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Pasiones Dominantes

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Pasiones Dominantes

En el corazón de Polanco, donde las luces de neón bailan con el ritmo de la noche mexicana, entras al bar La Cantina del Diablo. El aire huele a tequila reposado y jazmín fresco de los cócteles, mezclado con el humo ligero de cigarros caros. Tus tacones resuenan contra el piso de madera pulida, y sientes las miradas posándose en ti como caricias invisibles. Llevas ese vestido negro ceñido que abraza tus curvas como un amante posesivo, y el calor de la sala ya empieza a hacer que tu piel se erice.

¿Qué buscas esta noche? te preguntas mientras te sientas en la barra, cruzando las piernas con deliberada lentitud. No es solo una copa; es algo más profundo, un anhelo que te quema por dentro. Las pasiones dominantes que has reprimido en tu vida de ejecutiva impecable claman por salir. Ordenas un margarita con sal de gusano, el limón fresco explotando en tu lengua al primer sorbo, y ahí lo ves: él, al fondo de la barra, con ojos oscuros que te atraviesan como un rayo.

Se llama Diego, lo sabes porque el mesero lo saluda con un "¡Qué onda, carnal!". Alto, con piel morena curtida por el sol de Acapulco, camisa blanca entreabierta dejando ver el vello oscuro en su pecho. Se acerca con paso seguro, su colonia de sándalo invadiendo tu espacio personal.

"¿Me permites invitarte esa bebida, preciosa?"
dice con voz grave, ronca como el mariachi en una serenata clandestina. Su aliento sabe a mezcal ahumado cuando se inclina, y tú sientes un pulso acelerado entre tus muslos.

Hablan de tonterías al principio: el tráfico infernal de la Reforma, la neta del último partido de las Águilas. Pero sus ojos no mienten; hay hambre ahí, una promesa de control que te hace mojar las bragas. Quiere dominarte, piensas, y el pensamiento te excita tanto que aprietas los labios para no gemir. Él lo nota, su mano roza tu rodilla bajo la barra, un toque eléctrico que sube por tu piel como fuego líquido.

La noche avanza, el bar se llena de risas y cumbia rebajada sonando bajito. Diego te susurra al oído:

"Ven conmigo, güeyita. Te voy a mostrar lo que es rendirse de verdad."
Su aliento caliente en tu cuello te hace temblar. Asientes, el deseo ya un nudo en tu vientre. Salen tomados de la mano, el aire fresco de la calle contrastando con el calor que te abrasa por dentro. Suben a su camioneta negra, cuero suave bajo tus nalgas, y él acelera hacia su penthouse en Lomas, la ciudad desfilando en luces borrosas.

En el elevador, no aguantan más. Sus labios capturan los tuyos, beso feroz con lengua invasora que sabe a tequila y pecado. Sus manos grandes recorren tu espalda, bajando hasta apretar tu culo con fuerza posesiva. Esto es lo que quiero, piensas mientras gimes en su boca, tus pezones endureciéndose contra el encaje del brasier. El ding del elevador los separa, pero la promesa pende en el aire como humo denso.

En su depa, minimalista con vistas al skyline, enciende luces tenues. El olor a su piel sudada te envuelve mientras te empuja contra la pared de vidrio.

"Quítate el vestido, despacio. Quiero verte."
Ordena, voz como terciopelo áspero. Obedeces, el zipper bajando con un sonido rasposo que resuena en tu cabeza. El vestido cae a tus pies, dejándote en lencería roja, vulnerable y poderosa a la vez. Él gruñe de aprobación, sus ojos devorándote centímetro a centímetro.

Te lleva al sofá de piel, te hace arrodillarte. Mis pasiones dominantes despiertan, piensa él, aunque tú lo sientes en la forma en que su erección presiona contra los pantalones. Desabrocha su cinturón con manos temblorosas de anticipación, y saca su verga gruesa, venosa, palpitante. El olor almizclado de su excitación te golpea, embriagador.

"Chúpamela, como la puta rica que eres."
Dice juguetón, sin maldad, solo puro fuego mexicano. Abres la boca, lengua lamiendo la punta salada de precum, saboreando su esencia masculina. Lo tomas profundo, garganta relajada por práctica solitaria, mientras él enreda dedos en tu pelo y guía el ritmo. Gimes alrededor de su carne, vibraciones que lo hacen jadear "¡Órale, qué chido!".

Pero no es solo sumisión; tú lo controlas con tu boca experta, ojos fijos en los suyos, desafiándolo. Él te levanta, te tumba en la cama king size, sábanas de algodón egipcio suaves contra tu espalda desnuda. Baja por tu cuerpo, besos mordiscos en cuello, pechos, vientre. Sus dientes raspan tus pezones, lengua girando hasta que arqueas la espalda, un grito ahogado escapando. Quiere poseerme, sientes su dominación en cada lamida, pero tú respondes empujando sus hombros, guiándolo más abajo.

Llega a tu coño empapado, labios hinchados de deseo. El primer toque de su lengua es un rayo: plana, lamiendo de clítoris a entrada, saboreando tus jugos dulces y salados.

"Estás chorreando, pinche rica."
Murmura contra tu piel, vibraciones enviando ondas de placer. Chupa tu clítoris con succión experta, dos dedos curvándose dentro de ti, tocando ese punto que te hace ver estrellas. Tus caderas se mueven solas, manos en su cabeza, tirando pelo mientras el orgasmo se acumula como tormenta en el Pacífico. Gritas "¡Más, pendejo, no pares!", slang juguetón que lo excita más. Explotas en su boca, jugos fluyendo, cuerpo convulsionando, el mundo reduciéndose a pulsos y gemidos.

Pero las pasiones dominantes no se sacian fácil. Te voltea boca abajo, nalgas en pompa, y entra en ti de un embiste. Su verga te llena, estirándote deliciosamente, paredes vaginales apretándolo como guante. El slap de piel contra piel resuena, sudor perlando vuestros cuerpos, olor a sexo crudo impregnando la habitación. Él te jala el pelo, arqueando tu espalda, mordiendo tu hombro mientras bombea profundo. Soy suya, pero yo lo domino con mi coño, piensas en el éxtasis, contrayéndote alrededor de él.

Cambian posiciones: tú encima, cabalgándolo como amazona fiera. Sus manos en tus tetas, pellizcando pezones, mientras rebotas, clítoris frotándose contra su pubis. El ritmo acelera, sus caderas subiendo a encontrarte, gruñidos animales saliendo de su garganta.

"Córrete conmigo, preciosa. Dame todo."
Ordena, y obedeces, el segundo orgasmo partiéndote en dos, leche caliente de él llenándote mientras grita tu nombre inventado en el calor: "¡Laura, carajo!". Colapsan juntos, pulsos latiendo al unísono, semen goteando entre tus muslos.

En el afterglow, yacen enredados, piel pegajosa de sudor enfriándose. Él acaricia tu espalda, besos suaves en la sien. Esto fue más que sexo, reflexionas, el vacío usual reemplazado por plenitud. Las pasiones dominantes se han desatado, pero en equilibrio, mutuas y empoderadoras. Afuera, la ciudad ronronea indiferente, pero dentro, han encontrado un fuego que promete más noches.

Te vistes con piernas temblorosas, él te da su número garabateado en una servilleta.

"Vuelve cuando quieras rendirte otra vez."
Dice con guiño pícaro. Sales al amanecer, el sol tiñendo el cielo de rosa, sabor a él aún en tus labios. Caminas con paso nuevo, sabiendo que tus pasiones han encontrado eco en las suyas.

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