Leer Es Mi Pasion Desnuda
Desde chiquita, leer es mi pasión. Nada me prende más que perderme entre las páginas de un buen libro, sentir el roce del papel contra mis dedos, oler esa fragancia antigua que sale de los lomos gastados. Vivo en el corazón de la Ciudad de México, en un departamentito coqueto en la Roma, rodeada de pilas de novelas que me transportan a mundos prohibidos. Pero últimamente, la rutina me tenía hasta la madre. Mi chamba en la agencia de publicidad me chingaba el alma, y las noches solitarias se sentían como un vacío que ni los bestsellers llenaban del todo.
Una tarde de viernes, con el sol cayendo a plomo sobre las calles empedradas, entré a El Rincón de las Letras, una librería escondida en una callecita de la Condesa. El aire adentro era fresco, cargado de ese aroma a tinta y madera vieja que me eriza la piel. Me perdí entre los anaqueles, mis manos acariciando las portadas como si fueran amantes. Ahí lo vi: Diego, el dueño, un morro alto, de ojos café intenso y sonrisa pícara que parecía salida de una novela romántica. Estaba acomodando unos tomos de erotismo latino, con músculos marcados bajo la camisa ajustada.
—Órale, qué chido verte tan concentrada —me dijo, su voz grave como un ronroneo—. ¿Buscas algo en especial, o nomás vienes a oler los libros?
Me reí, sintiendo un cosquilleo en el estómago. —Leer es mi pasión, carnal. Pero hoy ando con antojo de algo... picante.
Él arqueó la ceja, y me pasó un libro de Isabel Allende con pasajes que queman. Nuestras manos se rozaron, y juro que sentí una chispa, como electricidad estática en pleno verano. Charlamos un rato, neta conectamos. Hablamos de Rayuela, de Cien años de soledad, pero el tema viró rápido a lo erótico. Diego confesó que le flipaba la literatura que despierta los sentidos, que lo ponía a mil.
¿Y si te invito un café en la trastienda? Ahí tengo unos tesoros que no vendo al público, pensó mi mente, pero en voz alta solo asentí, el corazón latiéndome como tambor de cumbia.
La trastienda era un paraíso: sillones de piel gastada, velas titilando y estantes repletos de ediciones prohibidas. Nos sentamos cerquita, el olor a café recién molido mezclándose con su colonia amaderada. Leí en voz alta un fragmento ardiente, mi voz temblando un poquito. Él se acercó, su aliento cálido en mi cuello.
—Tu voz... neta me pone —murmuró, y sus dedos trazaron mi brazo, suaves como páginas de seda.
El deseo creció despacio, como una novela bien armada. Primero fueron miradas que se clavaban, luego toques casuales: su mano en mi rodilla, la mía en su muslo firme. Sentí el calor subiendo por mi piel, el pulso acelerado en las sienes. Esto es real, no es ficción, me dije, mientras él me besaba el lóbulo de la oreja, su lengua juguetona enviando ondas de placer hasta mi centro.
Nos levantamos, pegados como imanes. Sus labios encontraron los míos, un beso hambriento, con sabor a café y promesas. Gemí bajito cuando sus manos se colaron bajo mi blusa, acariciando mis pechos con ternura experta. Los pezones se endurecieron al instante, rogando atención. —Qué rica estás, morra —susurró, y yo respondí arqueándome contra él, oliendo su sudor limpio mezclado con el perfume de los libros.
La tensión escaló. Lo empujé contra el sillón, desabrochando su camisa con dedos ansiosos. Su pecho era un mapa de músculos duros, salpicado de vello oscuro que lamí con deleite, saboreando la sal de su piel. Él rio, juguetón: —¡Eres una fiera, wey! —y me quitó el sostén, chupando mis tetas con hambre, su lengua girando en círculos que me hicieron jadear.
Me recostó en el sillón, besando mi vientre, bajando despacio. El roce de su barba incipiente en mis muslos me volvió loca. —Dime si quieres que pare —dijo, siempre atento, y yo negué con la cabeza, abriendo las piernas. Su boca llegó a mi panocha, ya empapada, lamiendo con maestría. Sentí su lengua explorando cada pliegue, succionando mi clítoris hinchado. El placer era un torbellino: sonidos húmedos, mi respiración entrecortada, el aroma almizclado de mi excitación llenando el aire.
Leer es mi pasión, pero esto... esto es vida pura, carnal.
Lo jalé hacia arriba, desesperada por sentirlo dentro. Nos quitamos la ropa restante en un frenesí, piel contra piel. Su verga estaba dura como piedra, gruesa y venosa, palpitando en mi mano. La acaricié, sintiendo su calor, el pre-semen lubricando mi palma. —Te quiero adentro, ya —rogué, y él se puso condón con manos temblorosas, siempre responsable.
Entró despacio, llenándome centímetro a centímetro. Grité de gusto, mis uñas clavándose en su espalda. Nos movimos en ritmo perfecto, él embistiéndome profundo, yo envolviéndolo con mis caderas. El sillón crujía bajo nosotros, mezclándose con nuestros gemidos: ¡Ay, sí! ¡Más duro, pendejo! Sudor perlando nuestros cuerpos, el slap-slap de carne contra carne, el olor a sexo crudo invadiendo todo.
La intensidad subió. Cambiamos posiciones: yo encima, cabalgándolo como reina, mis tetas rebotando, sus manos amasando mi culo. Luego de lado, él detrás, mordisqueando mi cuello mientras me penetraba con fuerza controlada. Cada roce de su pubis contra mi clítoris me acercaba al borde. Sentía las contracciones building up, el orgasmo acechando como clímax de una gran novela.
—Vente conmigo —jadeó, y explotamos juntos. Mi coño se apretó alrededor de él en espasmos violentos, olas de placer sacudiéndome entera. Grité su nombre, lágrimas de éxtasis en los ojos. Él gruñó, temblando, vaciándose en pulsos calientes dentro del condón.
Caímos exhaustos, enredados, respiraciones agitadas calmándose poco a poco. Su mano acariciaba mi cabello húmedo, besos suaves en la frente. El cuarto olía a nosotros, a libros y a satisfacción profunda.
—Neta, leer es mi pasión —le dije después, riendo bajito—, pero contigo, todo se siente como el mejor capítulo.
Él sonrió, atrayéndome más cerca. —Entonces hagamos una serie, ¿no?
Salí de la librería al amanecer, piernas flojas, el cuerpo zumbando de recuerdos. La ciudad despertaba con cláxones y vendedores ambulantes, pero yo flotaba. Desde ese día, visito El Rincón no solo por libros, sino por él. Leer es mi pasión, pero ahora compartirla con Diego la hace eterna, desnuda, viva. Y cada noche, al hojear una página, siento su toque fantasma, prometiendo más aventuras entre letras y carne.