Relatos
Inicio Erotismo Jim Caviezel en la Pasion Erótica de Cristo Jim Caviezel en la Pasion Erótica de Cristo

Jim Caviezel en la Pasion Erótica de Cristo

6622 palabras

Jim Caviezel en la Pasion Erótica de Cristo

Estaba sola en mi depa de la Roma, con la tele prendida y el control remoto olvidado en el sillón. Afuera, el bullicio de la Ciudad de México se colaba por la ventana entreabierta: cláxones lejanos, risas de borrachos en la calle y ese olor a taquería que siempre me abre el apetito. Pero esa noche no era comida lo que quería. Era él. Jim Caviezel en La Pasión de Cristo. Neta, cada vez que veía esa película, algo se me removía adentro. No era solo el sufrimiento, wey, era su mirada, esos ojos que te clavaban como espinas dulces, su cuerpo marcado bajo la túnica raída, sudado y tenso. Me imaginaba lamiendo esas gotas de sudor salado, sintiendo el calor de su piel castigada.

Me recargué en el respaldo, con las piernas abiertas sobre el ottomán. El aire fresco de la noche me erizaba la piel, y mis dedos bajaron solitos por mi panza hasta la tanga. Órale, qué chingón se ve, pensé mientras él cargaba la cruz en la pantalla. Mi mano se coló adentro, rozando el calor húmedo que ya me ardía. Gemí bajito, imaginando que era su aliento el que me rozaba el cuello. Pero no era suficiente. Quería carne de verdad, no solo fantasías. Apagué la tele de un jalón y me puse un vestido negro ceñido, ese que me hace ver las nalgas como manzanas maduras.

Esta noche voy a cazar un Cristo para mí solita
, me dije en el espejo, pintándome los labios de rojo sangre.

El bar en la esquina estaba a reventar, luces neón parpadeando sobre cuerpos sudados que bailaban reggaetón. Pedí un michelada bien fría, el limón chorreando en el vaso, y me senté en la barra escaneando el lugar. Ahí estaba. Alto, moreno, con barba espesa y ojos que te desnudaban de un vistazo. Se parecía un chingo a Jim Caviezel en La Pasión de Cristo. Llevaba una camisa blanca ajustada que marcaba sus hombros anchos y un jean que prometía verga dura. Me vio, sonrió con esa curva pecaminosa y se acercó.

¿Qué onda, morra? ¿Sola? —dijo con voz grave, como un trueno lejano.

—Por ahora —le contesté, lamiéndome los labios—. Tú me recuerdas a alguien... Jim Caviezel en La Pasión de Cristo. ¿Te han dicho?

Rió, un sonido ronco que me vibró en el pecho. —Neta? Muchas veces. Soy actor, hago eventos de cine. ¿Quieres que te haga sufrir un poquito?

El coqueteo escaló rápido. Sus manos rozaron mi muslo bajo la barra, ásperas y calientes, oliendo a colonia barata mezclada con sudor masculino. Hablamos de la película, de cómo su cuerpo en pantalla me ponía caliente. Él confesó que le gustaba el rol, el poder de esa mirada torturada. Pedimos otra ronda, y pronto sus labios rozaron mi oreja: —Vámonos de aquí, Cristo quiere resucitar contigo. Sentí un pulso en mi clítoris, el corazón latiéndome en la garganta. Asentí, y salimos tomados de la mano hacia su hotel cercano, el aire nocturno cargado de jazmín y escape de coches.

En el elevador, ya no aguantamos. Me empujó contra la pared, su boca devorando la mía con hambre santa. Sabía a tequila y sal, su lengua invadiendo como una promesa de redención. Mis uñas se clavaron en su espalda, sintiendo los músculos tensos bajo la camisa. Es él, es Jim Caviezel en la carne, pensé mareada. Llegamos a la habitación tambaleándonos, la puerta se cerró con un clic que sonó a liberación. Me quitó el vestido de un tirón, exponiendo mis tetas al aire acondicionado que me endureció los pezones al instante.

Qué chula estás, morra. Como una virgen María pecadora —murmuró, arrodillándose. Sus manos subieron por mis muslos, abriéndolos con gentileza firme. Olía a mi excitación, ese aroma almizclado que llena el cuarto. Lamio mi interior con devoción, su barba raspándome las nalgas, la lengua girando en mi botón como si rezara. Gemí fuerte, agarrando su pelo: ¡Ay, wey, no pares! Así, como en la cruz, sufre por mí. Él gruñó, chupando más hondo, mis jugos corriéndole por la barba. El placer subía en olas, mis piernas temblando, pero lo detuve. Quería más, quería cabalgarlo.

Lo tumbé en la cama, el colchón hundiéndose bajo su peso. Le arranqué la camisa, besando cada centímetro de su pecho velludo, saboreando el sudor salobre que perlaba su piel. Sus pezones duros bajo mi lengua, sus manos amasándome las nalgas. Bajé al cinturón, liberando su verga gruesa, venosa, palpitante. ¡Madre mía, qué vergón! La tomé en la boca, mamándola lento al principio, sintiendo cómo se hinchaba en mi garganta. Él jadeaba, —Sí, chula, trágatela toda, como mi cruz. El sonido de succión húmeda llenaba el cuarto, mezclado con sus gemidos roncos y mi propia respiración agitada.

Pero la tensión crecía, un nudo en mi vientre que pedía cogida. Me subí encima, frotando mi concha mojada contra su punta. Nuestros ojos se clavaron: los suyos, idénticos a los de Jim Caviezel en La Pasión de Cristo, llenos de pasión torturada.

Esto es mi salvación, mi éxtasis privado
. Me hundí en él despacio, centímetro a centímetro, sintiendo cómo me llenaba, estirándome deliciosamente. El roce ardiente, su calor invadiéndome. Empecé a moverme, cabalgando con ritmo, mis tetas botando al compás. Él me agarraba las caderas, embistiéndome desde abajo, el slap-slap de piel contra piel resonando como latigazos eróticos.

La intensidad subió. Sudábamos como condenados, el olor a sexo crudo impregnando las sábanas. Me volteó, poniéndome a cuatro patas, y entró de nuevo, profundo, golpeando mi punto G con cada estocada. ¡Más fuerte, Cristo mío, castígame! grité, mientras sus bolas me palmoteaban el clítoris. Sus manos en mi pelo, jalando suave, su aliento en mi nuca: —Te vengo adentro, morra, resucita conmigo. El orgasmo me golpeó como un rayo, mi concha contrayéndose alrededor de su verga, jugos chorreando por mis muslos. Él rugió, llenándome con chorros calientes, su cuerpo temblando sobre el mío.

Caímos exhaustos, enredados en sábanas húmedas. Su pecho subía y bajaba contra mi espalda, su mano acariciándome la panza con ternura. El cuarto olía a nosotros, a clímax compartido. Neta, fue mejor que cualquier película, pensé, besando su hombro salado. Él murmuró: —¿Lista para otra pasión? Sonreí en la oscuridad, sabiendo que esta noche había encontrado mi propio paraíso terrenal. Jim Caviezel en La Pasión de Cristo había cobrado vida en mis brazos, y el fuego aún ardía bajito, prometiendo más redenciones.

Contenido Adulto

Este sitio web contiene material explícito y relatos eróticos destinados exclusivamente a adultos. Debes tener al menos 18 años para acceder a RelatosEroticos.mx.

Al ingresar, aceptas nuestros términos de servicio y confirmas que resides en una jurisdicción donde el consumo de este material es legal.