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Cañaveral de Pasiones Cap 73 Fuego Bajo las Cañas

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Cañaveral de Pasiones Cap 73 Fuego Bajo las Cañas

El sol del mediodía caía a plomo sobre el cañaveral, tiñendo las hojas verdes de un brillo casi cegador. Mariana caminaba entre las altas cañas, el aire espeso cargado con el dulce aroma de la caña de azúcar madura, mezclado con la tierra húmeda después de la lluvia matutina. Sus sandalias se hundían ligeramente en el suelo blando, y cada paso producía un crujido suave que se perdía en el susurro constante del viento entre las pencas. Llevaba un vestido ligero de algodón floreado, pegado a su piel por el sudor, delineando sus curvas generosas. Hacía años que no volvía a este lugar, el cañaveral de pasiones de su juventud, donde todo había empezado.

¿Por qué vine hoy? —se preguntó, mientras su corazón latía con fuerza—. ¿Para recordar o para revivir?

A lo lejos, divisó la silueta familiar de Javier, su amor de antaño. Él estaba inclinado, cortando cañas con el machete, los músculos de sus brazos bronceados tensándose con cada golpe preciso. Sudor corría por su pecho desnudo, goteando hasta la cintura de sus pantalones gastados. Cuando la vio, se enderezó, limpiándose el rostro con el antebrazo. Sus ojos oscuros se clavaron en ella, llenos de un hambre que no había menguado en todos estos años.

Mariana, neta que estás más buena que nunca, morra —dijo con esa voz ronca, cargada de acento veracruzano, acercándose con paso lento, como un jaguar en su territorio.

Ella sintió un cosquilleo en el vientre, el calor subiendo por sus muslos. Hacía meses que su matrimonio era un desierto, y Javier era el oasis que la llamaba. Se mordió el labio, oliendo su aroma masculino: sudor limpio, tierra y un toque de tabaco.

No seas pendejo, Javi. Vine a ver el terreno, nomás —mintió, pero su voz tembló, traicionándola.

Él rio bajito, un sonido que vibró en su pecho y le erizó la piel. Se acercó más, hasta que el calor de su cuerpo la envolvió. Sus manos callosas rozaron su brazo, enviando chispas por su espina dorsal.

Acto uno: la chispa inicial. Mariana sabía que no debía, pero el deseo era más fuerte que cualquier juramento. Javier la tomó de la mano, guiándola más profundo en el cañaveral, donde las cañas formaban un muro impenetrable, un mundo privado de verdes eternos y sombras danzantes.

Se detuvieron en un claro natural, donde el suelo estaba cubierto de hojas secas que crujían bajo sus pies. Javier la miró fijamente, su respiración acelerada sincronizándose con la de ella. El viento traía el zumbido de las abejas y el canto lejano de un grillito, pero todo se desvanecía ante el pulso en sus oídos.

Te extrañé tanto, mi reina. Cada noche sueño con tu sabor —murmuró, inclinándose para besarla.

Sus labios se encontraron suaves al principio, un roce tentativo que sabía a sal y promesas. Mariana gimió bajito, abriendo la boca para recibir su lengua, cálida y exigente. El beso se profundizó, sus manos explorando: las de él en su cintura, apretando la carne suave; las de ella en su nuca, enredándose en su cabello negro y húmedo.

El vestido de Mariana cayó al suelo con un susurro, revelando su piel olivácea, pechos plenos coronados por pezones oscuros ya endurecidos por la brisa y el deseo. Javier la devoró con la mirada, lamiéndose los labios.

Qué chingona estás, carnal. Quiero comerte entera —gruñó, arrodillándose ante ella.

Sus labios trazaron un camino ardiente desde su ombligo hasta el triángulo de vello oscuro entre sus piernas. Mariana jadeó, el aire fresco contrastando con el calor de su boca. Él separó sus muslos con gentileza, inhalando su aroma almizclado de excitación, ese olor terroso y dulce que lo volvía loco.

Esto es pecado, pero qué rico pecado —pensó ella, mientras sus dedos se clavaban en su cabello.

La lengua de Javier danzó sobre su clítoris, lamiendo con lentitud tortuosa, saboreando sus jugos que fluían como miel. Ella tembló, las rodillas flaqueando, el sonido de su propia humedad mezclándose con los lametones obscenos. Cada roce era fuego, building la tensión en su vientre bajo, un nudo apretándose más y más.

Acto dos: la escalada. Javier se puso de pie, quitándose los pantalones con prisa. Su verga saltó libre, gruesa y venosa, palpitante de necesidad, la punta brillando con pre-semen. Mariana la tomó en su mano, sintiendo el calor pulsante, la piel sedosa sobre el acero. La masturbó despacio, deleitándose en su grosor, en cómo él gemía su nombre.

Chúpamela, mi amor. Quiero sentir tu boquita caliente —suplicó él, voz entrecortada.

Ella se arrodilló en las hojas secas, el suelo áspero contra sus rodillas, pero no importaba. Abrió la boca y lo engulló, saboreando la sal de su piel, el sabor ligeramente amargo de su excitación. Chupó con avidez, la lengua girando alrededor del glande, bajando hasta la base donde sus bolas pesadas rozaban su mentón. Javier gruñó, embistiendo suavemente sus caderas, follándole la boca con cuidado, siempre atento a sus señales.

El sudor les corría por la espalda, el aire cargado de su olor combinado: ella floral y salada, él terroso y varonil. Mariana sintió su propio calor goteando por sus muslos internos, el vacío en su coño clamando por ser llenado.

Ya no aguanto, Javi. Métemela ya —jadeó, poniéndose de pie y girándose, apoyando las manos en una caña gruesa.

Él no se hizo rogar. Desde atrás, la penetró de un solo empujón lento, estirándola deliciosamente. Ambos gritaron de placer, el sonido ahogado por el viento. Su verga la llenaba por completo, rozando ese punto sensible dentro de ella. Javier empezó a moverse, embestidas profundas y rítmicas, sus caderas chocando contra sus nalgas con palmadas húmedas. El cañaveral parecía moverse con ellos, las cañas susurrando aprobatoriamente.

Mariana arqueó la espalda, sintiendo cada vena, cada pulso. Sus pechos rebotaban con cada estocada, pezones rozando la caña áspera, añadiendo pinchazos de placer doloroso. Él le rodeó la cintura con un brazo, bajando la mano para frotar su clítoris hinchado, círculos rápidos que la volvían loca.

¡Más duro, pendejito! ¡Dame todo! —exigió ella, empoderada en su lujuria.

Él aceleró, sudando profusamente, gruñendo palabras sucias en su oído: tu coño me aprieta como guante, mi reina, te voy a llenar de leche. La tensión crecía, sus cuerpos resbaladizos uniéndose en frenesí. Mariana sintió el orgasmo aproximándose, un tsunami en su interior, mientras él se hinchaba más dentro de ella.

Acto tres: la liberación. El clímax la golpeó primero, un estallido de estrellas detrás de sus párpados cerrados. Gritó su nombre, el coño convulsionando alrededor de su verga, ordeñándolo. Javier la siguió segundos después, embistiendo una última vez profunda, eyaculando chorros calientes que la inundaron, goteando por sus muslos. Colapsaron juntos contra las cañas, jadeantes, cuerpos temblorosos en afterglow.

Él la besó el cuello, suave ahora, mientras el sudor se enfriaba en su piel. El aroma de sexo impregnaba el aire, mezclado con la dulzura de la caña. Mariana sonrió, saciada, el corazón lleno.

Esto fue como en los viejos tiempos, ¿no? El capítulo setenta y tres de nuestro cañaveral de pasiones cap 73, pero mejor —susurró él, riendo bajito.

Ella se giró en sus brazos, besándolo con ternura.

Quizá no sea el fin, sino un nuevo comienzo —pensó, mientras el sol se ponía, tiñendo el cielo de rojos apasionados.

Se vistieron despacio, robándose caricias, sabiendo que volverían. El cañaveral guardaba sus secretos, testigo eterno de pasiones que ardían eternas.

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