo el sudor salado que perla su ombligo. Bajas más, tu boca envuelve la cabeza de su verga, saboreando el precum ligeramente amargo y almizclado. Él arquea la espalda, "¡Ay, carajo, qué rico! Chúpamela así, mi reina." Tus movimientos son rítmicos, lengua girando, manos masajeando sus bolas pesadas. El cuarto se llena de sonidos húmedos, de su respiración entrecortada y tus gemidos ahogados.
Pero no es solo físico; hay luchas internas.
¿Y si esto es solo un rato? No, Javier me mira como si fuera su mundo. Esta vez va en serio.Lo empujas para montarlo, frotando tu panocha empapada contra su longitud. El roce del encaje contra su piel dura te hace jadear. Te quitas la tanga, exponiendo tu sexo hinchado, labios mojados brillando a la luz de la luna que se cuela por la ventana. Él te ayuda a posicionarte, su glande presionando tu entrada resbaladiza.
Entras en él centímetro a centímetro, el estiramiento delicioso te arranca un grito. "¡Sí, así, métetela toda!" gritas, mientras bajas hasta que tus nalgas chocan contra sus muslos peludos. El olor a sexo inunda el aire: almizcle femenino mezclado con su sudor masculino, embriagador. Cabalgas lento al principio, sintiendo cada vena rozando tus paredes internas, el clítoris frotándose contra su pubis. Tus pechos rebotan libres, pezones duros como piedras que él pellizca juguetón. Pendejo, me vas a hacer venir ya.
La intensidad sube: él te agarra las caderas, embistiendo desde abajo con fuerza controlada. El plaf plaf de piel contra piel se mezcla con rancheras lejanas de algún vecino. Cambian posiciones; te pone a cuatro patas, el colchón hundiéndose bajo tus rodillas. Entra de nuevo, profundo, su vientre peludo golpeando tu culo redondo. "¡Qué nalgonas estás, Gabriela! Te voy a chingar hasta que grites mi nombre." Sus manos amasan tus glúteos, un dedo rozando tu ano en un teasing consentido que te hace temblar.
El clímax se acerca como tormenta: sudas, el cabello pegado a la frente, el corazón martilleando. Tus paredes se contraen alrededor de él, ordeñándolo. "¡Ven, mi amor, córrete conmigo!" Él acelera, gruñendo como animal en celo. El orgasmo te parte en dos: olas de placer desde el útero, piernas temblando, un alarido que sale gutural. Él explota segundos después, chorros calientes llenándote, su semen espeso goteando por tus muslos.
En el afterglow del tercer acto, caen exhaustos, enredados en sábanas revueltas que huelen a ellos. Javier te besa la sien, su pecho subiendo y bajando contra tu mejilla. "Eres mi pasión, Gabriela. Como en ese Pasión de Gavilanes capítulo 105, pero real y nuestra." Ríes bajito, trazando círculos en su piel.
Esto no es telenovela; es nuestra historia, con finales felices que se escriben noche a noche.
Duermen así, con el viento nocturno susurrando promesas, el cuerpo satisfecho y el alma en paz. Mañana, la hacienda los esperará, pero esta noche, el fuego de los Gavilanes arde solo para ustedes.