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La Historia del Diario de una Pasion es Real

6608 palabras

La Historia del Diario de una Pasion es Real

Todo empezó en ese cafecito chiquito de la Condesa, con su aroma a café de olla recién molido y el bullicio de la gente que pasaba por Ámsterdam. Yo, Ana, treinta y dos años, soltera por elección después de un par de relaciones que no cuajaron, me senté en la mesita de la esquina con mi libreta nueva. Diario de una pasión, le puse en la portada con plumón negro. Quería escribir mis pensamientos, mis antojos, esas noches en que el cuerpo me ardía sin razón. Neta, necesitaba desahogarme.

Ahí lo vi por primera vez. Alto, moreno, con esa sonrisa pícara que te hace mojar las panties sin permiso. Se llamaba Diego, güey de veintiocho, arquitecto que andaba por ahí con su laptop. Pidió un americano y se sentó en la mesa de al lado. Nuestras miradas se cruzaron, y ¡órale! sentí un cosquilleo en el estómago, como si el aire se hubiera espesado con olor a jazmín de los puestos cercanos.

Hoy conocí a un tipo que me miró como si ya me hubiera quitado la ropa. Su voz ronca cuando pidió su café me erizó la piel. ¿Será que esta pasión que siento es real? Tengo que anotarlo todo.

Acto seguido, se acercó. "¿Te molesta si me siento aquí? Tu libreta parece interesante", dijo con ese acento chilango puro. Le sonreí, coqueta, y le conté que era mi diario secreto. Hablamos horas: de la ciudad que nos volvía locos, de tacos al pastor que nos hacían salivar, del calor que subía en las noches de verano. Al despedirnos, su mano rozó la mía, un toque eléctrico que me dejó el corazón latiendo como tamborazo zacatecano. Esa noche, en mi depa de Polanco, con el sonido de los coches allá abajo y el ventilador zumbando, me toqué pensando en él. Mis dedos resbalaban en mi humedad, imaginando sus labios en mi cuello.

Los días siguientes fueron puro fuego lento. Mensajes por WhatsApp: "Pienso en tu risa, nena". Salimos a caminar por el Bosque de Chapultepec, el sol calentando nuestra piel, el olor a churros fritos mezclándose con su colonia amaderada. Cada roce era una promesa. Una tarde, en un banco apartado, me besó. Sus labios suaves pero firmes, lengua explorando mi boca con sabor a menta. Gemí bajito, sintiendo mis pezones endurecerse contra la blusa. "Quiero más", susurré, pero nos frenamos. La tensión crecía, como el calor antes de la tormenta.

La historia de este diario de una pasión es real. Cada beso de Diego me quema por dentro. Siento su aliento en mi oreja, sus manos grandes apretando mi cintura. ¿Cuánto más aguantaré?

En el medio de todo, dudé. ¿Y si era solo un rato? Yo quería algo que me hiciera vibrar el alma, no solo el cuerpo. Pero Diego me mandaba fotos de atardeceres en Xochimilco, con promesas de chinampa privada. "Ven, déjame mostrarte lo que siento". Mi mente daba vueltas: el trabajo estresante en la agencia de publicidad, las amigas que decían "¡Échate un clavado, pendeja!". Al final, cedí al deseo que me carcomía.

Quedamos en su loft en la Roma, con vistas a las luces de la ciudad parpadeando como estrellas caídas. Entré temblando de anticipación, el aire cargado de incienso y su aroma masculino. Me sirvió un mezcal ahumado, el líquido quemándome la garganta, aflojándome las inhibiciones. Nos besamos de pie, sus manos subiendo por mi espalda, desabrochando el bra. Mis tetas libres, pezones duros rozando su pecho peludo. "Eres preciosa, Ana", murmuró, lamiendo mi lóbulo.

Me llevó a la cama king size, sábanas de algodón egipcio suaves como caricia. Se quitó la camisa, revelando abdominales marcados por gym y sudor salado que lamí con gusto. Bajé sus jeans, su verga saltando erecta, venosa, con gota precorial brillando. La tomé en la mano, piel caliente y sedosa, palpitando. "Chúpamela, mi reina", pidió con voz ronca. Me arrodillé, lengua rodeando el glande, saboreando su esencia salada. Lo succioné profundo, garganta acomodándose, sus gemidos como música, manos en mi pelo guiándome sin forzar. El sonido húmedo de mi boca, su respiración agitada, el olor a sexo naciente... todo me volvía loca.

Me recostó, besando mi vientre, bajando a mi monte de Venus depilado. Separó mis labios mayores, lengua en mi clítoris hinchado. "¡Ay, Diego, qué rico!" grité, caderas arqueándose. Lamía despacio, chupando mi botoncito, dedos curvándose dentro de mí tocando ese punto que me hacía ver estrellas. Mi jugo lo empapaba, olor almizclado llenando la habitación. El orgasmo vino en olas, piernas temblando, grito ahogado contra la almohada.

Neta, esto es lo que necesitaba. Su lengua en mi concha, sus dedos follándome suave. La pasión es real, carnal, viva.

Pero no paró. Me puso a cuatro patas, nalgas en alto, su verga rozando mi entrada húmeda. "¿Quieres que te la meta?" preguntó, juguetón. "Sí, pendejo, métemela toda", respondí empoderada, guiándolo. Entró lento, centímetro a centímetro, estirándome delicioso. Llenándome hasta el fondo, testículos contra mi clítoris. Empezó a bombear, ritmo creciente, piel chocando con palmadas resonantes. Sudor goteando, mezclado con nuestros jugos. Agarré las sábanas, uñas clavándose, mientras él me azotaba suave la nalga, "¡Qué rica estás!".

Cambié de posición, cabalgándolo. Sus manos en mis tetas rebotando, yo controlando el vaivén, verga golpeando profundo. Mirada fija en sus ojos oscuros, conexión más allá de lo físico. El clímax nos tomó juntos: yo convulsionando, concha apretándolo, él gruñendo "¡Me vengo!", chorros calientes inundándome. Colapsamos, cuerpos pegajosos, respiraciones entrecortadas, el pulso latiendo en unisono.

Después, en la afterglow, con su brazo alrededor de mi cintura, el olor a sexo y mezcal flotando, hablamos. "Esto no es un rato, Ana. Quiero más páginas en tu diario", dijo besando mi hombro. Reí, sintiéndome plena, empoderada. La ciudad ronroneaba afuera, pero adentro, la pasión ardía quieta, prometiendo más.

La historia del diario de una pasión es real. Diego y yo la escribimos con cuerpos y almas. Y seguirá, neta.

Desde esa noche, el diario se llenó de nosotros: escapadas a Valle de Bravo, donde el lago lamía la playa como su lengua a mí; mañanas de sexo lento con café en la cama. La tensión se disolvió en entrega mutua, deseo que nutre en vez de consumir. Soy más yo misma, más viva, gracias a él. Y esta historia, carnal y verdadera, late en cada letra.

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