Pasiones Prohibidas Novela Brasileña
Ana se recostó en el sofá de su departamento en la Condesa, con el control remoto en la mano y una chela fría sudando en el mesita. La pantalla del tele brillaba con las pasiones prohibidas novela brasileña que la tenía clavada todas las noches. Esa novela, llena de amores imposibles en playas de Río y haciendas llenas de secretos, le aceleraba el pulso como nada. Olía a palmeras y salitre, aunque estuviera en pleno DF, con el ruido de los coches allá abajo y el aroma de tacos de suadero colándose por la ventana.
Neta, ¿por qué me pongo así con esta novela pendeja? pensó, mientras la protagonista, una morra de curvas imposibles, se besaba con su cuñado en una escena que la ponía mojada sin remedio. Ana se mordió el labio, sintiendo el calor subirle por el pecho. Tenía veintiocho, soltera por elección, pero con un carnal que le revolvía las tripas: Marco, el hermano de su mejor amiga Lupita. Lupita estaba de viaje en Cancún por trabajo, y Marco había caído de visita con una six de Indio y pretextos de "ver la novela juntos, ¿no que te encanta?".
Él llegó con su playera ajustada que marcaba los pectorales, jeans rotos en las rodillas y esa sonrisa de pendejo que la desarmaba. Se sentó a su lado, tan cerca que Ana sintió el calor de su muslo contra el suyo. El aire olía a su colonia, esa que era pura madera y picante, mezclada con el sudor ligero de la noche calurosa.
—Órale, Ana, esta novela está cañona —dijo Marco, con la voz ronca, pasando un brazo por el respaldo del sofá—. Mira nomás cómo se miran esos dos. Neta que parecen nosotros.
Ana rio nerviosa, el corazón latiéndole como tambor de cumbia.
¿Nosotros? ¿Qué wey?Pero no dijo nada, solo tomó un trago de chela, sintiendo el gas fresco bajar por su garganta. En la pantalla, la pareja se tocaba con manos temblorosas, el sonido de sus respiraciones agitadas llenando la sala. Ana cruzó las piernas, apretando los muslos para calmar el cosquilleo que le subía desde el centro.
La primera pausa comercial llegó, y Marco no se movió. Sus dedos rozaron su hombro desnudo, donde la blusa de tirantes dejaba la piel expuesta. Un toque eléctrico, como chispas de un foco fundido.
—Sabes que Lupita no está, ¿verdad? —murmuró él, su aliento cálido en su oreja—. Pero esto... esto es como la novela. Pasiones prohibidas.
Ana giró la cara, sus ojos encontrándose con los de él, oscuros y hambrientos. Prohibidas, sí, porque él era familia por afinidad, porque Lupita los mataría si supiera. Pero neta, el deseo era más fuerte que cualquier weyada moral. Ella asintió, lenta, y sus labios se rozaron en un beso tentativo, suave como mango en boca.
El beso explotó. Lenguas danzando, sabor a chela y a menta de su chicle. Manos de Marco en su cintura, atrayéndola, el roce áspero de sus palmas callosas contra la piel lisa. Ana gimió bajito, el sonido ahogado por su boca. Olía a él, a macho sudado, a deseo crudo. Se subió a horcajadas sobre sus piernas, sintiendo la dureza de su verga presionando contra su entrepierna a través de la tela delgada de su short.
Esto está mal, pero qué chido se siente, pensó ella, mientras le quitaba la playera, revelando el pecho moreno, músculos tensos bajo sus uñas. Él gruñó, besándole el cuello, lamiendo la sal de su piel. El tele seguía con la novela de fondo, gemidos brasileños mezclándose con los suyos.
Marco la levantó como si no pesara, caminando al cuarto con ella envuelta en sus brazos. La cama king size crujió bajo su peso, sábanas frescas oliendo a lavanda del suavizante. La desvistió despacio, besando cada centímetro: los hombros, los pechos firmes con pezones duros como piedras de hielo. Ana arqueó la espalda, el aire fresco besando su piel desnuda, mientras sus manos bajaban a los jeans de él, liberando la polla gruesa, palpitante, con una gota de pre-semen brillando en la punta.
—Te quiero adentro, pendejo —susurró ella, voz ronca de pura necesidad.
Él sonrió, ese grin de cabrón que la volvía loca, y se hundió entre sus piernas, lamiendo su clítoris con lengua experta. Ana jadeó, el placer como olas del Pacífico chocando, su sabor salado en la boca de él. Dedos gruesos entrando y saliendo, curvándose justo ahí, donde dolía rico. Ella se retorcía, sábanas enredadas en puños, el olor a sexo llenando el cuarto: almizcle, sudor, excitación pura.
Pero no era solo físico. En su mente, flashes de la novela: pasiones prohibidas que ardían pese a todo. Esto es nuestro secreto, Marco. Como ellos. Él subió, posicionándose, la cabeza de su verga rozando su entrada húmeda. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándola, llenándola hasta el fondo. Ana gritó de placer, uñas clavadas en su espalda, sintiendo cada vena, cada pulso.
Se movieron en ritmo, él embistiendo profundo, ella clavándose contra él. Sonidos de piel contra piel, chapoteos húmedos, gemidos en español mexicano crudo: "¡Más, cabrón! ¡Dame todo!". El sudor les pegaba los cuerpos, resbaloso, caliente. Ana sentía su corazón galopando, pechos rebotando con cada thrust, el olor de sus axilas mezclándose con perfume caro.
La tensión crecía, como tormenta en el desierto. Marco la volteó a cuatro patas, agarrando sus caderas, follando más duro. Ella empujaba hacia atrás, pidiendo guerra.
¡Sí, así, no pares!El clímax la golpeó primero: olas de fuego desde el clítoris al cerebro, piernas temblando, chorros de placer mojando las sábanas. Él la siguió, gruñendo como animal, corriéndose adentro con chorros calientes que la llenaban.
Colapsaron juntos, jadeantes, pieles pegajosas. Marco la abrazó por detrás, besándole la nuca, su verga aún semi-dura dentro. El cuarto olía a sexo satisfecho, a paz después de la batalla. Afuera, la ciudad zumbaba indiferente.
—Neta que fue como la novela —dijo él, voz perezosa, dedos trazando círculos en su vientre.
Ana sonrió, girando para besarlo suave. Pasiones prohibidas, sí, pero qué valió la pena. Lupita volvería en unos días, y tendrían que fingir, pero esto... esto era suyo. Un secreto ardiente, como las novelas brasileñas que los unieron. Se durmió con su calor envolviéndola, saboreando el afterglow, el pulso calmándose en armonía.