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Canciones de Amor Pasional en la Piel

6335 palabras

Canciones de Amor Pasional en la Piel

La noche en el DF caía como un manto de terciopelo negro, con ese olor a jazmín y tacos de la calle que se colaba por la ventana abierta de mi depa en la Roma. Yo, Ana, acababa de llegar de un pinche día de locos en la oficina, con el cuerpo tenso como cuerda de guitarra. Mi carnal, Javier, ya estaba ahí, esperándome con una chela fría en la mano y esa sonrisa pícara que me deshace las rodillas. Neta, este wey sabe cómo hacerme olvidar todo, pensé mientras lo veía revolver en la vieja maleta de discos de mi abuelita.

"Mira lo que encontré, mi reina", dijo él, sacando un vinilo rayado pero precioso de Agustín Lara. "Canciones de amor pasional puras, pa' que nos pongamos románticos". Su voz ronca me erizó la piel, y el corazón me latió más fuerte. Puse el disco en el tocadiscos, y el needle rasgó el silencio con las primeras notas de Solamente una vez. La melodía se enredó en el aire caliente, envolviéndonos como humo de incienso. Olía a su colonia barata mezclada con el sudor fresco de la tarde, y sentí un cosquilleo en el estómago, ese que avisa que la noche va pa'lante.

Nos sentamos en el sillón viejo, pegaditos, con las piernas enredadas. Su mano grande y callosa –de tanto trabajar en la construcción– se posó en mi muslo, subiendo despacito por debajo de la falda corta que me había puesto a propósito. "Estás chida hoy, Ana", murmuró al oído, su aliento cálido con sabor a limón de la chela. Yo cerré los ojos, dejando que la voz de Lara me invadiera: Palabras de amor solamente una vez.... El deseo empezó a bullir, lento como el tequila que nos servimos después. Hablamos de tonterías, de cómo nos conocimos en una fiesta en Coyoacán, bailando cumbia hasta el amanecer. Pero sus dedos ya jugaban con el borde de mi panty, y yo sentía mi piel ardiendo, el pulso acelerado en las sienes.

¿Por qué carajos me pongo así con él? Es como si su toque encendiera fuegos artificiales en mi sangre. Neta, Javier es mi vicio.

La canción cambió a Bésame Mucho, y ya no aguantamos. Me paré, jalándolo conmigo, y empezamos a bailar pegaditos en la penumbra de la sala. Su pecho duro contra mis tetas, el roce de su verga ya semi-dura contra mi cadera. Olía a él por todos lados: macho, sudor, deseo crudo. Mis manos se metieron por debajo de su playera, sintiendo los músculos tensos del abdomen, ásperos por el vello. "Ay, pendejo, me estás poniendo caliente", le susurré, mordiéndole el lóbulo de la oreja. Él rio bajito, esa risa que vibra en el pecho como tambor, y me apretó el culo con fuerza, amasándolo como masa de tamal.

El beso vino como tormenta. Sus labios gruesos devoraron los míos, lengua invadiendo con sabor a cerveza y menta. Gemí contra su boca, el sonido ahogado por la música que ahora era Amor, con esa letra que habla de fuego eterno. Nos movíamos al ritmo, caderas chocando, mi humedad creciendo entre las piernas, empapando la tela. Lo empujé al sillón, me subí a horcajadas, sintiendo su dureza presionando justo donde lo necesitaba. "Te quiero dentro, ya", jadeé, mientras le quitaba la playera de un tirón. Su piel morena brillaba con sudor, pectorales firmes que lamí despacio, saboreando la sal. Él gruñó, manos en mi blusa, liberando mis chichis para morder los pezones duros como piedras.

La tensión crecía con cada acorde. Canciones de amor pasional, esas que mi mamá ponía cuando era morra para soñar con príncipes, ahora nos volvían animales. Javier me volteó bocabajo en el sillón, skirt arriba, panty a un lado. Su aliento en mi nuca, dedos explorando mi concha mojada, resbalosos. "Estás chorreando, mi amor", dijo con voz ronca, metiendo dos dedos que me hicieron arquear la espalda. El sonido húmedo de mis jugos, mezclado con la voz de Consuelo Velázquez en el disco, era puro pecado. Yo me retorcía, uñas clavadas en el cuero del sillón, oliendo a sexo y a la ciudad que entraba por la ventana.

No pares, cabrón, dame más. Siento mi cuerpo explotando, cada nervio gritando por él.

Se desabrochó el cinturón con prisa, el sonido metálico como preludio. Su verga saltó libre, gruesa, venosa, goteando pre-semen que olía almizclado. Me penetró de una embestida, llenándome hasta el fondo, estirándome delicioso. Grité, placer y un poquito de dolor que se fundió en éxtasis. Empezamos a follar como poseídos, él embistiendo fuerte, yo empujando hacia atrás, nalgas chocando contra su pelvis con palmadas sonoras. Sudor nos unía, resbaloso, piel contra piel ardiente. La música subía de volumen en mi cabeza: Perdida en tu pasado, amor.... Sus manos en mis caderas, jalándome, control total. Cambiamos de posición, yo encima ahora, cabalgándolo como yegua salvaje, tetas rebotando, su mirada clavada en mí, hambrienta.

"Mírame, Ana, eres mía", rugió, pellizcando mis pezones. Yo aceleré, concha apretándolo como puño, sintiendo cada vena palpitar. El orgasmo se acercaba, oleadas de calor desde el clítoris hasta la nuca. Él se tensó debajo, gemidos guturales. "Me vengo, mi reina", avisó, y eso me lanzó al abismo. Exploté alrededor de él, chorros de placer mojando sus bolas, cuerpo temblando incontrolable. Él se vació dentro, caliente, pulsando, llenándome con su leche espesa. Colapsamos, jadeantes, la canción terminando en fade out.

Nos quedamos así, enredados, el disco rayado saltando en el final. Su semen chorreaba lento por mis muslos, pegajoso, mezclándose con mi sudor. Olía a nosotros, a sexo satisfecho, a canciones de amor pasional hechas carne. Javier me besó la frente, suave ahora, acariciando mi espalda. "Te amo, pendeja", murmuró con ternura. Yo sonreí, exhausta, el corazón lleno.

Apagué el tocadiscos, pero la música seguía en mi piel, en mis huesos. Afuera, la ciudad ronroneaba con sus luces y ruidos, pero adentro, solo existíamos nosotros. Me acurruqué en su pecho, escuchando su corazón latir calmado, sintiendo el afterglow que nos envolvía como sábana tibia. Estas noches son las que valen la pena, neta. Canciones de amor pasional que no se olvidan. Y así, con su brazo alrededor, me dormí, sabiendo que mañana repetiríamos el ritual.

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