Pasión y Poder Capítulos Completos
El sol de la tarde se colaba por las ventanas polarizadas del penthouse en Polanco, bañando la sala de juntas con un resplandor dorado que hacía brillar las copas de cristal sobre la mesa de caoba. Yo, Ana López, CEO de López Enterprises, me recargaba en mi asiento de cuero negro, cruzando las piernas con deliberada lentitud. Frente a mí, Diego Salazar, el pendejo más chingón del mundo corporativo mexicano, me clavaba la mirada con esos ojos cafés intensos que prometían tanto problemas como placer. Llevábamos meses en esta guerra de ofertas por el control de una cadena de resorts en la Riviera Maya, y hoy era la junta decisiva.
¿Crees que con esa sonrisa de tiburón vas a convencerme, Salazar?
le espeté, mi voz ronca por el calor que subía desde mi pecho. El aroma de su colonia, una mezcla de sándalo y cuero, invadió mis fosas nasales, haciendo que mi pulso se acelerara un poquito.
Él se inclinó hacia adelante, sus labios carnosos curvándose en una media sonrisa. Ana, neta, tú y yo sabemos que esto no es solo números. Es pasión y poder. Y yo siempre gano.
Su voz grave vibró en el aire, como un ronroneo que me erizaba la piel bajo la blusa de seda blanca.
Los abogados y asistentes ya se habían ido, dejando solo el eco de sus pasos en el mármol del pasillo. Quedamos solos, el silencio roto solo por el zumbido lejano del tráfico de Reforma. Sentí un cosquilleo en el estómago, esa tensión eléctrica que siempre surgía entre nosotros. No era odio puro; era algo más profundo, un deseo crudo disfrazado de rivalidad.
¿Qué carajos estoy pensando? Este wey quiere joderme el negocio, pero su presencia me moja las bragas como nadie, pensé, mordiéndome el labio inferior mientras lo veía levantarse y rodear la mesa con pasos felinos.
Acto primero de nuestra danza particular: el desafío. Se paró detrás de mí, sus manos grandes posándose en el respaldo de mi silla. Su aliento cálido rozó mi oreja. Admítelo, López. Quieres esto tanto como yo.
Me giré rápido, poniéndome de pie para quedar frente a frente. Nuestros cuerpos casi se tocaban, el calor de su piel traspasando la tela fina de su camisa. ¿Quieres capítulos completos de esto, Diego? Porque si empezamos, no hay vuelta atrás.
Mi corazón latía como tamborazo en una fiesta de pueblo, y el olor a su sudor limpio se mezclaba con mi perfume de jazmín, creando una fragancia embriagadora.
Sus dedos rozaron mi brazo, un toque ligero que envió chispas por mi espina dorsal. No me aparté. En cambio, levanté la barbilla, desafiándolo. Pruébame que mereces mi poder
, murmuré, y él no esperó más. Sus labios capturaron los míos en un beso feroz, hambriento, como si estuviéramos peleando por el dominio con lenguas en vez de palabras.
El beso sabía a tequila reposado y victoria, sus manos fuertes en mi cintura apretándome contra él. Sentí su erección dura presionando mi vientre, y un gemido escapó de mi garganta. Órale, este carnal sabe lo que hace, pensé mientras mis uñas se clavaban en su nuca, tirando de su cabello oscuro.
Nos separamos jadeantes, mirándonos con ojos nublados por la lujuria. Esto es solo el principio, Ana. Pasión y poder capítulos completos, como esa novela que leímos de chavos
, dijo él con una risa ronca, recordándome esa vieja telenovela que nos había marcado en la adolescencia, llena de amores prohibidos y traiciones calientes.
Lo empujé contra la mesa, invirtiendo los roles. Mis manos desabotonaron su camisa con prisa, revelando un pecho moreno y musculoso, cubierto de vello suave que olía a hombre puro. Lamí su piel salada, saboreando el sudor fresco mientras él gruñía, ¡Mamacita, sí! Domíname.
Su sumisión voluntaria me empoderaba, hacía que mi clítoris palpitara con necesidad.
Acto segundo: la escalada. Lo despojé de su pantalón, arrodillándome para admirar su verga gruesa, venosa, apuntando al techo como un trofeo. La tomé en mi mano, sintiendo su calor pulsante, el terciopelo sobre acero. Mira lo que me haces, wey
, ronroneé antes de lamer la punta, probando su pre-semen salado y ligeramente dulce. Él se arqueó, sus manos enredándose en mi cabello, guiándome sin forzar, solo pidiendo más.
Me puse de pie, quitándome la falda con un movimiento fluido. Mis tangas negras estaban empapadas, el aroma almizclado de mi excitación llenando el aire. Diego me levantó sobre la mesa, sus labios devorando mis senos liberados de la blusa. Sus dientes rozaron mis pezones duros, enviando ondas de placer que me hacían retorcer. ¡Chíngame con la boca primero!
exigí, y él obedeció, bajando entre mis muslos.
Su lengua experta separó mis labios vaginales, lamiendo mi clítoris hinchado con círculos lentos que me volvían loca. El sonido húmedo de su succión se mezclaba con mis jadeos, ¡Más fuerte, pendejo! ¡No pares!
Mis caderas se movían solas, frotándome contra su cara barbuda que raspaba deliciosamente. El orgasmo me golpeó como un rayo, mi concha contrayéndose en espasmos, jugos calientes cubriendo su barbilla mientras gritaba su nombre.
Esto es poder puro, compartirlo con él me hace sentir invencible, reflexioné en el vértigo del clímax, mi cuerpo temblando.
Pero no habíamos terminado. Lo volteé, poniéndome a cuatro patas sobre la mesa, mi culo en pompa invitándolo. Ahora tú mandas, Diego. Tómalo todo
. Él se posicionó detrás, frotando su verga empapada contra mi entrada resbaladiza. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome con un ardor placentero que me hizo gemir. ¡Estás tan apretada, tan mojada por mí!
gruñó, sus bolas golpeando mi clítoris con cada embestida profunda.
El ritmo aumentó, piel contra piel en palmadas sonoras, sudor goteando entre nosotros. Sus manos amasaban mis nalgas, un dedo rozando mi ano en una promesa futura. Yo empujaba hacia atrás, cabalgándolo como una amazona, nuestros gemidos sincronizados como una ranchera ardiente. ¡Ven conmigo, Ana! ¡Dame tu poder!
rugió, y sentí su verga hincharse dentro de mí.
Acto tercero: la liberación. Mi segundo orgasmo explotó, paredes vaginales ordeñando su polla mientras él se vaciaba en chorros calientes, llenándome hasta rebosar. Colapsamos juntos sobre la mesa, cuerpos entrelazados, respiraciones entrecortadas. El aroma de sexo impregnaba la habitación, mezclado con el cuero y el mármol frío bajo mi espalda.
Diego me besó la frente, suave ahora, vulnerable. Eso fueron capítulos completos de pasión y poder, ¿no?
susurró, su mano acariciando mi vientre plano.
Me acurruqué contra su pecho, sintiendo su corazón galopante igualar el mío. Sí, carnal. Y esto es solo el comienzo de nuestra serie privada
, respondí con una sonrisa pícara. Fuera, la ciudad bullía, pero aquí, en este penthouse, habíamos forjado un pacto nuevo: compartir el poder en la cama y en los negocios. El afterglow nos envolvía como una manta cálida, promesas de más noches intensas latiendo en el aire.
Me vestí despacio, cada roce de tela recordándome su toque. Él me ayudó con el zipper, sus dedos lingüeteando mi cuello en un beso final. Este wey no es solo un rival; es mi igual, mi complemento, pensé mientras salíamos tomados de la mano, listos para conquistar el mundo juntos.