Frases de Pasion por Algo Inconfesable
La noche en Polanco estaba cargada de ese calor pegajoso que hace que la piel se sienta viva, como si el aire mismo te estuviera acariciando. Yo, Sofia, acababa de salir del gym, con el cuerpo sudado y el corazón latiendo fuerte por el ejercicio y por la anticipación. Mi chavo, Alex, me esperaba en la terraza del departamento, con una chela fría en la mano y esa sonrisa pícara que me deshace las rodillas. Llevábamos tres años juntos, pero cada vez que lo veía así, recargado en la barandal con la ciudad brillando a sus pies, sentía esa chispa inicial de nuevo.
Órale, Sofia, no seas mensa, me dije mientras subía las escaleras, oliendo a mi propio sudor mezclado con el perfume de vainilla que me había echado. Él me vio llegar y sus ojos se clavaron en mí como si fuera la única wey en el mundo. "Ven pa'cá, mi reina", murmuró, jalándome por la cintura. Su olor, ese mezclas de colonia cara y piel caliente, me invadió las fosas nasales. Sentí su aliento tibio en mi cuello mientras me besaba suave, apenas rozando.
Nos sentamos en el sofá de la terraza, con las luces de los autos pasando allá abajo como estrellas fugaces. Sacó una botella de tequila reposado, de esas que saben a roble y fuego. "Brindemos por las frases de pasion por algo que no nos atrevemos a decir en voz alta", dijo él, guiñándome el ojo. Me reí, pero por dentro un calorcillo se encendió en mi vientre. ¿De qué hablas, pendejo?, le pregunté juguetona, pero él solo sonrió y me sirvió un trago.
Empezamos el juego sin darnos cuenta. Yo le dije primero: "Tengo pasión por algo tuyo que me hace temblar cada noche". Él arqueó la ceja, curioso, y yo sentí mi piel erizarse bajo su mirada. "Dime qué es", insistió, su mano subiendo por mi muslo, rozando la tela de mis leggings ajustados. El roce era eléctrico, como si sus dedos dejaran chispas. "Por tus manos fuertes que me aprietan justo como quiero", confesé, mi voz bajita, casi un susurro contra el bullicio de la ciudad.
Él se acercó más, su pecho contra el mío, y yo pude oír los latidos de su corazón, rápidos como tambores aztecas. "Yo tengo frases de pasion por algo tuyo que guardo en secreto", respondió, su aliento con sabor a tequila rozando mis labios. "¿Qué?", pregunté, ya sintiendo el pulso acelerado entre mis piernas. "Por esa boca tuya que gime mi nombre como si fuera una oración". Dios, esas palabras me mojaron al instante. Lo besé entonces, profundo, saboreando el tequila en su lengua, salado y dulce a la vez.
El beso se volvió hambre pura. Sus manos exploraban mi espalda, bajando hasta mis nalgas, apretándolas con esa fuerza que me encanta. Yo le quité la playera, oliendo su piel limpia, con ese aroma masculino que me vuelve loca. Sus músculos se tensaban bajo mis uñas, y él gemía bajito, un sonido ronco que vibraba en mi pecho.
Quiero devorarlo entero, este wey es mío y lo sabe, pensé mientras lamía su cuello, saboreando el sudor salado.
Lo empujé suave contra el sofá, montándome encima. Sentí su verga dura presionando contra mí a través de la ropa, gruesa y lista. "Tengo pasión por algo que late por mí", le dije, moviéndome lento, frotándome contra él. Él rio, juguetón: "No seas mala, Sofia, quítate eso ya". Le hice caso, despojándome de los leggings, quedando en tanguita y brassiere deportivo. El aire fresco de la noche me erizó los pezones, duros como piedritas.
Alex me miró como si fuera un manjar. Sus manos subieron por mis muslos, abriéndolos, y yo sentí su aliento caliente cerca de mi centro. "Pasión por algo húmedo y dulce que sabe a paraíso", murmuró antes de lamer la tela de mi tanga. Grité bajito, el placer subiendo como una ola. El sonido de su lengua chupando, húmedo y obsceno, se mezclaba con el tráfico lejano. Olía a mi propia excitación, almizclada y embriagadora.
Lo jalé de las greñas, poniéndolo de pie. Le bajé el pantalón y su verga saltó libre, venosa y palpitante. La tomé en mi mano, sintiendo el calor, la suavidad de la piel sobre la dureza. "Tengo frases de pasion por algo grande que me llena hasta el fondo", le dije, mirándolo a los ojos mientras lo masturbaba lento. Él jadeaba, sus caderas moviéndose involuntarias. "Chúpamela, mi amor", rogó, y yo lo hice, abriendo la boca para tragármela entera.
Su sabor era salado, con un toque de pre-semen que me hizo gemir. Lo chupé profundo, sintiendo cómo llegaba a mi garganta, sus manos en mi cabeza guiándome. Los sonidos eran todo: sus gemidos guturales, el pop húmedo cuando lo sacaba, mi saliva corriendo por su eje. Él temblaba, está al borde, pero no lo dejo acabar todavía, pensé con malicia.
Me levantó en brazos, fuerte como siempre, y me llevó adentro, al cuarto. La cama king size nos esperaba, sábanas frescas oliendo a lavanda. Me tiró suave y se cernió sobre mí, besando cada centímetro de mi piel. Sus labios en mis pechos, succionando los pezones, mandaban descargas directas a mi clítoris. "Pasión por estos chichis perfectos", gruñó, y yo arqueé la espalda, gimiendo su nombre.
El calor subía, el sudor nos pegaba. Yo le arañé la espalda, dejando marcas rojas que mañana dolerían rico. "Fóllame ya, Alex, no aguanto", supliqué, abriendo las piernas. Él se posicionó, la punta de su verga rozando mi entrada, resbalosa de jugos. Entró lento, centímetro a centímetro, estirándome delicioso. Sentí cada vena, cada pulso, llenándome hasta que nuestros pubes se tocaron.
Empezó a moverse, primero suave, como olas del mar en Puerto Vallarta. Yo lo envolvía con las piernas, clavando talones en su culo firme. "Más fuerte, pendejo, dame todo", le pedí, y él obedeció, embistiéndome con fuerza. La cama crujía, nuestros cuerpos chocaban con palmadas húmedas. Olía a sexo puro, a sudor y deseo. Mis paredes lo apretaban, ordeñándolo, y él gemía: "Estás tan chingona, Sofia".
El clímax se acercaba como tormenta. Cambiamos posiciones: yo encima, cabalgándolo salvaje. Sus manos en mis caderas, guiándome. Veía su cara de éxtasis, el sudor brillando en su pecho.
Esto es pasión por algo eterno, por él, por nosotros. Aceleré, mi clítoris frotándose contra él, y exploté primero, gritando, el orgasmo rasgándome como rayos. Olas de placer me sacudían, mi coño contrayéndose alrededor de su verga.
Él me siguió segundos después, gruñendo mi nombre mientras se vaciaba dentro, chorros calientes que sentía inundarme. Colapsamos juntos, jadeantes, pieles pegajosas. El silencio de la noche nos envolvió, solo nuestros corazones latiendo desbocados.
Después, recostados, él me acariciaba el pelo, oliendo mi cuello. "Esas frases de pasion por algo eran solo el principio", murmuró. Yo sonreí, besándolo suave. Por algo como esto vivo, por este amor que quema. La ciudad seguía viva afuera, pero en nuestro mundo, todo era paz y promesas de más noches así.