Mi Pasión Por Ti
La noche en la playa de Puerto Vallarta se sentía como un sueño caliente y pegajoso. El aire traía ese olor salado del mar mezclado con el aroma dulce de las flores de bugambilia que trepaban por las paredes de nuestra casita rentada. Yo, Ana, llevaba todo el día pensando en ti, mi pasión por ti ardiendo como el sol que se ponía allá afuera, tiñendo el cielo de rojos y naranjas. Habías salido temprano a pescar con los carnales, y yo me quedé aquí, sintiendo cómo mi cuerpo se ponía ansioso solo de imaginarte regresando, con esa sonrisa pícara que me derrite.
Me puse ese vestido rojo ligero que te vuelve loco, el que se pega a mis curvas como una segunda piel. No traía nada debajo, neta, porque sabía que esta noche no íbamos a perder tiempo en juegos tontos. Oí el motor de la camioneta acercándose por el camino de arena, y mi corazón empezó a latir como tamborazo en una fiesta. Salí al porche, el viento juguetón levantando el borde del vestido, rozando mis muslos. Ahí estabas tú, Javier, bajándote con el torso bronceado brillando de sudor, el pelo revuelto y esa mirada que dice te voy a comer viva.
Mi pasión por ti me tiene loca, wey. ¿Cuándo vas a llegar y hacerme tuya de una vez?
—¡Órale, mamacita! —gritaste, dejando caer la hielera con los pescados—. ¿Ya me extrañabas?
Te acerqué corriendo, mis pies hundiéndose en la arena tibia. Tus brazos me rodearon fuerte, y sentí el calor de tu pecho contra el mío, ese olor a mar y hombre que me enloquece. Nuestros labios se encontraron en un beso salado, tus manos bajando por mi espalda hasta apretar mis nalgas con esa posesión que me hace gemir bajito.
Entramos a la casa tropezando, riéndonos como pendejos enamorados. La puerta se cerró con un bang, y ya estabas levantándome el vestido, tus dedos ásperos de tanto jalar redes rozando mi piel desnuda. —Eres una chingona —murmuraste contra mi cuello, mordisqueando suave—. Nada de calzones, ¿eh? Sabías que te iba a llegar con hambre.
Mi risa se cortó en un jadeo cuando tus labios bajaron a mis pechos, chupando un pezón endurecido. El roce de tu barba incipiente me erizó la piel, y el sonido de tu succión húmeda llenó la sala. Te empujé al sofá, queriendo tomar el control un rato. Me senté a horcajadas sobre ti, sintiendo tu verga dura presionando contra mi centro a través de tus shorts. La froté despacio, viéndote cerrar los ojos y gruñir como animal.
—Mi pasión por ti es esto, Javier —te susurré al oído, lamiendo el lóbulo—. Te quiero ahora.
Pero no te dejé ganar fácil. Me levanté, caminando contoneándome hacia la cocina, sabiendo que me seguías con los ojos clavados en mi culo. Abrí la refri y saqué dos chelas frías, el condesado goteando en mis dedos. Te la pasé, chocamos botellas, y bebimos directo del cuello, el líquido helado bajando por mi garganta mientras tú me mirabas como si quisieras devorarme entera.
La tensión crecía como ola en tormenta. Tus manos me acorralaron contra la mesa, el olor de la cerveza mezclándose con el mío, ese almizcle de excitación que ya nos envolvía. Me volteaste de espaldas, pegando tu cuerpo al mío. Sentí tu erección dura como piedra contra mis nalgas, y un dedo tuyo se coló entre mis piernas, encontrándome empapada. —Estás chorreando, Ana —dijiste con voz ronca, metiendo dos dedos adentro, curvándolos justo donde me vuelve loca.
Me arqueé contra ti, mis uñas clavándose en la madera de la mesa. El sonido de mis gemidos rebotaba en las paredes, y el squelch húmedo de tus dedos entrando y saliendo me hacía morderme el labio. Esto es lo que necesitaba, pendejo. Tu toque que me desarma, pensé, mientras mi clítoris palpitaba pidiendo más.
Te quité los shorts de un jalón, tu verga saltando libre, gruesa y venosa, con esa gota de precum brillando en la punta. La tomé en mi mano, sintiendo el pulso acelerado bajo la piel caliente. La apreté, moviendo despacio, y tú echaste la cabeza atrás con un ¡Carajo! que me hizo sonreír. Me arrodillé, el piso fresco contra mis rodillas, y la lamí desde la base hasta la cabeza, saboreando ese gusto salado y masculino que es puro tú.
Tu mano enredó en mi pelo, guiándome sin forzar, mientras yo te chupaba profundo, mi lengua girando alrededor. Los gemidos tuyos eran música, graves y urgentes, vibrando en mi pecho. Pero no te dejé acabar ahí. Me puse de pie, jalándote al cuarto. La cama king size nos esperaba, sábanas blancas revueltas de la mañana.
Acto dos de nuestra noche: la escalada. Te tumbé boca arriba, montándote como amazona. Tu verga se deslizó adentro de mí de una, llenándome hasta el fondo. El estiramiento ardía rico, y empecé a moverme lento, sintiendo cada vena rozando mis paredes internas. Tus manos en mis caderas me guiaban, pero yo marcaba el ritmo, rebotando cada vez más fuerte. El plaf plaf de piel contra piel, el crujido de la cama, mis tetas saltando —todo era sinfonía de deseo.
Mi pasión por ti me consume, Javier. Eres mi vicio, mi todo.
—Más rápido, mamacita —suplicaste, tus ojos oscuros fijos en los míos. Aceleré, mi sudor goteando en tu pecho, el olor de sexo impregnando el aire. Cambiamos: tú encima, embistiéndome profundo, tus pelotas golpeando mi culo. Mordiste mi hombro, dejando marca, y yo clavé mis talones en tu espalda, pidiendo ¡Más!.
La intensidad subía. Te volteé a cuatro patas, yo detrás, lamiendo tus bolas mientras te pajeaba. Luego, misiónero con piernas en tus hombros, penetrando tan hondo que veía estrellas. El clímax se acercaba, mi vientre apretándose, tu verga hinchándose más.
—Vente conmigo —jadeaste, y explotamos juntos. Mi orgasmo me sacudió como terremoto, paredes contrayéndose alrededor de ti, chorros de placer mojando las sábanas. Tú gruñiste largo, llenándome con chorros calientes que sentía pulsar adentro. Colapsamos, jadeando, cuerpos pegajosos de sudor y fluidos.
El afterglow fue puro paraíso. Te quedaste adentro un rato, besándome suave, nuestras respiraciones sincronizándose. El mar rugía afuera, como aplaudiendo. —Eres lo máximo, Ana —dijiste, acariciando mi pelo—. Mi pasión por ti no para.
Nos duchamos juntos después, agua caliente lavando el sudor, manos explorando perezosas. En la cama, envueltos en sábanas frescas, hablamos de tonterías, riéndonos. Mi cabeza en tu pecho, oyendo tu corazón calmándose, supe que esto era real. Mi pasión por ti no es solo fuego; es hogar, wey. Y mañana, repetimos.