La Pasión Según San Mateo de Johann Sebastian Bach en Nuestros Cuerpos
Entré al Palacio de Bellas Artes esa noche con el corazón latiéndome como un tambor barroco. El aire olía a madera pulida y a perfume caro mezclado con el leve aroma de incienso que siempre se cuela en estos lugares. México City vibraba afuera, pero adentro, el mundo se reducía a las notas de Johann Sebastian Bach La Pasión Según San Mateo. Me senté en la fila del medio, mi vestido negro ceñido rozando mis muslos, y sentí un cosquilleo en la piel, como si la música ya me estuviera acariciando antes de empezar.
Él estaba dos asientos a mi lado. Alto, moreno, con una camisa blanca que se ajustaba a sus hombros anchos y unos ojos que brillaban bajo la luz tenue del candelabro. Lo pillé mirándome cuando las luces bajaron. Nuestras miradas se cruzaron justo cuando el coro estalló en el primer Erbarme dich, esa súplica dolida que me eriza la piel cada vez. Sonreí, coqueta, y él inclinó la cabeza, como respondiendo a una invitación muda. Órale, güey, ¿qué onda con este pendejo tan guapo? pensé, mientras mi pulso se aceleraba con las cuerdas del violín.
La música de Bach es como un amante exigente: te envuelve, te tensa, te hace rogar. Cada aria era un roce invisible en mi cuello, en mis pechos que se endurecían bajo el encaje del brasier. Lo vi mover los labios siguiendo las palabras en latín, apasionado, y quise saber cómo sonaría su voz en mi oído. Al intermedio, no lo dudé. Me paré, fingiendo estirarme, y caminé hacia él con el eco de los aplausos todavía zumbando.
—Neta que esta pieza es de las que te ponen la piel chinita, ¿verdad? —le dije, con esa voz juguetona que uso cuando quiero algo.
Se giró, sonriendo con dientes blancos y perfectos. —Sí, carnala. Johann Sebastian Bach La Pasión Según San Mateo es puro fuego disfrazado de oración. Me llamo Mateo, por cierto. Irónico, ¿no?
Mateo. Reí bajito, oliendo su colonia fresca, como limón y madera. —Yo soy Renata. Y sí, irónico, pero qué chido. ¿Quieres una chela en el lobby?
Charlamos media hora, bebiendo cervezas frías que sabían a sal y lúpulo. Hablamos de Bach, de cómo esa pasión religiosa se siente carnal, de cómo en México la música clásica se mezcla con el caos de la calle. Sus manos rozaban las mías al gesticular, y cada toque era electricidad. Cuando sonó la campana para la segunda parte, me susurró al oído:
—Ven conmigo después. Tengo el disco en mi depa, cerca de aquí. Sigamos esta pasión.
Mi cuerpo dijo sí antes que mi boca. —Va, Mateo. Pero no me hagas esperar.
La segunda mitad fue tortura deliciosa. Sentada a su lado ahora, su muslo presionaba el mío. El coro gritaba Wir setzen uns mit Tränen nieder, y yo imaginaba sus lágrimas en mi piel, calientes, saladas. Sudaba un poco, el aroma de mi excitación mezclándose con el suyo, masculino, terroso. Al final, los aplausos nos levantaron como una ola, y salimos tomados de la mano, el fresco de la noche en Reforma golpeándonos la cara.
¿Qué chingados estoy haciendo? ¿Ir con un desconocido? Pero neta, Renata, esta noche Bach me tiene poseída. Su mirada promete lo que la música no dice.
El taxi nos dejó en su penthouse en Polanco, minimalista, con ventanales que miraban las luces de la ciudad. Puso el vinilo de Johann Sebastian Bach La Pasión Según San Mateo en el tocadiscos, y el sonido llenó el espacio como un amante ansioso. El contrapunto de las voces nos rodeó mientras bailábamos lento, sus manos en mi cintura, bajando despacio.
—Eres preciosa —murmuró, su aliento caliente en mi cuello.
Lo besé primero, dura, con lengua que sabía a chela y deseo. Sus labios eran firmes, su barba raspando mi piel suave. Me levantó en brazos, llevándome al sofá de piel negra que crujió bajo nuestro peso. La música subía, el tenor solista gimiendo su aria, y Mateo me desabrochó el vestido con dedos temblorosos. Mis tetas saltaron libres, pezones duros como piedras, y él los lamió, succionando con un gemido que vibró en mi carne.
—Qué rico, Mateo... no pares —jadeé, arqueándome. Olía a su sudor fresco, a mi humedad creciendo entre las piernas.
Sus manos bajaron mi tanga, dedos explorando mi panocha empapada. Metió uno, luego dos, curvándolos justo ahí, y grité bajito con el coro de fondo. Me masturbaba lento, mirándome a los ojos, mientras yo le bajaba el zipper y sacaba su verga dura, gruesa, venosa. La apreté, sintiendo el pulso latiendo en mi palma, y la chupé, saboreando el precum salado, la piel suave sobre el acero.
La tensión crecía como la música: fugas que se enredan, voces que suben. Me puso de rodillas en el sofá, penetrándome desde atrás con un empujón que me llenó entera. ¡Ay, cabrón! pensé, mientras su pelvis chocaba mis nalgas, piel contra piel, sudor goteando. Cada estocada era un acorde, profundo, resonante. El aire olía a sexo crudo, a almizcle y piel caliente. Agarraba mis caderas, clavándome los dedos, y yo empujaba contra él, queriendo más.
Esto es la pasión de Bach hecha carne. Cada embestida es un recitativo, cada gemido un coro. No pares, pendejo, dame todo.
Cambié de posición, montándolo ahora, mis muslos temblando sobre los suyos. Rebotaba, sintiendo su verga rozar mi punto G, mis tetas saltando con cada bajada. Él las amasaba, pellizcando pezones, y yo me vine primero, un orgasmo que me sacudió como un trueno barroco, jugos chorreando por su eje. Grité su nombre, el de él y el de la música mezclados.
Pero él no paró. Me volteó boca arriba, piernas abiertas, y se hundió de nuevo, besándome el cuello, mordiendo suave. Su ritmo se aceleró con el clímax de la pieza, el coro final rugiendo. Sentí sus bolas apretarse contra mí, su verga hincharse, y explotó dentro, chorros calientes llenándome, gimiendo en mi oído palabras sucias en español mexicano: —Córrete conmigo, Renata, qué chingón se siente tu panocha.
Nos quedamos así, jadeando, la aguja del tocadiscos rayando el silencio. Su semen se escurría de mí, tibio, pegajoso. Me abrazó, besos suaves en la frente, y el afterglow fue como el coda de Bach: sereno, profundo.
—Qué pedo, Mateo —susurré, riendo bajito—. Bach nunca sonó tan carnal.
—Es la mejor interpretación —respondió, acariciando mi espalda sudorosa.
Nos duchamos juntos después, agua caliente lavando el olor a sexo, pero dejando el recuerdo. Salí al amanecer, con su número en el teléfono y la promesa de más noches de pasión. La ciudad despertaba, pero yo llevaba dentro el eco de Johann Sebastian Bach La Pasión Según San Mateo, transformada en algo nuestro, eterno, ardiente.