Abismo de Pasion Rosendo
La noche en la playa de Puerto Vallarta olía a sal marina y a jazmines silvestres que se mecían con la brisa cálida. Tú caminabas descalza por la arena tibia, el vestido ligero pegándose a tu piel por el sudor del día eterno de verano. Habías llegado sola, buscando un poco de aventura, esa chispa que te hacía sentir viva después de meses de rutina en la ciudad. El sonido de las olas rompiendo suave contra la orilla te hipnotizaba, y de fondo, una ranchera sonaba en un palapa cercano, con risas y clinks de botellas de cerveza.
Allí lo viste por primera vez. Rosendo. Alto, moreno, con esa camiseta ajustada que marcaba los músculos de sus brazos tatuados con águilas y serpientes. Estaba recargado en la barra improvisada, charlando con unos cuates, pero sus ojos oscuros te atraparon como un imán. ¿Qué carajos?, pensaste, sintiendo un cosquilleo en el estómago. Él sonrió, esa sonrisa pícara que prometía problemas del bueno, y levantó su chela hacia ti en un brindis silencioso.
Te acercaste, el corazón latiéndote como tambor en una fiesta. "Qué onda, preciosa", dijo con voz grave, ronca como el rugido del mar en tormenta. "Soy Rosendo. ¿Vienes a bailar o nomás a verte bonita?" Su acento norteño, puro sinaloense, te erizó la piel. Respondiste con una risa nerviosa, pidiendo una michelada fría que él mismo te preparó, sus dedos rozando los tuyos al pasártela. Ese toque fue eléctrico, un chispazo que te recorrió desde las yemas hasta el centro de tu ser.
Hablaron de todo y nada. De la luna llena que pintaba el agua de plata, de cómo él era pescador de día y DJ de corridos en las noches de palapa. Tú le contaste de tu escape de la oficina en Guadalajara, de cómo necesitabas sentirte libre, deseada. Sus ojos no se despegaban de los tuyos, bajando de vez en cuando a tus labios, a tu escote que subía y bajaba con cada respiración. "Neta, güey, tienes unos ojos que me llevan al abismo", murmuró, y tú sentiste que el aire se espesaba, cargado de promesas.
¿Y si me dejo llevar? ¿Y si esta noche es mía?
La música cambió a un cumbia rebajada, lenta, pegajosa. Rosendo te tomó de la mano, tirando de ti hacia la pista de arena. Sus manos grandes en tu cintura, tu espalda arqueándose contra su pecho duro. Bailaban pegados, el sudor mezclándose, su aliento caliente en tu cuello oliendo a tequila y hombre. Sentías su verga endureciéndose contra tus nalgas, y en lugar de alejarte, apretaste más, un gemido escapando de tus labios. "Mamacita, me estás volviendo loco", gruñó en tu oreja, mordisqueándola suave.
El deseo crecía como ola imparable. Sus manos bajaron por tus caderas, apretando tu carne, mientras tú girabas para mirarlo de frente, tus pechos rozando su torso. Lo besaste primero, audaz, tus lenguas enredándose en un baile húmedo, salado. Saboreabas la cerveza en su boca, el picor del limón, y él respondía con hambre, devorándote como si fueras el último sorbo de agua en el desierto.
"Ven conmigo", susurró, jalándote hacia las palmeras al fondo de la playa, donde la luz de la fogata apenas llegaba. El suelo era suave de hojas secas, el aire denso con olor a tierra mojada y mar. Se tumbaron sobre una manta que él sacó de quién sabe dónde, riendo como chavos pendejos. Sus besos bajaron por tu cuello, lamiendo el sudor salado, chupando tus pezones que se endurecían al aire fresco. Qué chido se siente esto, pensaste, arqueándote mientras él deslizaba tu vestido hacia arriba, exponiendo tus muslos temblorosos.
Tú no te quedaste atrás. Tus uñas arañaron su espalda, bajando hasta desabrochar su jeans. Su verga saltó libre, gruesa, venosa, palpitando en tu mano. La acariciaste despacio, sintiendo el calor, la suavidad de la piel sobre el acero. "Sí, así, mi reina", jadeó él, su voz quebrada. Lo masturbaste con ritmo, el sonido húmedo mezclándose con las olas, mientras él metía dedos en tu panocha ya empapada, resbalosos de tus jugos. Olía a sexo, a almizcle dulce, y gemías bajito, mordiéndote el labio para no gritar.
Pero querías más. Lo empujaste boca arriba, montándote sobre él como amazona. Su mirada era fuego puro, el abismo de pasión Rosendo que te había mencionado en un susurro antes, como si su nombre mismo evocara ese pozo sin fondo de lujuria. Te hundiste en él centímetro a centímetro, su verga llenándote hasta el fondo, estirándote delicioso. "¡Ay, cabrón!", gritaste, el placer punzando como chile fresco. Cabalgaste lento al principio, sintiendo cada roce, cada vena contra tus paredes internas, tus clítoris rozando su pubis.
El ritmo aceleró. Tus tetas rebotaban, él las atrapaba con manos ansiosas, pellizcando pezones. Sudor chorreaba por tu espalda, goteando en su pecho. El sonido de carne contra carne, chapoteante, obsceno, te volvía loca. "Más fuerte, Rosendo, cógeme duro", suplicaste, y él obedeció, embistiéndote desde abajo con fuerza brutal pero controlada, sus caderas chocando las tuyas. Olías su sudor masculino, sentías el vello de su pecho erizándote la piel, el sabor de su piel salada en tu lengua cuando lo besabas.
Esto es el abismo, neta. No hay vuelta atrás. Solo placer infinito.
La tensión subía, espiral de fuego en tu vientre. Tus muslos temblaban, el orgasmo acechando como tormenta. Él lo sentía, sus dedos en tu clítoris frotando en círculos rápidos. "Vente conmigo, preciosa, déjate ir en mi abismo de pasión". Ese nombre, abismo de pasión Rosendo, resonó en tu mente como mantra erótico mientras explotabas. El mundo se volvió blanco, pulsos retumbando en oídos, tu concha contrayéndose alrededor de su verga, ordeñándolo. Él rugió, llenándote con chorros calientes, su semen mezclándose con tus jugos, desbordando.
Colapsaron juntos, jadeando, cuerpos enredados en la manta. El mar susurraba aprobación, la brisa secando el sudor pegajoso. Rosendo te besó la frente, suave ahora, protector. "Eres increíble, mi amor. Quédate un rato más". Tú sonreíste, el cuerpo lánguido, satisfecho, el corazón pleno. En ese momento, el abismo no era terror, sino hogar cálido, lleno de promesas.
La luna testigo, se quedaron así hasta el amanecer, hablando en susurros, riendo de tonterías. Sabías que esto era solo el principio, un viaje al fondo de esa pasión que Rosendo despertaba en ti. Y qué chido se sentía caer, una y otra vez.