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El Color de la Pasión Remake (1)

7220 palabras

El Color de la Pasión Remake

En las calles empedradas de Puebla, donde el aroma a mole y canela flotaba en el aire fresco de la tarde, Ana caminaba con el corazón latiéndole fuerte. Llevaba un vestido rojo ajustado que realzaba sus curvas, el mismo color que gritaba pasión en sus venas. Su mente bullía con recuerdos de la telenovela que tanto le gustaba: El Color de la Pasión. Esa historia de amores imposibles, traiciones y deseo ardiente que la había hecho fantasear tantas noches. Pero hoy, con Luis esperándola en su departamento en el centro, todo iba a cambiar. Iba a ser su remake personal, carnal, sin guion ni censura.

Ana subió las escaleras de dos en dos, el taconeo resonando como un tambor de guerra en el pasillo silencioso. Golpeó la puerta con los nudillos, y cuando Luis abrió, sus ojos se clavaron en ella como si la devoraran. Alto, moreno, con esa sonrisa pícara que la derretía, vestía una camisa blanca desabotonada que dejaba ver su pecho firme.

¡Órale, nena! ¿Vienes a conquistar Puebla como en la novela?

—Neta, carnal —rió Ana, empujándolo adentro y cerrando la puerta con el pie—. Pero esta vez, el color de la pasión remake lo pintamos nosotros. Nada de villanas ni haciendas, solo tú y yo, piel con piel.

Luis la jaló por la cintura, sus manos grandes y cálidas apretando su trasero. El olor de su colonia, mezclado con el sudor fresco de su piel, la invadió como una droga. Se besaron con hambre, lenguas enredándose, el sabor salado de sus labios haciendo que Ana gimiera bajito. Esto es lo que necesitaba, wey, este fuego que me quema por dentro, pensó ella mientras sus dedos se clavaban en su nuca.

Acto primero: la seducción en la hacienda. Luis la llevó al balcón del departamento, con vista a la catedral iluminada al atardecer. El sol poniente teñía todo de naranja y rojo, como si el cielo aprobara su juego. Ana se recargó en la barandilla, fingiendo ser la protagonista altiva.

—No me mires así, patrón —dijo con voz ronca, volteando el rostro con dramatismo—. Mi corazón ya tiene dueño.

Él se acercó por detrás, su aliento caliente en su oreja, las manos subiendo por sus muslos bajo el vestido. El roce de sus callos ásperos contra la seda de sus medias la erizó entera.

—Tu corazón miente, mi reina. Siente cómo late por mí —murmuró, presionando su erección dura contra sus nalgas. Ana jadeó, el pulso acelerado retumbando en sus sienes, el viento fresco lamiendo su cuello expuesto.

La tensión crecía como una tormenta. Bajaron al sofá, donde Luis la sentó en su regazo. Sus besos bajaron por su cuello, mordisqueando la piel sensible, dejando rastros húmedos que olían a deseo. Ana arqueó la espalda, sus pechos hinchados presionando contra la tela del vestido. ¡Qué chingón se siente esto! Su boca, su lengua... me va a volver loca.

Desabotonó su camisa con dedos temblorosos, explorando el vello oscuro de su pecho con las yemas, sintiendo los músculos contraerse bajo su toque. Él gruñó, un sonido gutural que vibró en su garganta y se transmitió directo a su entrepierna húmeda. El aroma almizclado de su excitación llenaba la habitación, mezclado con el perfume floral que ella usaba.

En el medio del acto, la intensidad subió de nivel. Luis la recostó en la alfombra mullida, el piso fresco contrastando con el calor de sus cuerpos. Le quitó el vestido despacio, como desenvolviendo un regalo prohibido, revelando su lencería negra de encaje. Sus ojos brillaban de lujuria mientras lamía sus pezones endurecidos, succionando con fuerza que la hacía arquearse y clavar las uñas en su espalda.

¡Ay, cabrón! Más fuerte... —suplicó Ana, su voz entrecortada por gemidos. Él obedeció, bajando la boca por su vientre plano, besando cada centímetro hasta llegar a sus bragas empapadas. El olor de su arousal, dulce y salado, lo enloqueció. Las apartó con los dientes, y su lengua se hundió en ella, lamiendo el clítoris hinchado con maestría.

Ana se retorcía, las caderas moviéndose al ritmo de su boca voraz. Siento su lengua girando, chupando, como si quisiera tragarme entera. El calor sube, sube... no aguanto. Sus muslos temblaban, apretando su cabeza, el sudor perlando su frente. Él metió dos dedos gruesos dentro, curvándolos para tocar ese punto que la hacía gritar.

—Luis, pendejo, me vas a hacer venir ya —jadeó ella, pero él se detuvo, sonriendo con malicia.

—Aún no, mi amor. Esto es el remake, hay que alargar el clímax.

Se quitó los pantalones, liberando su verga gruesa y venosa, palpitante de necesidad. Ana la tomó en la mano, sintiendo el calor y la dureza, el pulso latiendo contra su palma. La lamió desde la base hasta la punta, saboreando el precum salado, sus labios estirándose alrededor del glande. Él gemía ronco, enredando los dedos en su cabello oscuro.

¡Qué rica chupas, nena! No pares...

Pero la tensión pedía más. Ana se montó sobre él, guiando su polla dentro de su coño resbaladizo. El estiramiento la llenó por completo, un placer ardiente que la hizo gritar. Empezaron a moverse, lento al principio, piel chocando contra piel con sonidos húmedos y obscenos. El sofá crujía bajo ellos, el aire cargado de jadeos y el olor penetrante del sexo.

Gradualmente, el ritmo se aceleró. Ana cabalgaba con furia, sus tetas rebotando, uñas arañando su pecho. Luis la sujetaba por las caderas, embistiéndola desde abajo con fuerza brutal pero consentida, sus ojos fijos en los de ella, transmitiendo un amor feroz.

Esto es pasión pura, wey. Su mirada me dice que soy suya, que este remake es nuestro para siempre.

El clímax se acercaba como un tren desbocado. Ana sentía el orgasmo construyéndose en su vientre, ondas de placer irradiando desde su clítoris frotado contra su pubis. Él la volteó, poniéndola a cuatro patas, penetrándola profundo mientras le azotaba las nalgas con palmadas juguetones que ardían deliciosamente.

¡Chíngame más duro, patrón! Dame todo... —rogaba ella, el sudor goteando por su espalda.

Luis gruñía como animal, sus bolas golpeando su clítoris con cada estocada. El cuarto se llenaba de sus gritos, el slap-slap de carne contra carne, el aroma espeso de fluidos mezclados. Finalmente, explotaron juntos: Ana convulsionando alrededor de su verga, chorros de placer mojando sus muslos; él eyaculando dentro, caliente y abundante, rugiendo su nombre.

En el afterglow, se derrumbaron enredados, respiraciones agitadas calmándose poco a poco. Luis la besó la frente, sus dedos trazando patrones perezosos en su piel enrojecida.

—Fue el mejor remake de la historia, nena. El color de nuestra pasión es eterno.

Ana sonrió, acurrucada contra su pecho, escuchando el latido constante de su corazón. Afuera, Puebla duerme bajo las estrellas, pero aquí dentro, el fuego sigue ardiendo. Mañana haremos la secuela. El aroma de sus cuerpos unidos persistía, un recordatorio dulce de la noche inolvidable, mientras el cansancio los arrastraba a un sueño satisfecho.

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