La Novena Hora de la Pasión
El sol de Viernes Santo caía a plomo sobre las calles empedradas de mi pueblo en Guadalajara, pero adentro de la capilla familiar, el aire estaba cargado de incienso y murmullos devotos. Yo, Ana, de treinta años, con mi piel morena brillando bajo el hábito negro prestado, sentía el peso de la tradición en los hombros. Mi carnal no de sangre, sino de alma, Javier, estaba a mi lado. Alto, con esa barba recortada que me volvía loca y ojos que prometían pecados disfrazados de oración. Habíamos planeado esto desde que amaneció: seguir las novenas horas de la pasión, pero con nuestro toque secreto, ese que nos hacía temblar de anticipación.
La primera hora empezó con el sacerdote recitando la agonía en el huerto. Javier y yo nos arrodillamos juntos, nuestras rodillas rozándose apenas. Sentí el calor de su muslo contra el mío, duro como la madera del banco. Órale, wey, ya mero no aguanto, pensé, mientras el olor a cera derretida me invadía las fosas nasales. Su mano grande se posó en mi rodilla, disimulada por la falda larga. Un apretón suave, pero firme. Mi corazón latió como tamborazo en fiesta. Lo miré de reojo: sonrisa pícara, esa que dice neta, esto va a estar chido.
Las horas pasaban lentas, como el sudor que me resbalaba entre los pechos. En la tercera, cuando hablaban de la flagelación, Javier susurró en mi oído: "Mamacita, imagina mis manos en tu espalda así, marcándote de placer". Su aliento cálido olía a café de olla y a hombre. Me mordí el labio, sintiendo un cosquilleo en el vientre que bajaba hasta mis muslos. Afuera, el tañido de las campanas retumbaba, pero dentro de mí, era un volcán despertando. Tocábamos más: sus dedos trazando círculos en mi pantorrilla, yo respondiendo con un roce en su entrepierna, sintiendo cómo se ponía duro como piedra bajo el pantalón.
¿Y si nos cachan? No mames, el padre nos excomulga. Pero esa idea solo me prende más. Javier es mío, y hoy, en esta novena hora de la pasión, lo voy a devorar.
Para la sexta hora, la coronación de espinas, ya no podíamos disimular el jadeo. Nos escabullimos al patio trasero de la capilla, donde los naranjos perfumaban el aire con su dulzor ácido. Me empujó contra el muro de adobe, fresco contra mi espalda ardiente. Sus labios capturaron los míos, saboreando a sal y a deseo reprimido. "Te he estado viendo todo el día, con ese culo que se mueve al arrodillarte. Neta, me tienes loco", gruñó, mientras sus manos subían por mis caderas, amasando la carne suave. Gemí bajito, el sonido ahogado por su boca. Mi lengua bailó con la suya, probando el rastro de atole que había tomado antes. El mundo se redujo a su cuerpo pegado al mío, el roce de su verga erecta contra mi monte de Venus, palpitante de necesidad.
Volvimos a la capilla fingiendo devoción, pero el fuego ya rugía. La séptima hora trajo el camino al Calvario. Javier me pasó una nota arrugada: "En la novena, nos vamos al altillo. Prepárate, pinche diosa". Reí por dentro, el papel quemándome las manos. Mi concha se humedecía con cada paso de la procesión imaginaria en mi mente. Sudor mezclado con mi aroma almizclado, ese que solo él conoce. Lo olfateé en mi cuello, excitada por mi propia esencia.
La octava hora fue tortura pura. Sentada a su lado, su mano se coló bajo mi falda, dedos expertos rozando el encaje de mis calzones. "Estás chorreando, amor", susurró. Introdujo un dedo, lento, girando dentro de mí. El calor viscoso nos unía, el sonido húmedo apenas audible bajo los salmos. Me retorcí, uñas clavadas en su brazo, olas de placer subiendo por mi espina. Pendejo tentador, pensé, pero lo amaba por eso. Mi clítoris hinchado rogaba más, pero él se detuvo, sonriendo como diablo. "Ahorita, en la novena hora de la pasión".
Y llegó. La novena hora de la pasión, esa marca en el reloj de la tarde, cuando el cielo se tiñó de morado y el silencio cayó como manto. Todos se dispersaron, pero nosotros corrimos al altillo polvoriento sobre la sacristía. El aire estaba espeso, cargado de polvo viejo y nuestro deseo fresco. Javier me alzó como si no pesara, mis piernas envolviéndolo. "Eres mi Virgen profana", dijo, besando mi cuello, lamiendo el sudor salado. Desgarró mi blusa con urgencia consentida, mis tetas saltando libres, pezones duros como chiles secos.
Caímos sobre el montón de mantos bordados, su cuerpo cubriendo el mío. Sentí cada centímetro de su piel: músculos tensos, vello áspero rozando mis senos suaves. Olía a tierra mojada después de lluvia, a macho en celo. "Tómame, Javier, ya no aguanto", rogué, voz ronca. Él se hincó, devorando mis pechos con hambre. Su lengua giraba en los pezones, succionando hasta que grité bajito. Bajó más, besando mi ombligo, lamiendo el ombligo hasta mi pubis. Separó mis labios con los dedos, exponiendo mi concha rosada, reluciente de jugos.
¡Qué rico! Su boca se hundió ahí, lengua plana lamiendo desde el ano hasta el clítoris. Saboreó mis fluidos, dulces y salados, gruñendo de placer. "Sabes a gloria, mamacita". Metió dos dedos, curvándolos contra mi punto G, mientras chupaba mi botón hinchado. El orgasmo me golpeó como rayo: espasmos violentos, piernas temblando, un chorro caliente empapando su barbilla. Grité su nombre, el eco perdido en las vigas.
Pero no paró. Se quitó la ropa, su verga saltando libre, gruesa, venosa, goteando precum. La tomé en mano, piel aterciopelada sobre acero. La masturbe lento, sintiendo el pulso en mi palma. "Fóllame ya, cabrón", exigí, empoderada en mi lujuria. Él obedeció, embistiéndome de un golpe. Llenándome hasta el fondo, estirándome deliciosamente. El roce era fuego: su glande besando mi cervix, mis paredes contrayéndose a su ritmo.
Nos movimos como animales salvajes. Yo encima primero, cabalgándolo con furia, tetas rebotando, uñas arañando su pecho. El sudor nos unía, slap-slap de carne contra carne. Él debajo, manos en mis nalgas, guiándome más profundo. "¡Más rápido, Ana! ¡Dame todo!". El olor a sexo impregnaba el altillo: almizcle, sudor, semen próximo. Gemidos sincronizados con el viento que ululaba afuera.
Cambié de posición, de rodillas, él detrás. Me penetró como toro, una mano en mi clítoris, la otra tirando mi pelo suave. Cada embestida mandaba ondas de éxtasis. "Me vengo, amor", avisó. "Dentro, lléname". Su verga se hinchó, explotando chorros calientes que me inundaron. Mi segundo orgasmo lo apretó, ordeñándolo hasta la última gota. Colapsamos, jadeantes, cuerpos entrelazados en charco de placer.
En el afterglow, yacimos ahí, el sol poniente filtrándose por las rendijas. Su cabeza en mi pecho, escuchando mi corazón calmarse. "Esto fue nuestra novena hora de la pasión", murmuró, besando mi piel. Reí suave, acariciando su cabello revuelto. Afuera, el pueblo rezaba, pero nosotros habíamos encontrado nuestra redención en el pecado consentido. Mañana sería otro día, pero este Viernes Santo quedaría grabado en mi carne, en mi alma. Empoderada, satisfecha, lista para más.