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Sal y Pasion en la Piel

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Sal y Pasion en la Piel

El sol de Puerto Vallarta me abrasaba la piel mientras caminaba por la arena caliente de la playa. El mar Caribe lamía la orilla con un chof chof rítmico, y el aire traía ese olor salado que se te pega al alma. Hacía meses que no veía a Javier, mi amor de juventud, ese pendejo guapo que me había dejado con el corazón hecho trizas. Pero aquí estaba él, recostado en una tumbona, con el torso bronceado brillando bajo el sol, sus ojos cafés clavados en mí como si el tiempo no hubiera pasado.

¿Qué chingados hago aquí? –pensé–. Pero su sonrisa esa, tan pendeja y tan mía, me derritió las rodillas.

—Órale, Ana, ¿neta viniste? –dijo él levantándose, su voz ronca como el rugido de las olas–. Te ves más rica que nunca, mamacita.

Me acerqué, sintiendo la arena quemándome las plantas de los pies. Su olor a protector solar y mar me envolvió, y cuando me abrazó, su pecho duro contra mis tetas, un escalofrío me recorrió la espina. Sal y pasión, eso era él: el sabor del océano mezclado con ese fuego que siempre ardía entre nosotros.

Nos sentamos en la arena, platicando de pendejadas. De cómo la vida en la ciudad nos había separado, de trabajos de mierda y noches solitarias. Pero sus ojos no dejaban de recorrer mi bikini rojo, mis curvas tostadas por el sol. Yo sentía mi chichi endureciéndose bajo la tela, y entre las piernas, un calor húmedo que nada tenía que ver con el clima.

—Ven, vamos a meternos al agua –me dijo, tomándome de la mano. Su palma áspera, callosa de tanto trabajar en el mar, me erizaba la piel.

Acto primero: la chispa. Caminamos hacia las olas, el agua tibia nos salpicaba las piernas. Nos zambullimos, riendo como chamacos. El mar nos mecía, salado y fresco, pegándose a nuestra piel como un amante celoso.

En el agua, Javier se acercó más. Sus manos rozaron mi cintura, y yo no me aparté. Qué rico se siente su toque, pensé, mientras el oleaje nos empujaba uno contra el otro. Sus labios rozaron mi cuello, probando el agua salada que chorreaba de mi pelo.

—Siempre has tenido este sabor... sal y pasión –murmuró, su aliento caliente contra mi oreja.

Mi cuerpo respondió al instante. Lo besé, hambrienta, nuestras lenguas danzando con el sabor del mar. Sus manos bajaron a mi culo, apretándolo con fuerza, y yo gemí contra su boca. Pero nos separamos, jadeantes, porque la playa estaba llena de turistas. La tensión crecía, como una ola gigante a punto de romper.

Salimos del agua, chorreando. Nos secamos con toallas ásperas, pero el roce de la tela solo avivaba el fuego. Caminamos hacia su cabaña de playa, una choza de palapa con hamaca y vista al mar. El viento traía el aroma de coco y flores tropicales, mezclado con nuestro sudor incipiente.

Esto es una locura, Ana. Pero qué chido se siente estar viva así, con él.

Adentro, la luz tenue filtrada por las cortinas de bambú pintaba sombras en su piel. Se quitó la playera, revelando abdominales marcados y ese vello oscuro que bajaba hasta su short mojado, donde se marcaba su verga dura. Yo me desaté el bikini, dejando mis tetas libres, pezones tiesos como piedras.

—Ven acá, carnal –le dije, mi voz temblorosa de deseo.

Acto segundo: la escalada. Javier me levantó en brazos, sus músculos tensos bajo mis nalgas. Me depositó en la cama de algodón fresco, y se arrodilló entre mis piernas abiertas. Sus dedos trazaron mi piel, desde los muslos hasta mi concha húmeda, separando los labios con delicadeza. Olía a mar y a mi propia excitación, ese musk dulce y salado.

—Estás chorreando, reina –dijo, lamiendo su dedo con una sonrisa lobuna.

Yo arqueé la espalda cuando su lengua tocó mi clítoris. ¡Madre santa! Lamía despacio, chupando la sal del mar mezclada con mis jugos. Gemí fuerte, mis manos enredadas en su pelo negro y mojado. El sonido de las olas de fondo se mezclaba con mis jadeos, ah ah ah, y el slurp húmedo de su boca.

Lo jalé hacia arriba, queriendo más. Nos besamos, saboreándonos mutuamente: sal, pasión, sudor fresco. Me volteó boca abajo, besando mi espalda, mordisqueando mis nalgas. Sus dedos entraron en mí, dos, luego tres, curvándose para tocar ese punto que me hacía ver estrellas. ¡Órale, pendejo, no pares!

Yo me giré, ansiosa por devolverle el favor. Bajé su short, y su verga saltó libre, gruesa y venosa, con una gota perlada en la punta. La tomé en mi mano, sintiendo su pulso acelerado, caliente como hierro forjado. La lamí desde la base hasta la cabeza, saboreando su piel salada. Él gruñó, profundo, como un animal.

Chíngame, Ana. Ya no aguanto.

Me puse encima, guiándolo dentro de mí. Lentamente, centímetro a centímetro, lo sentí llenarme. Qué rico, tan grueso, estirándome justo como necesitaba. Empecé a moverme, cabalgándolo, mis tetas rebotando con cada embestida. El sudor nos cubría, gotas saladas rodando por su pecho, por mis curvas. Nuestros cuerpos chocaban con plaf plaf, piel contra piel resbaladiza.

La tensión subía, mis uñas clavadas en sus hombros, su boca en mi cuello, mordiendo suave.

Esto es sal y pasión pura, neta que sí –pensé–, el sabor del mar en su piel, el fuego en sus ojos.
Aceleré, mis paredes apretándolo, el orgasmo construyéndose como una tormenta.

Acto tercero: la liberación. Javier me volteó, poniéndome a cuatro patas. Entró de nuevo, profundo, sus caderas golpeando mi culo con fuerza. El aire olía a sexo, a sudor salado y pasión desatada. Sus manos en mis caderas, jalándome contra él, mientras yo gritaba placer.

—¡Sí, cabrón, así! –gemí, mi voz ronca.

El clímax me golpeó como una ola gigante. Mi concha se contrajo alrededor de su verga, oleadas de placer sacudiéndome entera. Grité su nombre, temblando, lágrimas saladas en mis ojos. Él siguió embistiendo, gruñendo, hasta que se corrió dentro de mí, caliente y abundante, su semen mezclándose con mi humedad.

Colapsamos en la cama, jadeantes, cuerpos enredados y pegajosos. El sol se ponía, tiñendo la habitación de naranja y rosa. Su mano acariciaba mi pelo, suave, mientras el mar susurraba afuera.

—Te extrañé, mi vida –murmuró, besando mi frente.

Yo sonreí, saboreando el afterglow, ese calor residual en mi piel. Sal y pasión: eso éramos nosotros, un cóctel adictivo de mar y fuego. No sabía qué pasaría mañana, pero en ese momento, con su corazón latiendo contra el mío, todo era perfecto. La noche nos envolvía, prometiendo más rondas, más sabores, más vida.

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