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Pasión por la Comida en tu Piel

6101 palabras

Pasión por la Comida en tu Piel

En la cocina de mi departamento en Polanco, el aroma del mole poblano recién hecho flotaba como una caricia densa y especiada. Yo, Ana, siempre he tenido esa pasión por la comida que me hace perder la cabeza. No es solo comer, es sentir cada bocado como un amante que te recorre la lengua, el paladar, hasta el alma. Esa noche, mientras removía el molcajete con chiles tostados, sonó el timbre. Era Diego, el tipo que conocí en el mercado de San Juan, donde los dos nos peleamos por el último chocolate abuelita artesanal.

—Órale, Ana, ¿qué es ese olor que me tiene babeando desde la calle? —dijo él con esa sonrisa chueca que me ponía la piel chinita.

Lo invité a pasar, y mientras platicábamos de tamales y pozoles, noté cómo sus ojos se clavaban en mis labios cada vez que lamía una cucharada de salsa. Qué wey tan coqueto, pensé, pero neta que me gustaba. Le serví un plato humeante, y nos sentamos en la mesa de madera que cruje bajo el peso de las ollas. El vapor subía en espirales, mezclándose con su colonia fresca, como limón y cilantro. Nuestras rodillas se rozaron bajo la mesa, un roce casual que envió chispas por mis muslos.

—Prueba esto —le dije, extendiendo un trozo de mole en mi dedo índice. Él lo chupó despacio, sus labios calientes envolviendo mi piel. Sentí su lengua áspera, juguetona, y un calor se encendió en mi vientre.

Carajo, esta pasión por la comida nos va a meter en broncas deliciosas
, me dije mientras él gemía bajito, saboreando el picor dulce.

La cena se convirtió en un juego. Le unté salsa en el cuello, riéndonos como pendejos, y él me lamió despacio, dejando un rastro húmedo que olía a chocolate amargo y canela. El sonido de su succión era obsceno, un slurp rítmico que hacía eco en la cocina iluminada por luces tenues. Mis pezones se endurecieron contra la blusa de algodón, y él lo notó, porque su mano subió por mi muslo, apretando suave la carne bajo la falda.

—Diego, ¿y si preparamos algo más... íntimo? —susurré, mi voz ronca por el deseo que bullía como el caldo en la estufa.

Él asintió, ojos brillantes, y sacamos frutas del refri: mangos jugosos de Chapultepec, fresas rojas como labios hinchados, y crema batida que chorreada como leche materna. Nos quitamos la ropa entre risas y besos torpes, quedando en ropa interior. Su pecho moreno brillaba con sudor fino, y yo tracé líneas con mango en su abdomen marcado, viendo cómo la pulpa dorada se deslizaba hacia su boxer abultado.

El aire se cargó de olores: el dulzor ácido del mango, el almizcle de nuestra piel excitada, el leve picante residual del mole. Lo empujé contra la isla de granito fría, que contrastaba con su calor. Me arrodillé, lamiendo el jugo de sus músculos tensos, bajando hasta donde su verga palpitaba, dura y venosa bajo la tela. Qué rico sabe mezclado con fruta, pensé, mientras él gruñía, enredando dedos en mi pelo negro.

—Ana, eres una diosa de la cocina... y de esto —jadeó, levantándome para besarme con furia. Sus manos amasaron mis nalgas, dedos hundiéndose en la carne suave, mientras yo frotaba mi monte contra su erección. El roce era eléctrico, mi clítoris hinchado rogando más. Le unté crema en los pezones oscuros y los chupé, mordisqueando hasta que él arqueó la espalda, un gemido gutural escapando de su garganta.

Subimos la intensidad. Lo acosté en el piso de loseta fresca, y monté su cara, bajando mi coño depilado y húmedo sobre su boca ansiosa. Él lamió como si fuera el postre más chingón, lengua plana recorriendo pliegues resbalosos, aspirando mi aroma salado y dulce. Yo me mecí, manos en sus hombros, sintiendo cada vibración de su ronroneo.

Mi pasión por la comida es nada comparada con esta hambre por ti
, pensé, mientras mis jugos le empapaban la barbilla.

Pero quería más equilibrio. Bajé, posicionándome en 69, mi boca envolviendo su polla gruesa, venas pulsantes contra mi lengua. Sabía a sal y mango, un sabor adictivo que me hacía succionar más hondo, garganta relajada tragándolo hasta la base. Él metía dos dedos en mí, curvándolos contra mi punto G, mientras lamía mi ano con delicadeza perversa. Los sonidos eran una sinfonía sucia: chapoteos húmedos, jadeos ahogados, el slap de piel contra piel.

El clímax se acercaba como tormenta en el desierto. Me volteó, colocándome a cuatro patas sobre la mesa, platos empujados al suelo con estrépito. Entró en mí de un empujón lento, estirándome deliciosamente, su grosor llenándome hasta el fondo. ¡Qué chingón! grité mentalmente, mientras él embestía rítmico, bolas golpeando mi clítoris. El sudor nos unía, piel resbalosa, olores intensos de sexo y especias. Agarró mis caderas, tirando de mí contra él, y yo empujaba hacia atrás, queriendo más profundidad.

—Más fuerte, Diego, ¡rómpeme como chile en nogada! —le pedí, y él obedeció, follándome con furia contenida, una mano bajando a frotar mi botón hinchado. El orgasmo me golpeó como volcán, paredes contrayéndose alrededor de su verga, chorros de placer escapando, mojando sus muslos. Él siguió, gruñendo mi nombre, hasta que se tensó, corriéndose dentro con chorros calientes que sentí palpitar.

Colapsamos en el piso, cuerpos entrelazados, respiraciones entrecortadas. El aire olía a semen, frutas machacadas y mole frío. Él me besó la frente, limpiando un rastro de crema de mi mejilla con el pulgar.

—Neta, Ana, tu pasión por la comida es contagiosa... pero esto, nosotros, es lo mejor que he probado.

Me acurruqué contra su pecho, sintiendo su corazón galopante calmarse al ritmo del mío. En ese momento, supe que esta no era solo una noche de glotonería carnal. Era el inicio de algo sabroso, profundo, como un buen caldo de res que se cuece lento. La cocina quedó testigo muda, con manchas pegajosas y platos abandonados, mientras el amanecer filtraba luz dorada por la ventana. Y yo, satisfecha hasta los huesos, sonreí pensando en la próxima receta que compartiríamos.

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