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La Pasion de Cristo DVD Desata Nuestra Pasión Oculta

7228 palabras

La Pasion de Cristo DVD Desata Nuestra Pasión Oculta

La lluvia caía a cántaros sobre las calles empedradas de la Roma, en el corazón de la Ciudad de México. Tú, con el cabello mojado pegándose a tu cuello y una sonrisa pícara en los labios, entraste al departamento de Javier, tu amor de los últimos seis meses. Él te esperaba con una cerveza fría en la mano, vestido solo con unos bóxers ajustados que marcaban cada curva de su verga semierecta. Qué chulo se ve este wey, pensaste, mientras dejabas caer tu chamarra empapada al suelo.

"¡Ven acá, mamacita!" te dijo Javier con esa voz ronca que te ponía la piel chinita. Sus brazos fuertes te envolvieron, y sentiste el calor de su pecho contra tus tetas, aún cubiertas por la blusa húmeda. Olía a jabón fresco mezclado con el aroma terroso de la lluvia que entraba por la ventana entreabierta. Besaste su cuello, saboreando la sal de su sudor leve, mientras tus manos bajaban por su espalda musculosa.

Pero la noche pedía algo más. "Oye, Javi, encontré esto en el tianguis de la Lagunilla ayer", dijiste sacando del bolso una caja de DVD vieja y rayada. La etiqueta descolorida decía La Pasion de Cristo DVD. "Pensé que sería chistoso verlo juntos, neta, con toda esa intensidad religiosa... quién sabe, capaz nos prende". Javier soltó una carcajada profunda, sus ojos cafés brillando con picardía. "¡Eres una loca, pero me encanta! Ponlo, a ver qué pasa".

Se acomodaron en el sofá de piel suave, con una cobija ligera sobre las piernas. El televisor prendió con un zumbido bajo, y el menú del DVD apareció, polvoriento pero funcional. Pulsaste play, y las imágenes crudas llenaron la pantalla: el desierto árido, los gritos lejanos, el cuerpo marcado de dolor. El sonido de latigazos resonaba como truenos en el cuarto, y el olor a palomitas rancias que habían calentado se mezclaba con la humedad del aire. Javier te jaló más cerca, su mano descansando en tu muslo desnudo bajo la falda corta.

Tú sentías un cosquilleo traicionero entre las piernas. ¿Por qué carajos esto me está poniendo caliente? La pasión en la pantalla, ese sufrimiento que gritaba vida, te removía algo profundo, un deseo salvaje que no podías ignorar.

Acto primero de la noche: la escena de la flagelación. Cada golpe hacía que tu pulso se acelerara, sincronizándose con el de Javier, que ahora respiraba pesado contra tu oreja. Su dedo índice trazaba círculos lentos en tu piel, subiendo peligrosamente hacia tu entrepierna. "Mira cómo sangra...", murmuró él, pero su voz era puro fuego. Tú giraste el rostro, capturando sus labios en un beso hambriento. Sus lenguas danzaron, saboreando el amargor de la cerveza y el dulzor de tu saliva mezclada.

La tensión crecía como la tormenta afuera. Pausaste el DVD en el momento culminante, la pantalla congelada en un rostro de éxtasis doloroso. "No puedo más, Javi. Esto de La Pasion de Cristo DVD me tiene loca". Él sonrió, sus manos expertas desabotonando tu blusa con deliberada lentitud. Tus pezones se endurecieron al aire fresco, rosados y ansiosos. Javier los lamió con la lengua plana, succionando suave al principio, luego con más fuerza, haciendo que gemieras bajito. Pinche rico que sabe este cabrón.

Acto segundo: la escalada. Te quitó la falda de un tirón juguetón, dejando tus panties de encaje expuestos, ya empapados. El aroma almizclado de tu excitación flotaba en el aire, mezclado con el perfume de su colonia. Javier se arrodilló entre tus piernas abiertas, besando el interior de tus muslos, mordisqueando la carne tierna. "Estás chorreando, preciosa", gruñó, mientras sus dedos separaban la tela húmeda. Sentiste su aliento caliente sobre tu clítoris hinchado, y un escalofrío te recorrió la espina dorsal.

Tú no te quedaste atrás. Tus uñas arañaron su espalda, bajando hasta enganchar los bóxers y liberando su verga gruesa, venosa, palpitante. La tomaste en la mano, sintiendo el calor pulsante, la piel sedosa sobre el acero duro. "Métemela ya, pendejo", le exigiste con voz ronca, guiándola hacia tu entrada resbaladiza. Pero él jugó, frotándola contra tus labios vaginales, untándola con tus jugos, torturándote con roces que te hacían arquear la cadera.

Su mirada era pura devoción, como la del DVD, pero aquí no había cruz, solo nuestros cuerpos entrelazados en un altar de placer.

El ritmo se aceleró. Javier te penetró de golpe, llenándote hasta el fondo, estirándote deliciosamente. El sonido de piel contra piel retumbaba por encima de la lluvia, chapoteos húmedos y gemidos ahogados. Cabalgaste sobre él en el sofá, tus tetas rebotando con cada embestida, sus manos amasando tu culo firme. Sudor perló vuestras frentes, salado al besarse, mientras el olor a sexo crudo impregnaba el cuarto. "¡Más fuerte, Javi! ¡Chíngame como si fuera el fin del mundo!", gritaste, sintiendo el orgasmo construyéndose como una ola en el Pacífico.

Él te volteó, poniéndote a cuatro patas, con la pantalla del TV aún congelada detrás como testigo mudo. Sus caderas chocaban contra tus nalgas, el slap-slap ecoando, mientras un dedo juguetón rozaba tu ano, enviando chispas de placer prohibido. Tus paredes internas lo apretaban, ordeñándolo, y sus bolas peludas golpeaban tu clítoris con cada thrust. Internalmente, luchabas: Esto es demasiado intenso, pero no pares, nunca pares. Pequeñas resoluciones: un beso en la nuca, una caricia en el pelo, momentos de ternura en medio del frenesí.

La intensidad psicológica subía. Recordabas cómo empezó todo: un flirteo en un antro de Polanco, bailando cumbia sonidera hasta el amanecer. Ahora, este DVD inocente había desatado el animal en ambos. Javier gruñía tu nombre –"¡Ana, mi reina!"– acelerando, su verga hinchándose dentro de ti. Tú sentías las contracciones venir, el calor líquido acumulándose en tu vientre.

Acto tercero: la liberación. "¡Me vengo, carajo!", anunciaste primero, tu cuerpo convulsionando, chorros de placer escapando alrededor de su polla. El clímax te cegó, estrellas explotando detrás de tus párpados, músculos temblando incontrolables. Javier te siguió segundos después, rugiendo como león, inundándote con su leche caliente, espesa, que goteaba por tus muslos. Colapsaron juntos, jadeantes, pieles pegajosas de sudor y fluidos.

El afterglow fue dulce. Javier te acunó contra su pecho, besando tu frente húmeda. La lluvia amainaba afuera, dejando un silencio roto solo por vuestras respiraciones calmándose. Reiniciaron el DVD por curiosidad, pero ya no importaba; La Pasion de Cristo DVD había sido el catalizador perfecto para su propia pasión desbocada. "Eres mi crucifixión y mi resurrección, mi amor", murmuró él, y tú sonreíste, sabiendo que esta noche había sellado algo eterno entre vuestros cuerpos y almas.

Se quedaron así, entrelazados, con el aroma persistente del sexo envolviéndolos como una bendición pagana. Mañana sería otro día de tacos al pastor y paseos por el Bosque de Chapultepec, pero esta pasión, nacida de un DVD viejo, quedaría grabada en su memoria como el mejor pecado cometido.

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