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Diario de una Pasion en Casa

7709 palabras

Diario de una Pasion en Casa

Querido diario, hoy es uno de esos días en que el calor de la casa se siente como una caricia constante. Vivo en esta casa grande en la colonia Roma, con sus paredes blancas que absorben el sol de la tarde y lo devuelven en ondas tibias que me recorren la piel. Me llamo Ana, tengo treinta y dos años, y desde que mi carnal, no, mi marido, Javier, empezó a trabajar desde casa, todo ha cambiado. Este es mi diario de una pasion casa, donde anoto lo que mi cuerpo grita en silencio mientras él teclea en su oficina improvisada en el estudio.

La mañana empezó normal, con el aroma del café molido fresco subiendo desde la cocina. Javier, con su camisa desabotonada dejando ver ese pecho moreno que tanto me gusta, me dio un beso rápido en la frente. "Nos vemos en la comida, mi reina", dijo con esa voz ronca que me eriza los vellos de la nuca. Yo asentí, pero ya sentía ese cosquilleo entre las piernas, como si mi cuerpo supiera que la tensión iba a estallar. Me puse mi vestido ligero de algodón, sin nada debajo, solo para provocarlo un poco. La tela rozaba mis pezones endurecidos cada vez que me movía, y el aire acondicionado mandaba ráfagas frías que me hacían jadear bajito.

Estuve limpiando la sala, pasando el trapo por los muebles de madera que crujen suavecito bajo mis dedos. Olía a limón y a algo más profundo, el perfume de Javier que se había impregnado en las cortinas. Cada vez que pasaba cerca del estudio, lo oía tecleando furiosamente, murmurando "pendejo" a la pantalla cuando algo no salía. Me reí por dentro, imaginando cómo lo calmaría yo después. El sol entraba por las ventanas altas, pintando rayas doradas en el piso de loseta, y yo sentía mi piel brillando de sudor fino, pegajosa en los muslos.

¿Por qué me excita tanto verlo concentrado? Es como si su mente afilada se convirtiera en una promesa de lo que sus manos harían conmigo. Quiero que me tome aquí mismo, en esta casa que es nuestro nido.

La comida fue el detonante. Preparé tacos de arrachera, con esa carne jugosa que chisporroteaba en la plancha, soltando humo y un olor que te hace la boca agua. Nos sentamos en la mesa del comedor, bajo el ventilador que giraba perezoso. Javier me miró con esos ojos cafés intensos, y mientras masticaba, su pie rozó mi pantorrilla por debajo de la mesa. "Estás más rica que estos tacos, Ana", soltó con una sonrisa pícara. Sentí el calor subir por mis piernas, directo al centro de mí. Le contesté con una mirada que decía todo: "Pruébame entonces, wey".

Después de comer, lavé los platos con el agua caliente corriendo por mis manos, imaginando que eran sus dedos explorándome. Oí sus pasos detrás de mí, y de pronto, sus brazos me rodearon la cintura. Su aliento cálido en mi cuello olía a cilantro y cerveza clara. "No aguanto más verte moverte así", murmuró, y su mano bajó despacio por mi vientre, levantando el vestido. Toqué su dureza presionada contra mi trasero, gruesa y palpitante a través del pantalón. Gemí bajito, el sonido rebotando en las baldosas húmedas.

Me giró con fuerza suave, y nos besamos como si el mundo se acabara. Sus labios eran salados, con sabor a carne asada, y su lengua invadió mi boca con urgencia. Sentí sus manos en mis nalgas, amasándolas, separándolas un poquito para rozar mi humedad expuesta. "", dijo entre besos, y yo solo pude asentir, jadeando. El vapor del fregadero nos envolvía, haciendo que el aire se sintiera espeso, cargado de nuestro deseo.

Me cargó hasta la recámara principal, la que da al jardín trasero con sus buganvilias rojas trepando la pared. Tiró el vestido al piso, y yo lo desvestí a él, arañando su espalda con las uñas mientras lamía sus pezones oscuros. Olía a hombre, a sudor limpio y loción de sándalo. Se recostó en la cama king size, con sábanas de algodón egipcio que se sentían como seda contra mi piel ardiente. Me subí encima, frotándome contra su verga erecta, sintiendo cada vena pulsar bajo mi panocha resbaladiza.

Esto es lo que necesitaba, su calor llenándome, borrando el estrés del día. En esta casa, somos libres para ser animales.

La tensión crecía con cada roce. Le chupé el cuello, mordisqueando suave hasta dejar una marca roja. Él gruñó, agarrando mis caderas con fuerza, guiándome arriba y abajo. El sonido de nuestra piel chocando era obsceno, húmedo, como olas rompiendo en la playa de Acapulco. Sudábamos juntos, gotas resbalando por su pecho hasta mi boca, saladas y adictivas. "Más fuerte, Javier, no pares", le supliqué, y él obedeció, embistiéndome desde abajo con un ritmo que me hacía ver estrellas.

Pero no quería acabar tan rápido. Bajé de la cama, arrodillándome entre sus piernas. Su verga brillaba con mis jugos, gruesa y venosa, apuntando al techo. La tomé en mi mano, sintiendo su calor latiendo, y la lamí desde la base hasta la punta, saboreando ese gusto almizclado que es puro sexo. Él jadeó, enredando sus dedos en mi pelo. "Qué rica mamada me das, Ana". Yo succioné más profundo, dejando que tocara mi garganta, el sonido de arcadas suaves mezclándose con sus gemidos roncos. El piso estaba fresco bajo mis rodillas, contrastando con el fuego en mi boca.

Me levantó y me puso en cuatro sobre la cama, el colchón hundiéndose bajo mi peso. Sentí sus dedos abriéndome, explorando mi ano con ternura antes de volver a mi entrada principal. Entró de un solo empujón, llenándome hasta el fondo. Grité de placer, el dolor dulce estirándome. Cada estocada era un trueno, su pelvis golpeando mi culo con palmadas resonantes. Olía a sexo crudo, a fluidos mezclados y sábanas revueltas. Mis tetas se mecían con el movimiento, pezones rozando la tela áspera.

La intensidad subía como la marea. Él se inclinó sobre mí, besando mi espalda sudada, susurrando "Te amo, mi vida, eres mi todo". Yo empujaba hacia atrás, queriendo más, sintiendo el orgasmo construyéndose en mi vientre como una tormenta. Mis músculos se contraían alrededor de él, ordeñándolo. "Vente conmigo", le rogué, y explotamos juntos. Mi clímax fue un estallido blanco, ondas de placer recorriéndome desde el clítoris hasta las yemas de los dedos, gritando su nombre mientras él se vaciaba dentro de mí, caliente y abundante.

Nos derrumbamos, enredados en un montón de piernas y brazos. El aire olía a nuestro clímax, espeso y satisfactorio. Javier me acarició el pelo, besando mi frente. "Eres increíble", murmuró, y yo sonreí, exhausta y plena. Afuera, el sol bajaba, tiñendo la habitación de naranja suave. La casa parecía ronronear con nosotros, como si las paredes guardaran nuestros secretos.

Este diario de una pasión en casa es mi refugio. Mañana, más. Porque con Javier, cada día es fuego.

Me quedé dormida en sus brazos, sintiendo su corazón latir contra mi mejilla, el ritmo calmado ahora. El ventilador zumbaba bajito, secando nuestro sudor. Desperté al atardecer con él aún dentro de mí, semi-duro, y nos movimos lento, prolongando el afterglow. Sus manos en mi piel eran pluma, trazando círculos en mi vientre. Hicimos el amor otra vez, suave, como una promesa. El orgasmo fue un suspiro compartido, lágrimas de emoción en mis ojos.

Ahora, sola en la cama con este cuaderno, huelo su esencia en las sábanas. Esta casa es testigo de nuestra pasión, y este diario la inmortaliza. Neta, qué chido es tenerlo todo aquí, en nuestro rincón del mundo.

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