Pasion Prohibida Capitulo 104 El Fuego Oculto
La noche en la casa de mi carnal en Polanco olía a mole poblano recién hecho y a esas velitas de vainilla que mi cuñada siempre prende pa' ambientar. El mariachi tocaba de fondo en el patio, con trompetas que retumbaban en el pecho como latidos acelerados. Yo, Ana, estaba sentada en la terraza, con un michelada helada en la mano, fingiendo platicar con las tías sobre chismes de la tele. Pero mis ojos no se despegaban de él. Marco, el mejor amigo de mi esposo desde la uni, el wey que me hacía mojarme con solo una mirada.
Mi matrimonio con Luis iba bien, neta, éramos felices en nuestra departamentito en Lomas, con salidas al cine y cenas románticas. Pero Marco... ay, Marco era el diablo disfrazado de galán. Alto, con esa barba recortada que picaba rico, ojos cafés que te desnudaban despacito, y un cuerpo forjado en el gym que olía a colonia Creed mezclado con sudor fresco después de jugar fut. Habían pasado años de miraditas robadas en fiestas como esta, roces "accidentales" en la cocina, mensajes inocentes que se ponían calientes a media noche. Esta era nuestra pasión prohibida, capítulo 104 de un affair que nadie sospechaba.
¿Por qué no paro? Porque cada vez que lo veo, siento ese cosquilleo en el estómago, como si mi cuerpo gritara "órale, ya métele turbo". Es pendejo arriesgarlo todo, pero neta, lo valgo.
Luis estaba adentro, riéndose con los compas de una chiste pendejo sobre el tráfico de Reforma. Yo me levanté, pretextando ir por más limones, y pasé por la cocina oscura. Ahí estaba él, sirviéndose un trago de tequila reposado. Nuestras manos se rozaron al tomar el mismo vaso, y el calor de su piel me subió por el brazo como corriente eléctrica.
"Ana", murmuró bajito, con esa voz ronca que me derretía. "¿Otra vez aquí, peligrosa?"
Me acerqué un pasito, oliendo su aliento a tequila y menta. "Tú eres el que no se aleja, wey. ¿Qué pasa si nos cachan?" Pero mi cuerpo ya traicionaba mis palabras, mis pezones endureciéndose bajo el vestido negro ajustado.
Él sonrió de lado, esa sonrisa de cabrón que me volvía loca. "Nadie nos va a cachar. Ven". Me jaló suave del brazo hacia el pasillo que daba al jardín trasero, donde las luces tenues apenas alumbraban las buganvillas. El aire nocturno era tibio, cargado de jazmín y el humo lejano de la barbacoa. Nos paramos detrás de un muro alto, ocultos por las sombras.
Su mano subió por mi cintura, dedos fuertes apretando la tela del vestido. Sentí su pulgar rozar mi piel desnuda en la parte baja de la espalda, enviando ondas de placer hasta mis muslos. "Te he extrañado, chula", susurró contra mi oreja, su aliento caliente haciendo que se me erizaran los vellos de la nuca.
Yo me mordí el labio, el corazón latiéndome como tamborazo. "No seas pendejo, Marco. Luis está a un grito". Pero mis manos ya estaban en su pecho, sintiendo los músculos duros bajo la camisa de lino, el latido acelerado que igualaba el mío.
Acto uno del deseo prohibido: esa tensión que nos tenía jadeando sin tocarnos del todo. Sus labios rozaron mi cuello, suaves al principio, luego con más hambre, lamiendo la sal de mi piel sudada. Olía a hombre puro, a feromonas que me nublaban la razón. Gemí bajito, un sonido ahogado que se mezcló con el eco del mariachi.
Entramos al segundo acto cuando sus manos bajaron a mis nalgas, amasándolas con fuerza, levantándome contra él. Sentí su verga dura presionando mi vientre, gruesa y palpitante a través del pantalón. "Mírate, toda mojada por mí", dijo, metiendo una mano bajo mi vestido, dedos hábiles encontrando mi tanga empapada. Rozó mi clítoris con la yema del dedo, círculos lentos que me hicieron arquear la espalda.
¡Qué chingón se siente! Cada roce es fuego líquido corriendo por mis venas.
Yo no me quedé atrás. Bajé la cremallera de su pantalón, liberando esa polla morena y venosa que tanto soñaba. La tomé en mi mano, suave terciopelo sobre acero, latiendo caliente. La apreté, moviendo la mano arriba y abajo, oyendo su gruñido gutural que vibró en mi pecho. "Así, Ana, no pares".
Nos besamos entonces, un beso salvaje, lenguas enredadas bailando salsa, saboreando tequila y deseo. Sus dientes mordieron mi labio inferior, tirando suave, mientras sus dedos se hundían en mi coño resbaloso, dos de ellos entrando y saliendo con ritmo experto. El sonido húmedo de mi excitación se mezclaba con nuestros jadeos, el olor almizclado de mi arousal llenando el aire.
La tensión subía como volcán. Me volteó contra el muro, fresco contra mis pechos desnudos ahora que él había bajado el vestido. Sus manos exploraban todo: pellizcando mis tetas firmes, chupando un pezón hasta que dolió rico, dejando marcas rojas que escondería mañana. Yo empujaba mis caderas contra su mano, rogando más, "Métemela ya, cabrón".
Él se rio bajito, ese sonido ronco que me ponía a mil. "Paciencia, mi amor prohibido". Sacó los dedos, brillantes de mis jugos, y me los metió en la boca. Los chupé ansiosa, probando mi propio sabor salado y dulce, mientras él se ponía condón del bolsillo –siempre preparado, el wey.
Me penetró de un solo empujón, llenándome hasta el fondo. ¡Dios mío, qué grande, qué perfecta! Gemí fuerte, tapándome la boca con la mano. Él empezó a bombear, lento al principio, cada embestida rozando mi punto G, haciendo que mis piernas temblaran. El muro raspaba mi espalda, pero el dolor se mezclaba con placer puro. Sudábamos juntos, piel resbalosa chocando con palmadas húmedas, su sudor goteando en mi escote.
Acabamos el segundo acto en frenesí: yo clavándole las uñas en los hombros, él acelerando, gruñendo "Te voy a llenar de placer, Ana". Cambiamos posición, yo de espaldas, él entrando por atrás, una mano en mi clítoris, la otra jalándome el pelo suave. El orgasmo me vino como tsunami, ondas de éxtasis sacudiéndome, coño contrayéndose alrededor de su verga, chillidos ahogados en mi garganta.
Él se vino segundos después, un rugido animal mientras se vaciaba dentro del condón, cuerpo temblando contra el mío. Nos quedamos así, pegados, respiraciones entrecortadas sincronizadas, el mundo desvaneciéndose en esa burbuja de afterglow.
Acto tres: el cierre dulce. Me volteó, besándome tierno ahora, labios hinchados rozándose. "Eres mi vicio, Ana. Esta pasión prohibida no para", dijo, limpiándome con besos suaves el sudor de la frente.
Neta, ¿qué sigue? Capítulo 105 en algún hotel de la Condesa, supongo. Pero por ahora, este capítulo 104 queda grabado en mi piel, en mi alma. Luis nunca sabrá, y eso lo hace más ardiente.
Nos compusimos rápido: vestido arriba, pantalón abrochado, sonrisas casuales. Volvimos a la fiesta por separado, yo con las mejillas sonrojadas que achaqué al tequila. Luis me abrazó, "¿Todo bien, mi reina?". "Sí, amor, todo chido", mentí, sintiendo aún el eco de Marco dentro de mí.
La noche siguió con risas y brindis, pero en mi mente, el fuego oculto ardía eterno. Esta pasión, prohibida y adictiva, era mi secreto mejor guardado. Y qué rico saber que habría más capítulos.