Asilo Entre La Pasión Y La Demencia
Entré al Asilo Entre la Pasión y la Demencia con el corazón latiéndome como tambor en fiesta de pueblo. No era un manicomio de película gringa, neta, era un lugar chido en las afueras de la Ciudad de México, con jardines que olían a jazmín y bugambilias, habitaciones amplias y terapeutas que te hablaban como si fueras su carnal. Yo, Daniela, de treinta y tantos, había llegado voluntariamente después de un colapso laboral. Mi jefa, una pinche víbora, me había exprimido hasta el último chorro de energía. Necesitaba resetear la mente, o eso me dijo mi psicóloga.
El primer día, en la terapia grupal, lo vi. Diego. Alto, moreno, con ojos negros que parecían pozos sin fondo, y una sonrisa pícara que te hacía sentir mariposas en el estómago. Estaba sentado frente a mí, con las mangas de la camisa arremangadas mostrando unos antebrazos fuertes, venosos.
¿Qué hace un wey así en un lugar como este? ¿Será actor o modelo en crisis?pensé, mientras el terapeuta nos pedía que compartiéramos nuestras "sombras internas".
—Yo vengo porque la pasión me quema por dentro —dijo Diego con voz grave, ronca, como si fumara habanos a escondidas—. Entre la razón y el desmadre, siempre elijo el fuego.
Sus palabras me erizaron la piel. Olía a él desde ahí: una mezcla de loción de sándalo y sudor fresco, masculino, que me hizo apretar las piernas bajo la mesa. Yo hablé de mi estrés, pero mis ojos no se despegaban de los suyos. Esa noche, en mi cuarto, no pude dormir. El aire acondicionado zumbaba suave, pero mi cuerpo ardía. Me toqué pensando en él, imaginando sus manos callosas sobre mis pechos, su aliento en mi cuello. Pinche loca, contrólate, me regañé, pero el deseo era más fuerte que cualquier pastilla.
Al día siguiente, en el jardín, nos topamos. El sol calentaba las piedras del camino, y el aroma de las flores se mezclaba con el de la tierra húmeda después de la lluvia matutina. Vestía una blusa ligera que se pegaba a mis curvas por el calor, y él, unos jeans ajustados que marcaban todo lo que una chava como yo anhela.
—Ey, Daniela, ¿verdad? —me dijo, acercándose con esa sonrisa que derretía hielo—. ¿Qué onda con lo de ayer? Parecías interesante.
Nos sentamos en una banca de madera, bajo un sauce llorón. Hablamos de todo: de la ciudad que nos ahogaba, de amores pasados que nos dejaron jodidos. Él confesó que había llegado por una ruptura brutal, donde el amor se volvió obsesión. Pasión y demencia, murmuró, y su mano rozó la mía accidentalmente. Fue como corriente eléctrica. Mi piel se encendió, el pulso se me aceleró en las venas.
—Este lugar es un asilo entre la pasión y la demencia —le dije, repitiendo el nombre del sitio como si fuera un hechizo—. Aquí podemos ser libres sin que nos juzguen.
Sus dedos se entrelazaron con los míos, y no los retiré. El toque era cálido, firme, prometedor. Ese roce inocente despertó un hambre en mí que no sentía desde hacía años.
Los días siguientes fueron un torbellino. Caminatas secretas por los senderos, donde el crujir de las hojas bajo nuestros pies ahogaba nuestras risas ahogadas. En una sesión de arte terapia, pintamos juntos un lienzo: rojos furiosos y negros profundos, formas que se entrelazaban como cuerpos en éxtasis. Su aliento cerca de mi oreja mientras mezclaba colores me ponía la piel de gallina.
Si me besa ahora, me entrego entera, pensé, con el corazón retumbando como tambores de mariachi.
Una noche, después de la cena —donde el vino tinto que servían "para relajar" nos soltó la lengua—, nos escabullimos al invernadero. El lugar era un paraíso húmedo: orquídeas exóticas goteando rocío, aire espeso cargado de tierra mojada y fragancias dulces. La luna se colaba por los vidrios empañados, pintando todo de plata.
—No aguanto más, Dani —susurró Diego, su voz temblando de urgencia—. Me tienes loco desde el primer día.
Lo miré a los ojos, esos pozos de demencia apasionada, y asentí. Nuestros labios se encontraron en un beso salvaje, hambriento. Sabía a vino y a menta, su lengua explorando la mía con maestría. Sus manos subieron por mi espalda, desabrochando el sostén con destreza, mientras yo tiraba de su camisa, sintiendo el calor de su pecho desnudo contra mis palmas. Olía a sudor limpio, a hombre en celo, y ese aroma me embriagaba más que cualquier licor.
Caímos sobre un colchón de mantillo suave, rodeados de plantas que susurraban con la brisa. Sus besos bajaron por mi cuello, mordisqueando la piel sensible, enviando ondas de placer hasta mi centro. Gemí bajito, qué rico, mientras él lamía mis pezones endurecidos, chupándolos con succión perfecta que me arqueaba la espalda. Mis uñas se clavaron en su espalda musculosa, sintiendo los tendones tensos bajo la piel.
—Eres una diosa, wey —murmuró contra mi vientre, bajando más, besando la curva de mis caderas.
Deslicé mis manos por su cabello revuelto, guiándolo. Cuando su boca alcanzó mi concha, ya estaba empapada, hinchada de necesidad. Su lengua danzó ahí, lamiendo lento al principio, saboreando mis jugos salados y dulces. El sonido húmedo de su festín, mezclado con mis jadeos, llenaba el invernadero como una sinfonía prohibida. ¡Chingado, qué bien la hace! pensé, mientras mis caderas se mecían contra su cara, el placer construyéndose como tormenta en el desierto.
Lo jalé arriba, queriendo sentirlo dentro. Desabroché sus jeans, liberando su verga dura, gruesa, palpitante. La tomé en mi mano, sintiendo el calor, las venas prominentes, el precum resbaloso en la punta. Él gruñó, un sonido animal que me erizó todo.
—Córrete conmigo, Diego —le rogué, abriendo las piernas.
Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente. El roce de su piel contra la mía era fuego líquido, cada embestida un choque de cuerpos sudorosos. El slap-slap de carne contra carne resonaba, junto con nuestros gemidos entrecortados. Olía a sexo crudo, a feromonas mexicanas enloquecidas. Aceleró, profundo, tocando ese punto que me hacía ver estrellas. Mis paredes lo apretaban, ordeñándolo, mientras el orgasmo me rompía en oleadas: temblores, gritos ahogados, éxtasis puro.
Él se vino segundos después, gruñendo mi nombre, llenándome con chorros calientes que se desbordaban. Nos quedamos unidos, jadeando, el sudor pegándonos como miel. Su peso sobre mí era reconfortante, protector.
Después, en la quietud del invernadero, con el aroma de nuestras pasiones flotando, nos vestimos entre risas cansadas. —Esto no fue demencia, fue salvación —dijo él, besándome la frente.
Salimos del asilo una semana después, juntos. La pasión no nos volvió locos; nos unió. Ahora, en nuestro depa en Polanco, revivimos esas noches locas, siempre recordando ese asilo entre la pasión y la demencia que nos dio alas. Neta, la vida es para quemarse con gusto.