Abismo de Pasión Historia
La noche en Polanco estaba viva, con ese bullicio chido de la Zona Rosa que te envuelve como un abrazo caliente. Yo, Ana, acababa de salir de un trago con las morras en un bar de esos fancy, luces neón parpadeando sobre cristales empañados por el vapor de los cuerpos sudados. El aire olía a tequila reposado mezclado con perfume caro y un toque de jazmín de las flores en las mesas. Llevaba un vestido negro ceñido que me hacía sentir como reina, mis curvas marcadas justo lo necesario para voltear cabezas.
Ahí lo vi. Alto, moreno, con esa mirada de pendejo confiado que me prende al instante. Se llamaba Marco, un carnal de Guadalajara que andaba de negocios en la capital. Nuestras miradas se cruzaron en la barra, y neta, sentí un cosquilleo en el estómago, como si el mundo se detuviera. "Órale, güey, ¿vienes seguido por acá?", le dije, acercándome con una sonrisa pícara, mi voz ronca por el humo del cigarro que acababa de apagar.
Él se rio, esa risa grave que vibra en el pecho. "Nel, carnala, pero ahora que te vi, voy a venir diario". Sus ojos bajaron por mi escote un segundo, y yo lo dejé, sintiendo el calor subir por mi cuello. Hablamos de todo: de la pinche vida en la CDMX, de cómo el tráfico te chinga el día, de tacos al pastor que extrañaba de su tierra. Pero debajo de las palabras, había algo más, un abismo de pasión historia latiendo, esperando a que uno de los dos diera el brinco.
Salimos del bar caminando por las calles iluminadas, el viento fresco rozando mi piel expuesta, erizándome los vellos. Su mano rozó la mía "por accidente", y juro que fue como electricidad pura.
¿Qué chingados me pasa con este tipo? Neta, Ana, contrólate, pero su olor... ese aroma a colonia masculina y sudor fresco me tiene mareada.Me invitó a su hotel, un lugar elegante en Reforma con vistas al Ángel. No lo pensé dos veces. Subimos en el elevador, solos, el silencio cargado, su respiración cerca de mi oreja.
En la habitación, las luces tenues pintaban sombras en las paredes blancas. Él cerró la puerta con un clic suave, y se giró hacia mí. "Ven acá", murmuró, su voz como terciopelo áspero. Lo jalé por la camisa, besándolo con hambre. Sus labios eran firmes, sabían a mezcal y menta, su lengua explorando la mía con urgencia controlada. Mis manos bajaron por su pecho duro, sintiendo los músculos tensos bajo la tela.
Me quitó el vestido despacio, sus dedos trazando mi espina dorsal, enviando ondas de placer que me hicieron gemir bajito. "Estás cañona, Ana", dijo, admirando mi cuerpo desnudo iluminado por la luna que entraba por la ventana. Yo lo desvestí, revelando su piel bronceada, el vello oscuro en su torso, y más abajo, su verga ya dura, palpitando. La toqué, suave al principio, sintiendo su calor en mi palma, el pulso acelerado como tambores en una fiesta.
Nos tumbamos en la cama king size, sábanas de algodón egipcio frescas contra mi espalda ardiente. Él besó mi cuello, lamiendo el sudor salado, bajando a mis pechos. Sus labios rodearon un pezón, chupando con fuerza suave, mientras su mano masajeaba el otro, pellizcando justo lo que me volvía loca. ¡Ay, cabrón!, eso sí que sabe hacer. Gemí más fuerte, mis caderas arqueándose hacia él, buscando fricción.
Marco bajó más, su aliento caliente en mi vientre, besando la curva de mis caderas. Separó mis muslos con gentileza, inhalando profundo. "Hueles deliciosa, como miel y deseo". Su lengua tocó mi clítoris, un roce eléctrico que me hizo jadear. Lamió despacio, círculos perfectos, saboreándome como si fuera el mejor pozole de su vida. Sentí mi humedad creciendo, resbalando por mis piernas, el sonido húmedo de su boca contra mí llenando la habitación. Mis dedos se enredaron en su pelo negro, jalándolo más cerca.
Esto es el abismo, neta, este abismo de pasión historia que me está tragando viva.
Pero no quería correrme todavía. Lo empujé hacia arriba, montándome encima. Su verga rozó mi entrada, gruesa y lista. Me hundí en él centímetro a centímetro, sintiendo cómo me llenaba, estirándome deliciosamente. "¡Chingao, qué prieta!", gruñó él, sus manos agarrando mis nalgas, guiándome. Cabalgué lento al principio, sintiendo cada vena, cada throbbin contra mis paredes internas. El slap de piel contra piel, mis pechos rebotando, su mirada clavada en mí como si fuera una diosa.
Apuré el paso, mis uñas clavándose en su pecho, dejando marcas rojas. Sudábamos juntos, el olor almizclado de sexo impregnando el aire, mezclado con su colonia. Él se incorporó, besándome mientras follábamos, sus caderas embistiendo desde abajo con fuerza creciente. "Dame más, Marco, ¡no pares!", le rogué, mi voz quebrada. Sentí el orgasmo construyéndose, una ola en mi vientre, pulsos en mi clítoris.
Cambié de posición, él encima ahora, mis piernas alrededor de su cintura. Entró profundo, golpeando ese punto que me hace ver estrellas. Cada embestida era un trueno, mi cuerpo temblando, pechos aplastados contra su torso. Sus bolas chocaban contra mi culo, el sonido obsceno y excitante. "Me vengo, Ana, ¡juntos!", jadeó. Exploté primero, un grito ahogado saliendo de mi garganta, mi coño contrayéndose alrededor de él, ordeñándolo. Él se derramó dentro, chorros calientes llenándome, su cuerpo convulsionando sobre el mío.
Nos quedamos así, enredados, respiraciones entrecortadas calmándose poco a poco. El afterglow era puro, su peso reconfortante, mi piel sensible a cada roce. Besó mi frente, suave. "Eso fue... inolvidable". Yo sonreí, trazando círculos en su espalda.
Este abismo de pasión historia no termina aquí, carnal. Hay más noches, más fuego por quemar.
Al amanecer, el sol filtrándose por las cortinas, pedimos room service: chilaquiles con huevo y café de olla humeante. Comimos en la cama, riéndonos de tonterías, planeando vernos de nuevo. Él regresaba a Guadalajara, pero prometió volver pronto. Me dejó su número garabateado en una servilleta, con un beso que sabía a promesas.
Salí del hotel con las piernas flojas, el vestido arrugado pero el corazón lleno. Caminé por Reforma, el tráfico zumbando, vendedores de elotes gritando. Olía a ciudad viva, a aventura fresca. Neta, esa noche había sido el principio de algo grande, un abismo de pasión historia que me cambió. Ya no era la misma Ana; ahora ardía por dentro, lista para más.